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Desarrollo de colecciones y la responsabilidad social del bibliotecario

 

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Juárez Campos, Verónica. Desarrollo de colecciones y la responsabilidad social del bibliotecario. Madrid: Fundación Germán Ruipérez, 2014

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Aunque a veces se considere que la selección y adquisición del acervo en las bibliotecas es un tema sencillo y muy técnico, lo cierto es que pensar una biblioteca en función de las necesidades de los usuarios es una tarea ardua que no siempre deja conforme a usuarios y bibliotecarios, y en el peor de los casos provoca indignación entre personas ajenas a las bibliotecas, generalmente personajes de la élite política y cultural que creen saber lo que la gente debe leer y manifiestan su inconformidad por los materiales ofrecidos, sin entender la dinámica que estos espacios tienen con sus usuarios y las necesidades que deben cubrir.

Es tal la importancia de este tema que no son gratuitas las preguntas que a menudo nos planteamos los encargados de realizar esta actividad, ¿quién decide qué se lee y qué no se lee en una biblioteca? ¿cuál es el papel que el bibliotecario debe adoptar en el desarrollo de colecciones? ¿cuál es el criterio que debe imperar al realizar esta tarea, el personal o el de la biblioteca? Sirva pues como base para la reflexión sobre la responsabilidad social del bibliotecario en el desarrollo de colecciones, la injusta polémica en la que se vio envuelto el Sistema de Bibliotecas Públicas Chilenas a raíz de la selección bibliográfica que hicieron sus bibliotecarios.

 

Los retos de comunicación de la ciencia de los investigadores no anglófonos que escriben en inglés

 

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Kulkarni, Sneha.  The hidden cost of having a eureka moment, but not being able to put it in your own words. LSE, aug. 2019

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La accesibilidad en las comunicaciones académicas a menudo se enmarca como una cuestión económica y técnica para permitir que más personas tengan acceso a la literatura de investigación y se involucren en ella. Sin embargo, el dominio de la lengua inglesa, especialmente en las revistas académicas más prestigiosas, supone una barrera diferente para los investigadores que no tienen conocimientos de escritura en inglés de alta calidad. En este post, Sneha Kulkarni analiza cómo el ascenso del inglés como lengua franca de la ciencia plantea desafíos para la comunicación efectiva de la investigación y sugiere cómo la comunidad investigadora podría actuar colectivamente para abordar estos temas.

 

Así, cualquier investigador está familiarizado con la presión de publicar en revistas internacionales. Pero cuando se trata de hablantes no nativos de inglés, el desafío adicional de escribir trabajos en un idioma en el que no se domina bien, aumenta esta presión. Para algunos, este problema puede parecer menor. Sin embargo, si una buena investigación no encuentra su camino hacia la publicación -la barrera es el idioma-, en última instancia es una pérdida para la ciencia.

Hoy en día, el inglés es la lengua franca de la ciencia global. Su predominio en la investigación internacionales es evidente por el hecho de que la mayoría de los investigadores no considerarían la publicación de sus mejores trabajos en ningún otro idioma que no sea el inglés. Como observó Nicholas Subtirelu, publicar en una revista «internacional» por defecto ahora se refiere a hacerlo una revista en inglés.

Sin embargo, esta situación es relativamente reciente. Hasta mediados del siglo XX, el alemán y el francés tenían un estatus similar al inglés en una serie de disciplinas. Las obras más influyentes de Albert Einstein, por ejemplo, fueron publicadas en alemán. Si bien, como ya se ha señalado anteriormente el predominio del inglés, tiene ahora una nueva importancia, ya que una parte cada vez mayor de la investigación mundial procede de países de habla no inglesa. En particular, en 2018, China superó a los EE.UU. para convertirse en el mayor productor de artículos científicos. A medida que la investigación se ha ido globalizando, el reto de cómo tratar el inglés como una barrera para el compromiso con la comunidad científica se ha mantenido.

Esta barrera es muy real para los autores que carecen de vocabulario para presentar en inglés los hallazgos a los que han trabajado durante años. En un informe de una encuesta a gran escala que Editage publicó en 2018, alrededor del 76% de más de 7000 investigadores (principalmente de Corea del Sur, China, Japón y Brasil) informaron haber experimentado dificultades moderadas o extremas para escribir en inglés. Como señaló un participante:

«Es demasiado difícil para un joven investigador […] escribir un trabajo en inglés para presentarlo en revistas internacionales. Es bastante difícil en inglés para pasar una revisión por pares… No soy bueno escribiendo en inglés, es demasiado difícil escribir, toma tiempo, y no puedo juzgar si mi trabajo de inglés es bueno o no».

