
FRAGMENTO DE “SENZA FINE”
De todo el edificio era para mí la biblioteca el auténtico tesoro. Ocupaba las tres paredes del despacho; mi padre mandó que ocupara todo el espacio disponible, del suelo al techo, de arriba abajo, y estaba repleta de libros que mi padre iba leyendo y releyendo disciplinadamente cada tarde.
Su pretensión cuando encargó las estanterías a medida, la librería, era que el maestro ebanista utilizara maderas de las cuadernas de barcos destinados al desguace. Quería que su barco varado convertido en biblioteca surcase su proceloso océano literario. Pero el carpintero supo disculparse y construyó las estanterías utilizando la nobilísima madera de roble del país, el carballo gallego, para depositar los libros y procurar su descanso.
Y así ha sido, entablaron una íntima amistad entre sí, bien dispuestos, todos juntos uno al lado del otro, Gog de Papini pegado a El Aleph de Borges, sacando pecho, recuperando su narcisismo exhibicionista, la megalomanía de sus autores bien visible en el lomo de cada ejemplar.
Cuando se les unía un texto nuevo, parecían celosos de contar con un recién llegado, pero pronto se acostumbraban. Los libros se leían casi en silencio y solo cuando sabían que no había nadie en el despacho, el recién llegado, la nueva adquisición literaria, pasaba a ser uno más en la bien surtida biblioteca familiar. En casa los letraheridos éramos mi padre y yo, madre y mis hermanos mostraron siempre un interés displicente por mis amados libros, que, desde entonces y sin moverse de su lugar en las baldas de la librería, se han venido a vivir conmigo hasta el fin de mis días.
Yo heredé la biblioteca, en realidad un par de centenares de libros, y la convertí en itinerante, trasladándola a los lugares en los que he vivido después del fallecimiento de mis padres.
Y, aunque el despacho era un lugar de paso muy transitado de la casa, fue mientras mi cuerpo de niño se fue transformando en este adulto un poco estragado en que me convertí mi refugio; cuando me buscaban lo encontraban, me encontraban, leyendo en la biblioteca.
Una ventana idéntica a las dos que había junto al balcón y que describí cuando contaba la geografía íntima del salón completaban el perfil del despacho. Mi padre la mantenía siempre entornada y, sentado en su mesa de trabajo, dejaba que la mar se posara entre sus papeles por obra y gracia de un soleado efecto óptico que se proyectaba desde la ventana orientada a la ría.
La biblioteca de padre fue mi escuela de letras. Sin método, pero con una pasión desbordada, fui descubriendo a Stevenson y a Melville, a Dickens y a Cervantes, a Goethe y a las Bronte, a la Pardo Bazán y a Valle-Inclán. Caminé de la mano de los premios Goncourt y de los Nobel, en cuidadas ediciones encuadernadas en piel que mi padre adquiría dos veces al año, cuando un visitador librero, que corría libros a cuenta de la casa Aguilar, se acercaba al pueblo con su fantástico cargamento de magia escrita.
Me sentí libre leyendo, descubriendo el placer adictivo de la literatura, que ratifiqué para siempre cuando estaba a punto de irme a Compostela para ingresar en la Universidad. Aquel verano de Preu, leí con devoción indisimulada los cinco tomos de A la busca del tiempo perdido de Proust.
Complementé mi atrabiliaria formación libresca con una vieja edición de más de un siglo de la Divina Comedia de Dante escrita en un italiano bello y carnal que por entonces desconocía casi totalmente y que fui aprendiendo en las largas noches de mi pensión compostelana en las que releí sus páginas hasta prácticamente memorizarlas.
Aquel libro, que conservo como un nexo con el pasado, con los mejores años de mi vida, me ha acompañado allí donde estuve, y ahora está de vuelta conmigo. Regresó a su punto de partida.
RAMÓN PERNAS
Senza fine