
«En aquellos años, la radio era el único cordón umbilical con el exterior. Sintonizar ciertas emisoras era un acto de fe. No se trataba solo de música, se trataba de pertenecer a una sociedad secreta que compartía códigos, vinilos importados y una urgencia por vivir que no cabía en los telediarios oficiales. El locutor no era un busto parlante, era el chamán que te entregaba la llave de un mundo prohibido.»
Diego A. Manrique «Jinetes en la tormenta»