Ciertamente, no basta con tener hallazgos importantes a menos que sean comunicados de manera comprensible. Pero cuando el destino de un artículo depende de su calidad gramatical y lingüística, más que de su mérito, uno puede imaginar la carga adicional que supone para los autores que no dominan el inglés. Esto sólo se ve exacerbado por el hecho de que varias revistas de alto perfil indican en sus instrucciones a los autores que un trabajo de investigación mal escrito puede ser rechazado.

Otra cuestión importante de la presión para publicar la investigación en inglés es el impacto que está teniendo en las culturas de investigación fuera de la ciencia. Como argumentan Mary Jane Curry y Theresa Lillis, la presión para publicar en prestigiosas revistas en inglés se está haciendo sentir cada vez más en las ciencias sociales y las humanidades. Con el resultado de que la mejor investigación altamente contextual en estos campos no sólo es cada vez más difícil de acceder para los investigadores regionales, sino que también está siendo aislada de las comunidades e instituciones locales que podrían beneficiarse de sus hallazgos.

También hay evidencia de un sesgo lingüístico significativo cuando las revistas reciben un manuscrito escrito en inglés deficiente, en el que los trabajos que carecen de un estilo de escritura en inglés nativo crean la impresión de que la investigación que discuten también es deficiente. Esto puede explicar en parte la comparativamente baja tasa de aceptación para los trabajos que provienen de países no anglófonos. También sugiere que de nuevo los hallazgos de las investigaciones de alta calidad nunca tienen éxito porque están oscurecidos por un lenguaje pobre.

Entonces, ¿qué se puede hacer para empoderar a los autores no nativos de habla inglesa?

«Para los autores que no son nativos del inglés y que residen en un mundo donde no se habla inglés, se invierte demasiado tiempo y dinero, a pesar de la importancia de publicar artículos en inglés. […] Para ello, muchos investigadores están renunciando a presentar trabajos en revistas inglesas, aunque estén realizando estudios excelentes», afirmó uno de los investigadores que participaron en la encuesta de Editage.

Si se quieren evitar ejemplos como estos, la responsabilidad de abordar esta cuestión de forma colectiva recae en las partes interesadas de la industria editorial académica. Para empezar, hay que reconocer los retos de los autores que luchan por escribir en inglés. Los responsables de la formulación de políticas deberían ayudar a los autores a convertirse en mejores escritores ofreciendo ayuda para los cursos de escritura académica. Las universidades y los colegios también deben incluir la escritura científica o académica como parte de su plan de estudios. Como Scott L. Montgomery, autor del libro Does Science Need a Global Language? English and the Future of Research, sugiere que la formación científica para investigadores no nativos en inglés debe ser «tratada como una habilidad normal y necesaria, como las matemáticas».

La traducción también puede desempeñar un papel en la reducción de la brecha lingüística al poner a disposición de un público más amplio una mayor proporción de la mejor investigación global. Si bien el inglés se ha convertido en la lengua franca de la ciencia, se siguen publicando importantes investigaciones en otros idiomas. Sin embargo, muchas revistas se abstienen de publicar versiones traducidas de los artículos debido al tiempo y al costo que implican. Al identificar los beneficios de poner la investigación a disposición de un público más amplio, las revistas deben aprovechar la disponibilidad de nuevas tecnologías que pueden ayudar a racionalizar el proceso de publicación y reducir el costo de la publicación de artículos traducidos.

Los editores y revisores de revistas también deben asumir la responsabilidad de eliminar el sesgo dirigido a los autores con habilidades de escritura en inglés imperfectas. Mantener la mente abierta cuando se evalúan trabajos con un inglés deficiente y evaluar un manuscrito más allá de los parámetros del lenguaje podría ser de gran ayuda en este sentido. Es comprensible que las revistas estén inundadas de envíos, y sería injusto esperar que los editores y revisores pares dediquen tiempo a procesar manuscritos incomprensibles. Es ciertamente alentador, por lo tanto, que muchos editores animen ahora a los autores a hacer que sus manuscritos sean editados para su redacción antes de ser enviados.

Los investigadores se encuentran en el centro de esta comunidad que se dedica a crear y difundir conocimiento para el beneficio de la sociedad. Para que puedan continuar con su trabajo y sobresalir en él, la cultura de la investigación debe ser más inclusiva. Teniendo en cuenta los problemas a los que se enfrentan los autores no nativos cuando escriben en inglés, los colegas y los editores de revistas deberían tender una mano para asegurar que estos autores estén capacitados. Los límites creados por el lenguaje sólo pueden ser verdaderamente superados con el reconocimiento y la acción colectiva de la comunidad científica.

