Lucas Corso, el bibliofilo del Club Dumas de Arturo Pérez Reverte

 

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Párrafo tomado del libro

Los libros, la lectura y los lectores – de Julio Alonso Arévalo en Alfagrama ediciones

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Un bibliófilo es aquella persona que ama los libros, tanto como objeto físico como por ser el objeto portador de un mensaje, que le gusta adquirirlos, leerlos y que generalmente posee una colección importante. La bibliofilia no debe confundirse como a veces se hace con la bibliomanía, un síntoma potencial de un trastorno obsesivo-compulsivo que implica una posesión desaforada y enfermiza por la posesión de libros, y al que el mero hecho de poseer el objeto físico es superior al valor que le concede al libro en sí mismo.

Así, nos aparece la figura del bibliófilo en el “Club Dumas” de Arturo Pérez Reverte. La historia de un cazador de libros que recibe el encargo de autentificar un manuscrito de “Los tres mosqueteros”, y a la búsqueda de un extraño manuscrito quemado en 1667. Ello llevará al protagonista a una arriesgada y desesperada misión para encontrar el objeto de deseo. Solamente una frase del libro define claramente que es la bibliofilia “… se ingresa en bibliofilia como en religión: para toda la vida”.

 

“Era uno de esos lectores compulsivos que devoran papel impreso desde la más tierna infancia; en el caso -poco probable- de que en algún momento la infancia de Corso mereciera calificarse de tierna… Conocí a Lucas Corso cuando vino a verme con el vino de Anjou bajo el brazo. Corso era un mercenario de la bibliofilia; un cazador de libros por cuenta ajena. Eso incluye los dedos sucios y el verbo fácil, buenos reflejos, paciencia y mucha suerte. También una memoria prodigiosa, capaz de recordar en qué rincón polvoriento de una tienda de viejo duerme ese ejemplar por el que pagan una fortuna. Su clientela era selecta y reducida: una veintena de libreros de Milán, París, Londres, Barcelona o Lausana, de los que sólo venden por catálogo, invierten sobre seguro y nunca manejan más de medio centenar de títulos a la vez; aristócratas del incunable para quienes pergamino en lugar de vitela, o tres centímetros más en el margen de página, suponen miles de dólares. Chacales de Gutenberg, pirañas de las ferias de anticuario, sanguijuelas de almoneda, son capaces de vender a su madre por una edición príncipe; pero reciben a los clientes en salones con sofá de cuero, vistas al Duomo o al lago Constanza, y nunca se manchan las manos, ni la conciencia. Para eso están los tipos como Corso… Y mientras le cobraba afición al negocio, descubrí algo: hay libros para vender y libros para guardar. En cuanto a estos últimos, se ingresa en bibliofilia como en religión: para toda la vida.”

Arturo Pérez Reverte. “El club Dumas o La sombra de Richelieu”. Madrid: Alfaguara, 1990