Ella era digital

Ella era digital

A principios de los años 80, España fue testigo de uno de los congresos de lo que en ese entonces era DOCUMAT, hoy conocido como Fesabid. Durante un debate, una bibliotecaria de apariencia tradicional sorprendió a todos al expresar su preferencia por lo digital. A simple vista, era el prototipo de la bibliotecaria clásica: gafas de pasta, moño recogido, falda de tablas gris a cuadros y zapatos de monja con calcetines. Los asistentes la miraron con sorpresa, expectantes de su argumento.

Con calma, la bibliotecaria explicó que, en realidad, prefería los sistemas manuales de fichas a los catálogos automatizados, ya que disfrutaba «usando los dígitos» para buscar libros. Su preferencia no se refería al concepto de digitalización en términos tecnológicos, sino a la experiencia táctil del sistema tradicional: le gustaba sumergirse en la actividad de pasar las fichas con los dedos (digitus en latín), una tarea que para ella representaba la esencia misma del trabajo bibliotecario. En su caso, los «dígitos» eran los dedos, no los bytes, y ese gesto le confería una conexión más profunda con el proceso de búsqueda.

Este contraste entre lo digital y lo manual, aunque irónico, refleja una división generacional que aún hoy persiste en muchos ámbitos profesionales. Mientras que los sistemas de automatización han transformado las bibliotecas, algunas personas, como ella, siguen valorando lo tangible, lo que les permite sentir una relación más directa con el objeto de su trabajo. En su caso, la máquina no podría reemplazar la satisfacción de los dedos recorriendo las fichas, una acción que, para ella, era tan esencial como la información misma.