 

La capacitación de los bibliotecarios para atender incidentes perturbadores y conductas anómalas en las bibliotecas

 

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Ver  además

Chelsea Public Library. Política de Seguridad

 

En cualquier proceso de evaluación de un sistema de bibliotecas hay un factor que es fundamental, que es el relativo a los valores afectivos. Es decir, a la hora de valorar un servicio de biblioteca, el trato del personal pesa tanto o más en la percepción positiva del usuario que disponer de buenos servicios o buenas colecciones. Pero también a veces se dan casos de conductas anómalas que el personal tiene que enfrentar.

Aunque el día a día en la biblioteca es bastante tranquilo, los actos de conducta perturbadora aunque son los menos, a veces ocurren en las bibliotecas, un espacio donde toda la comunidad tiene acceso, y miles de personas cruzan cada día el umbral con diferentes propósitos: consultar libros, acudir a clases de cocina, cabinas de grabación, aprender a tocar instrumentos y trabajar con ordenadores, iPads y otras tecnologías.

Tratar con situaciones que rompen las reglas de la biblioteca no es la parte favorita del trabajo de nadie. El establecimiento de políticas y sanciones claras, y un sistema consistente para el seguimiento de la mala conducta, es el primer paso hacia la creación de un ambiente en el que el personal se sienta seguro al hacer cumplir las reglas y los usuarios entiendan las consecuencias de la mala conducta. Cuando se produce un incidente de este tipo debe de redactarse un informe para documentarlo, con el objetivo de que el personal de todo el sistema pueda acceder y conocer el informe.

Los informes deben ser escritos tan pronto como sea posible después del evento. En caso de accidentes o lesiones, la primera prioridad es la ayuda inmediata a la víctima. Los informes y registros no sólo ayudan a asegurar que las reglas se cumplan de manera consistente y justa, sino que también permiten a las bibliotecas compartir información entre las sucursales y disponer de información para presentar a los financiadores cuando se necesita personal adicional o un equipo de seguridad.

Hay que tener en cuenta algunas cuestiones a la hora de escribir un informe de un incidente:

1. INFORMAR OBJETIVAMENTE SOBRE LOS HECHOS. No incluir declaraciones que reflejen juicios u opiniones.

2. QUE SEA SIMPLE. Usar un lenguaje sencillo que la mayoría de la gente pueda entender.

3. FORMATO. Ser conciso. Los párrafos largos son molestos e innecesarios.

4. ELEMENTOS CLAVE. Responder a todas las preguntas: quién, qué, cuándo, dónde, por qué y cómo.

5. CONSCIENCIA. Tener  en cuenta las palabras que se utilizan y evitar el lenguaje que pueda ser considerado parcial o discriminatorio.

6. DOCUMENTARLOS CON MATERIAL ADICIONAL. Imágenes, cámaras de seguridad, etc.

 

Desde 2016, la Biblioteca de la Ciudad de Los Ángeles ha registrado cerca de 2000 incidentes de seguridad, incluyendo asaltos a empleados y visitantes, amenazas de muerte, robo, uso de drogas, comportamiento lascivo y vandalismo. La biblioteca ha instalado botones de pánico ocultos en las 73 sucursales, de modo que los empleados pueden llamar a la policía sin tener que levantar el teléfono. Pero con guardias de seguridad u oficiales de policía sólo se asignan a 29 de las 73 sucursales. Numerosos bibliotecarios consideran que debería haber guardias de seguridad en cada sucursal.

En la Biblioteca Central de Halifax durante los 16 meses, que hay entre enero de 2018 y abril de 2019, el personal registró 96 casos de comportamiento perturbador, que iban desde robos, violencia física y emergencias médicas, entre otros incidentes. (En total 18 robos y actos de vandalismo, 22 emergencias médicas, 32 actos de conducta perturbadora, 57 llamadas de emergencia, 12 altercados físicos y 12 incidentes por temas de drogas y alcohol.) «La biblioteca pública, como espacio público donde todo el mundo es bienvenido, significa que todo el mundo viene», dijo Åsa Kachan, bibliotecaria jefe y directora ejecutiva de las Bibliotecas Públicas de Halifax. Así que a medida que más personas acuden a las bibliotecas para hacer uso de estos recursos, el personal está siendo capacitado para tratar con la amplia gama de personas que visitan estos centros comunitarios.

