
Cuando pude comenzar a comprarme libros, los marqué de muchas maneras. Mandé a hacer un sello con mi nombre y apellido. Lo tatuaba en la primera página, la que está en blanco, la del respeto. Sobre todo, para poder prestarlos sin odio. Me pareció un gesto de biblioteca pública: “recibir este libro es una cortesía, pero recuerda que no es tuyo”. Subrayar con pluma, con indeleble, con lápices y lapiceros de colores. En las mismas páginas, la doble marca, también con papelitos. Philip Roth decía: “Uno subraya todo lo que dice yo”. A veces he subrayado una página completa. ¿Y qué?
Katya Adaui «Palabras que quiero usar alguna vez»