En este mundo en continua privatización cada vez menos son menos los espacios donde pueden acudir libremente este personas sin hogar y las bibliotecas están muy comprometidas con los valores relativos a la inclusión social. Los funcionarios admiten que las bibliotecas se han convertido en un imán para las personas sin hogar y los enfermos mentales, que buscan refugio de la vida en las calles.  Para hacer frente a todo esto, en algunos lugares el personal está recibiendo capacitación sobre cómo atender al usuario, primeros auxilios de salud mental e intervención no violenta en situaciones de crisis. La capacitación se basa en desarrollo de la empatía para saber manejar más adecuadamente el comportamiento de las personas con problemas en situaciones críticas. Ya que la forma como se comporta un miembro del personal en una situación delicada cambia dramáticamente la forma como se comporta el usuario, lo que influye en que todos estén más seguros, todos más tranquilos.

En algunos casos de bibliotecas con altas tasas de incidentes se ha contratado a un trabajador social. En otras han comenzado a ofrecer café, té y fruta gratis para la gente de la biblioteca. Kachan dijo que han notado que esto reduce la probabilidad de que la gente sea perturbadora.

 

Los 100 sitios web más visitados en 2019

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Los 100 sitios web más grandes generaron la asombrosa cifra de 206.000 millones de visitas en junio de 2019. Google, YouTube y Facebook ocuparon los primeros lugares, seguidos por Baidu y Wikipedia. Pornhub, la web más popular de pornografía en línea también ocupa un lugar destacado.

Los motores de búsqueda proporcionan el tejido conectivo que une a Internet, y representan la mayor parte del tráfico del sitio web en el ranking de los 100 primeros puestos.

Para alcanzar el puesto 100 en este ranking, su sitio web necesitaría alrededor de 350 millones de visitas en un solo mes. El análisis del ranking revela mucho acerca de cómo las personas de todo el mundo buscan información, qué servicios utilizan y cómo pasan el tiempo en línea.

A continuación se muestra la clasificación completa:

 

 

¿Podrían los bibliotecarios ayudarnos a combatir las noticias falsas?

 

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Could Public Reference Librarians Help Us Combat Digital Falsehoods?
Kalev Leetaru. Forbes. Aug 20, 2019, 09:45pm

 

¿Qué pasaría si las bibliotecas se promocionaran a sí mismas como verificadores de datos de la comunidad local, donde los usuarios de las bibliotecas pueden reenviar sus rumores más apremiantes para que sean confirmados o desacreditados?  Donde en lugar de simplemente ofrecer una calificación verdadera o falsa, un bibliotecario de referencia sea quien guíe al usuario a la mejor evidencia disponible y dirijan a las personas hacia las respuestas más diversas y objetivas del debate para que cada uno pueda tomar sus propias decisiones.

 

A medida que la sociedad lucha para la mejor manera de combatir la propagación de las falsedades digitales en forma de desinformación y»noticias falsas», gran parte del énfasis hasta la fecha se ha puesto en la comprobación de los hechos profesionales a escala nacional desde los sitios web. Aunque estos esfuerzos han ayudado a arrojar luz sobre los rumores más virales en línea, su enfoque nacional limita su impacto. Al mismo tiempo, en todo Estados Unidos hay bibliotecas públicas que sirven a sus comunidades locales y que cuentan con bibliotecarios de referencia que se especializan en ayudar a sus usuarios a navegar por el torrente de información actual, haciendo de todo, desde ayudarles a localizar información relevante y de buena reputación hasta realizar investigaciones básicas que proporcionan respuestas basadas en la evidencia que reflejan la mejor información académica y científica disponible. Sólo en 2017, estos bibliotecarios respondieron a más de 240 millones de consultas. ¿Podrían ser  la respuesta al actual diluvio de falsedades digitales?

Para las generaciones nacidas en la era digital, las bibliotecas son a menudo consideradas como museos anticuados de una época pasada, casi almacenes que alquilan libros y DVDs físicos. En realidad, lo importante de las bibliotecas no son los documentos, sino de personas. Las bibliotecas han servido durante mucho tiempo como pilares centrales de sus comunidades, han contribuido al entretenimiento y la erudición de las personas,  y su personal era capaz de entender las necesidades locales únicas de sus usuarios.

Es un pequeño milagro que en  la era digital, como sociedad, tengamos estos increíbles recursos personalizados en nuestras comunidades locales en todo el país, atendidos por nuestros vecinos de al lado que nos conocen por nuestro nombre, pero sin embargo, cada vez con más frecuencia, cuando necesitamos una información, ponemos nuestra confianza en unos extraños globales del otro lado del mundo. ¿Por qué es que hoy nos sentimos más cómodos confiando en un sitio web aleatorio operado por un estafador en un país extranjero que trata de engañarnos con fines de lucro en lugar de recurrir a nuestros propios vecinos que son profesionales capacitados en nuestro propio patio trasero cuyo trabajo es ayudarnos?

¿Por qué la comunidad local ha cedido el paso a la globalización impersonal y qué podría pasar si volvemos a las bibliotecas públicas que ayudaron a construir nuestra nación?

Y lo que es más importante, ¿podrían las bibliotecas públicas y sus bibliotecarios de referencia abrir un nuevo frente en la guerra contra las noticias falsas? En lugar de depender exclusivamente de un pequeño grupo de sitios centralizados de verificación de hechos que se centran principalmente en historias a escala nacional, ¿qué pasaría si las comunidades recurrieran a sus bibliotecas públicas para confirmar o desacreditar las historias que más les importan? Mientras que saber que una historia satírica sobre Bigfoot es falso puede ser importante para un sitio nacional de verificación de hechos, para una comunidad local una pregunta mucho más importante podría girar en torno a un rumor de que una nueva ley estatal acaba de entrar en vigor que cerrará el departamento de bomberos local o si la supertienda local está realmente celebrando un 50% de descuento en la venta el próximo fin de semana o si un proyecto de ley propuesto por el Congreso realmente prohibiría el seguro médico. Este es el tipo de historias que tienen un impacto importante a nivel local en todo el país y que, sin embargo, no son adecuadas para el pequeño número de personal nacional que verifica los datos.

¿Qué pasaría si las bibliotecas se promocionaran a sí mismas como verificadores de datos de la comunidad local, donde los usuarios de las bibliotecas pueden reenviar sus rumores más apremiantes para que sean confirmados o desacreditados? Donde en lugar de simplemente ofrecer una calificación verdadera o falsa, un bibliotecario de referencia guíe al cliente a través de la mejor evidencia disponible.  Y lo que es más importante, para las preguntas que no tienen respuestas singulares, los bibliotecarios de referencia pueden ayudar a guiar a los usuarios hacia la respuesta más equitativa y verdadera para que las personas puedan tomar sus propias decisiones.

 

Cuando el público temía que los libros de las bibliotecas pudieran propagar enfermedades mortales a través de los préstamos

 

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When the Public Feared That Library Books Could Spread Deadly Diseases
“The great book scare” created a panic that you could catch an infection just by lending from the library. By Joseph Hayes smithsonian.com  August 23, 2019

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El 12 de septiembre de 1895, una mujer de Nebraska llamada Jessie Allan murió de tuberculosis. Tales muertes eran comunes a principios del siglo XX, pero el caso de «consumo» de Allan procedía de una fuente inusual. Era bibliotecaria en la Biblioteca Pública de Omaha, y gracias al temor común de la época, la gente se preocupaba de que la enfermedad terminal de Allan pudiera provenir de un libro.

 

En octubre de 1895 Library Journal, revista de la American Librarians Association publicó un artículo en el que lamentaba la muerte de Jessie Allan : «La muerte de la Srta. Jessie Allan es doblemente triste debido a la excelente reputación que su trabajo le ganó y al afecto agradable que todos los bibliotecarios que la conocieron sintieron por ella, y porque su muerte ha dado lugar a una nueva discusión sobre la posibilidad de infección de enfermedades contagiosas a través de los libros de la biblioteca»

La muerte de Allan ocurrió durante lo que a veces se llama el «gran miedo al libro». Este miedo, ya casi olvidado, fue un pánico frenético a finales del siglo XIX y principios del XX, ya que los libros contaminados -sobre todo los que se prestaban en las bibliotecas- podían propagar enfermedades mortales. El pánico surgió de «la comprensión pública de las causas de las enfermedades como gérmenes», dice Annika Mann, profesora de la Universidad Estatal de Arizona y autora de Reading Contagion: The Hazards of Reading in the Age of Print.

A los bibliotecarios les preocupaba que la muerte de Allan, que se convirtió en el punto focal del miedo, disuadiera a la gente de pedir libros prestados y provocara una disminución del apoyo financiero a las bibliotecas públicas.

Y continuaba el artículo «Posiblemente haya algún peligro procedente de esta fuente; ya que el bacilo fue descubierto, se encuentra peligro en lugares hasta ahora insospechados. Pero el mayor peligro, tal vez, es sobreestimar esta fuente de peligro y asustar a la gente para que se ponga nerviosa.»

 La preocupación por la propagación de enfermedades mediante el préstamo de libros tendría graves repercusiones en la proliferación y el crecimiento de las bibliotecas. En un momento en que el apoyo financiero a las bibliotecas públicas estaba creciendo en todo el país, las instituciones de préstamo de libros se enfrentaron a un gran desafío debido a la amenaza de la enfermedad.

La enfermedad era común en este período tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. Epidemias como la «tuberculosis, la viruela y la escarlatina» estaban cobrando «un terrible precio en las zonas urbanas», según el artículo del erudito Gerald S. Greenberg de 1988 «Los libros como portadores de enfermedades, 1880-1920«. Para una población que ya estaba al borde de las enfermedades mortales, la idea de que los libros contaminados de la biblioteca pasaran de mano en mano se convirtió en una fuente significativa de ansiedad.

Los libros fueron vistos como posibles vehículos de transmisión de enfermedades por varias razones. En una época en que las bibliotecas públicas eran relativamente nuevas, era fácil preocuparse por quién había manejado un libro por última vez y si podían haber estado enfermos. Los libros que parecían ser benignos podrían ocultar enfermedades que podrían ser desencadenantes «en el acto de abrirlos», dice Mann. La gente estaba preocupada por las condiciones de salud causadas por «inhalar el polvo de los libros», escribe Greenberg, y por la posibilidad de «contraer cáncer al entrar en contacto con el tejido maligno que se espera en las páginas».

El gran miedo al libro alcanzó su punto álgido en el verano de 1879, dice Mann. Ese año, un bibliotecario de Chicago llamado W.F. Poole informó que se le había preguntado si los libros podían transmitir enfermedades. Tras una investigación adicional, Poole localizó a varios médicos que afirmaban tener conocimiento de libros sobre la propagación de enfermedades. La gente en Inglaterra comenzó a hacer la misma pregunta, y la preocupación por los libros enfermos se desarrolló «más o menos al mismo tiempo» en los Estados Unidos y Gran Bretaña, dice Mann.

Una ola de legislación en el Reino Unido intentó atacar el problema. Aunque la Ley de Salud Pública de 1875 no se refería específicamente a los libros de la biblioteca, sí prohibía prestar «trapos de ropa de cama u otras cosas» que hubieran estado expuestas a la infección. La ley se actualizó en 1907 con una referencia explícita a los peligros de la propagación de enfermedades a través del préstamo de libros, y se prohibió a los sospechosos de tener una enfermedad infecciosa el préstamo o la devolución de libros de la biblioteca, con multas de hasta 40 chelines por esos delitos, equivalentes a aproximadamente 200 dólares en la actualidad.

«Si alguna persona sabe que está sufriendo de una enfermedad infecciosa, no debe tomar ningún libro o uso, ni hacer que se tome ningún libro para su uso de ninguna biblioteca pública o circulante«, dice la Sección 59 de la Ley de Enmiendas de las Leyes de Salud Pública de Gran Bretaña de 1907.

En los Estados Unidos, la legislación para prevenir la propagación de epidemias a través del préstamo de libros se dejó en manos de los estados. En todo el país, las ansiedades se «localizaban alrededor de la institución de la biblioteca» y «alrededor del libro», dice Mann. Los bibliotecarios fueron víctimas del creciente miedo.

En respuesta al pánico, se esperaba que las bibliotecas desinfectaran los libros de los que se sospechaba que eran portadores de enfermedades. Se utilizaron numerosos métodos para desinfectar los libros, incluyendo el mantenimiento de los libros en vapor a partir de «cristales de ácido fénico calentados en un horno» en Sheffield, Inglaterra, y la esterilización mediante una «solución de formaldehído» en Pensilvania, de acuerdo con Greenberg. En Nueva York, los libros se desinfectaron con vapor. Un estudio en Dresde, Alemania, «reveló que las páginas sucias de los libros frotadas con los dedos húmedos producían muchos microbios».

Un excéntrico experimentador llamado William R. Reinick estaba preocupado por las múltiples supuestas enfermedades y muertes a causa de los libros. Para probar el peligro de contraer enfermedades, Greenberg escribe, expuso a 40 conejillos de indias a páginas de libros contaminados. Según Reinick, los 40 sujetos de prueba murieron. En otros lugares, los experimentos consistieron en dar a los monos un trago de leche en una bandeja de literatura aparentemente contaminada, como escribe Mann en Reading Contagion.

Todos estos experimentos pueden haber sido extremadamente inusuales, pero finalmente llegaron a conclusiones similares: Por pequeño que sea el riesgo de infección de un libro, no se puede descartar por completo.

 

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Los periódicos también se refirieron a los peligros de los libros que propagan enfermedades. Una referencia temprana en el Chicago Daily Tribune del 29 de junio de 1879 menciona que la posibilidad de contraer enfermedades a partir de los libros de la biblioteca es «muy pequeña» pero no se puede descartar por completo. La edición del 12 de noviembre de 1886 del Perrysburg Journal en Ohio enumera los «libros» como uno de los artículos que deben ser retirados de las habitaciones de los enfermos. Ocho días después, otro periódico de Ohio, The Ohio Democrat, declaró abiertamente: «La enfermedad [la escarlatina] se ha propagado a través de bibliotecas circulantes; se han tomado libros ilustrados de allí para entretener al paciente, y han regresado sin ser desinfectados».

A medida que los periódicos continuaban cubriendo el tema, «el miedo se intensificó», dice Mann, lo que llevó a una «fobia extrema contra el libro».

Después de muchas tribulaciones, se impuso el raciocinió. La gente empezó a preguntarse si la infección a través de los libros era una amenaza grave o simplemente una idea que se propagó a través de los temores del público. Después de todo, los bibliotecarios no estaban teniendo tasas de enfermedad más altas en comparación con otras ocupaciones, según Greenberg. Los bibliotecarios comenzaron a abordar el pánico directamente, «tratando de defender la institución», dice Mann, una actitud caracterizada por «una falta de miedo».

En Nueva York, los intentos políticos durante la primavera de 1914 de desinfectar en masa los libros fueron desestimados tras las objeciones de la Biblioteca Pública de Nueva York y la amenaza de una «protesta en toda la ciudad». En otros lugares, el pánico también comenzó a disminuir. Los libros que antes se creía que estaban infectados volvieron a prestarse sin más problemas. En Gran Bretaña, experimento tras experimento de médicos y profesores de higiene informaron que no había casi ninguna posibilidad de contraer una enfermedad a partir de un libro. El pánico estaba llegando a su fin.

El «gran miedo del libro» surgió de una combinación de nuevas teorías sobre la infección y la preocupación entre las clases superiores del concepto de biblioteca pública. Muchos estadounidenses y británicos temían a las bibliotecas porque les proporcionaba fácil acceso a lo que consideraban libros obscenos o subversivos, argumenta Mann. Y mientras que los temores a las enfermedades eran distintos de los temores a los contenidos sediciosos, los «opositores al sistema de bibliotecas públicas» ayudaron a avivar el fuego del miedo a los libros, escribe Greenberg.

Los mejores e-readers para tomar prestados libros electrónicos de la biblioteca

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The best e-readers to borrow ebooks from the library. GoodEreader
August 22, 2019 By Michael Kozlowski

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Michael Kozlowski escribe: «En Canadá y Estados Unidos, la gran mayoría de las bibliotecas públicas tienen una colección de libros electrónicos. OverDrive informó que el 95% de todas las bibliotecas ya disponen de una colección de libros digitales para llevar en préstamo también hay otras empresas más pequeñas que están involucradas en este campo, como Hoopla y Bibliotheca. Sin embargo no todos los dispositivos son compatibles con las plataformas de lectura de las bibliotecas. En el caso de España, la plataforma eBiblio es incompatible con el dispositivo Kindle de Amazon, que dispone de un formato propio AZW o Mobi.

 

Kobo

Kobo Forma, el Kobo Clara HD y el Kobo Aura Edition 2 tienen la funcionalidad Overdrive directamente en el e-reader. Puedes ir al menú de configuración e ingresar el número de tarjeta de biblioteca que permite navegar por la colección de libros electrónicos de las sucursales locales y llevarse en préstamo un título directamente a la biblioteca personal para leerlo. Kobo es la única compañía que tiene este tipo de sistema en sus lectores electrónicos. Solo para Overdrive, que opera en Estados Unidos.

 

Kimdle Amazon

Para tomar prestados libros electrónicos de la biblioteca pública con la plataforma Overdrive en el Kindle se necesita visitar el sitio web de su sucursal local en el ordenador. Cuando encuentres una novela que quieres leer, hay un campo «Kindle Book», allí haces clic asocias la cuenta de Amazon con Overdrive. A continuación, puedes enviar el libro electrónico de forma inalámbrica directamente al Kindle. Sin embargo, algunos libros de Kindle, incluyendo muchos libros ilustrados, libros de lectura y novelas gráficas, no son compatibles. Como dijimos anteriormente, hoy por hoy, Kindle

 

Barnes and Noble

La línea de e-readers Nook tiene soporte para Adobe DRM, lo que significa que se pueden tomar prestados libros electrónicos de las biblioteca públicas. Todo el proceso es menos intuitivo que Amazon o Kobo. Tienes que visitar el sitio web de tu sucursal local y encontrar un libro que quieras pedir prestado. Normalmente hay un botón de descarga EPUB en el que puede hacer clic y descargarlo a tu ordenador. A continuación, debes descargar Adobe Digital Editions y registrar una nueva cuenta. Necesitas introducir esta información de cuenta en el área de configuración de tu Nook e-reader, para que ambos programas tengan el mismo nombre de usuario y contraseña. Conecta tu Nook a tu PC e importa el EPUB que descargaste en ADE y arrástralo a Mis Archivos.

 

Otros e-readers Android

La mayoría de lectores de Android de Onyx Boox y Boyue tienen instalado Android 6.0 o superior. El proceso es similar a los dispositivos de Barnes and Noble a través de Adobe Digital Editions.

 

 

De la biblioteca al makerspace

 

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How Libraries Are Becoming Modern Makerspaces
They’ve long served as communal gathering spots, but these civic institutions are becoming gateways to technological tinkering. Deborah FallowsThe Atlantic. mar 11, 2016

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Durante mucho tiempo las bibliotecas han servido como lugares de reunión comunal, pero estas instituciones cívicas se están convirtiendo en puertas de entrada a la experimentación y el aprendizaje de la nueva tecnológica.

 

Si se pudiera preguntar a Ben Franklin qué institución pública le gustaría visitar hoy en día en Estados Unidos, diría que la biblioteca pública. Y si le preguntas qué parte de la biblioteca,diría que en el makerspace. Ben Franklin es bien conocido como fundador de la biblioteca de suscripción temprana, la Philadelphia Library Company, hace casi 300 años. Pero es menos conocido que Franklin utilizó el espacio de la biblioteca para algunos de sus primeros experimentos con la electricidad.

Hoy, tal vez siguiendo el ejemplo de Franklin, las bibliotecas de todo Estados Unidos están creando espacios para que sus usuarios experimenten con todo tipo de nuevas tecnologías y herramientas para crear e inventar.

Miguel Figueroa, directr del Center for the Future of Libraries de la American Library Association, dice que los makerspaces son parte de la misión expandida de las bibliotecas que están cambiando de ser lugares donde la gente no sólo pueda consumir conocimiento, sino también crear nuevos conocimientos.

El primer espacio moderno de creación en bibliotecas apareció hace unos cinco años en la biblioteca The Fayetteville Free Library (FFL) , en el norte del estado de Nueva York. Lauren Smedley, estudiante de posgrado en Biblioteconomía y Documentación de la cercana Universidad de Syracuse, propuso la idea de adquirir una impresora 3D para la biblioteca. A Sue Considine, la directora de la biblioteca, le gustó la idea y con todo el equipo de la biblioteca, creó lo que sería el primer espacio de creación. Eso fue sólo el principio. Hoy en día, el Fab Lab de Fayetteville, dispone de un espacio de 2.500 pies cuadrados y se ha expandido para incluir un Fab Lab para adolescentes y preadolescentes, y un espacio denominado Little Makers para los fabricantes más pequeños.

 

Manual de procedimientos para bibliotecas : guía para su redacción.

 

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Manual de procedimientos para bibliotecas : guía para su redacción. Buenos Aires: Biblioteca del Docente, 2006 ISBN 978-987-549-310-0

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Pautas para la elaboración de un manual de procedimientos que posibilite a los bibliotecarios el registro de sus decisiones y de su política de gestión en lo referente a la selección y el descarte; los procedimientos de adquisición; los procesos administrativos y técnicos, los servicios y productos a ofrecer, el personal, el equipamiento y soporte técnico; la ambientación y las medidas de seguridad.

Los procedimientos escritos establecen una guía para el buen funcionamiento de todo tipo de Biblioteca, a la vez que constituyen un modo de protección para todo su personal. Cada bibliotecario tiene su filosofía y una política bajo la que opera, esté o no escrita. El valor de registrar en el Manual todos los procedimientos, es que el personal que se mueve alrededor de la biblioteca, y los nuevos que se incorporan, sepan cuál es la política para cada caso y contribuyan a reforzarla.

Cada Manual es el resultado de la colaboración de todo el personal asignado a la gestión de la Biblioteca. Todas las opiniones deben ser escuchadas, analizadas y consideradas al momento de formalizar los criterios del trabajo cotidiano. Debe contener la descripción exhaustiva de la organización de la Biblioteca y de su accionar interno, y de los servicios que brinda a sus usuarios.

Son varios los beneficios de su redacción: identifica al responsable de cada proceso; dispone de definiciones explícitas y normalizadas de las tareas rutinarias; optimiza el grado de eficiencia mediante la simplificación de los procesos; reduce la incertidumbre sobre la toma de decisiones; garantiza la continuidad de actividades en la Biblioteca; evita la duplicación de tareas; define la estructura tecnológica adecuada y mejora la comunicación y la calidad del servicio.

Resulta necesario aclarar que el Manual es un instrumento dinámico y flexible, porque debe reflejar los cambios que se producen en la Biblioteca. Para ser más efectivo, el Manual debe incorporar la filosofía de la institución y delinear la misión de la Biblioteca. Una vez aprobado por el equipo de conducción de la Escuela se puede implementar con confianza.