
“El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer.”
Frank Zappa

“El periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir, entrevistando a gente que no sabe hablar, para gente que no sabe leer.”
Frank Zappa

More than 380,000 children in UK do not own a single book: NLT report. London: National Literacy Trust, 2019
Los niños que poseen libros son seis veces más propensos a leer por encima del nivel esperado para su edad y, sin embargo, cientos de miles de alumnos no disponen de un sólo libro en su hogar, sugiere un informe. Por ello National Literacy Trust ha iniciado una campaña para recoger donaciones.
National Literacy Trust es una organización benéfica independiente que trabaja con escuelas y comunidades para brindar a los niños desfavorecidos las habilidades de alfabetización para tener éxito en la vida.
Según el informe de NLT, más de 380.000 niños en el Reino Unido no tienen un libro propio, un análisis de caridad que calcula el National Literacy Trust, que puede afectar sus habilidades de lectura , disfrute y bienestar.
La encuesta, de más de 56.000 niños, revela que el 22 por ciento de los niños que poseen libros leen por encima del nivel esperado, en comparación con solo el 3.6 por ciento de los alumnos que no tienen un libro.
Más de la mitad (56.2 por ciento) de los jóvenes que tienen libros disfrutan de la lectura en comparación con menos de un quinto (18.4 por ciento) de los que no, según la encuesta de alumnos de nueve a 18 años.
Los hallazgos se producen cuando cientos de bibliotecas de todo el país se han visto obligadas a cerrar en medio de recortes de gastos.

Presentación del libro «Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes».
Planeta Biblioteca 2019/11/04
ESCUCHAR EL PROGRAMA
Julio Alonso Arevalo. Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes. Buenos Aires : Alfagrama Ediciones, 2019
Disponible en España en Canoa Libros
Presentación del libro “Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes” publicado por Alfagrama, un libro sobre libros para cualquiera que ama los libros. Es más que un libro, son miles de libros, los que hemos leído, los que nos dejaron un sabor dulce, y a los que una vez terminados les pasamos la mano por la cubierta antes de volver a colocarlos en la estantería como si fuera un acto de amor. Como tantos compañeros de esta profesión, humilde y maravillosa, amamos lo que hacemos, y nos encanta pensar en lo que hacemos, cuando vamos a un sitio, uno de nuestros pasatiempos favoritos es ir a visitar bibliotecas, otro es recoger citas y escritos sobre el libro, la lectura, los lectores y las bibliotecas. Es bien cierto que aquí, en estas dos centenas de páginas, no cabe todo lo que se ha escrito sobre el tema, pero si están las que más profundamente nos han llegado.
En la próxima entrega, -si la editorial Alfagrama tiene a bien- la segunda parte del libro, el dedicado a los bibliotecarios, a los libreros y a los editores-. Un mundo en el que los profesionales del libro nos hemos visto reflejados, a veces más, y casi siempre menos acertadamente, pero es la imagen que proyectamos, a veces en los estereotipos que muy a menudo con cierto humor nosotros mismos reforzamos. Así nos ven, y así lo refleja la literatura. Porque alguien dijo en una ocasión que los libros no son la vida, pero son lo que más se le parece.

“La lectura es una forma lenta, pero muy potente para cambiar el mundo”
Javier Cercas

Desde la Antigüedad –pero nunca con tanta importancia como hoy– los seres humanos dependemos de la cultura para sobrevivir. En efecto, la cultura significa entender y aprehender nuestro entorno, aumentar el volumen de nuestra información, “acercar el mundo a nuestra mente”, dar sentido y validez a las acciones, poner en duda ideas previas, inquirir lo nuevo. En síntesis, la cultura nos conduce a “ser más”, reinventarnos, agrandar nuestro mundo de comprensión y referencia y, en tal virtud, modificarnos de manera constante. La cultura nos identifica, nos construye como seres valiosos, nos proyecta, nos dignifica
Reascos, Nelson “La cultura, las culturas y la identidad”. En GLOBALIZACIÓN CULTURA IDENTIDAD Quito: Ediciones CCE , 2017

Una biblioteca oscura y triste
José Saramago
Las bibliotecas han cambiado mucho desde el día en que, en la Lisboa de finales de los años treinta, entré por primera vez en una de ellas. Era un lugar en donde el tiempo parecía haberse detenido, con estantes que cubrían las paredes desde el suelo hasta casi el techo, las mesas con sus pequeños atriles, a la espera de lectores, que nunca eran muchos. El bibliotecario se sentaba al fondo de la sala, detrás de un escritorio antiguo, de aquellos de palo santo, de madera tallada. Olía a papeles viejos y a cera de abejas, también algo a humedad, a cerrado, tal vez porque las ventanas se abrían de tarde en tarde, al menos siempre las recuerdo cerradas. También es cierto que nunca fui a la biblioteca durante el horario diurno, así que no sé cómo sería el ambiente, si las pesadas contraventanas estarían abiertas para que la luz del día pudiese entrar. Probablemente sí. Yo era un lector nocturno, salía de casa después de cenar (era el tiempo en el que se cenaba a las ocho), recorría los dos o tres kilómetros que separan el barrio de la Penha de França, donde vivía, y Campo Pequeño, donde estaba la biblioteca, e iba a leer. Exactamente iba a leer. Era un adolescente que no tenía en casa libros que no fueran los de estudio, y que quería saber por sí mismo qué era realmente eso a lo que se le daba el nombre de literatura. Un adolescente que no se había dejado aconsejar antes por personas que supieran guiar de forma didáctica en su experiencia lectora, que cada vez que entraba en una biblioteca, era como que desembarcase en una isla desierta y tuviese que abrir un camino para llegar no sabía adónde, ni tampoco le importaba mucho. Leía sin ningún objetivo, leía porque le gustaba leer, y nada más. Era bastante ingenuo para atreverse a descifrar el Paraíso Perdido de Milton sin conocer nada de literatura inglesa. O el Don Quijote sin saber de Cervantes nada más que aquella definición del portugués como un castellano sin huesos. Leía más a los clásicos que los modernos, sin método, aunque con cierto sentido de la disciplina. Si le gustaba especialmente un autor, intentaba leer toda su obra, tarea casi imposible, como ocurrió con Camilo Castelo Branco. Intuía que tenía mucho que ganar si saboreaba lentamente los sermones del padre Antonio Vieira, pero confesaba que algunas veces tuvo que abandonarlos por la misma razón por la que estamos obligados a cerrar los ojos ante una luz demasiado fuerte. Además, como suele decirse, al lector adolescente le faltaba vocabulario. Recorría con atención las hojas mecanografiadas donde constaban las obras que habían entrado recientemente en la biblioteca y por ellas hacía su elección, un poco por los títulos y otro poco por los nombres de los autores. Con el tiempo aprendió a establecer relaciones entre unos y otros, notaba que la memoria de lo que había leído enriquecía sorprendentemente la lectura que tuviese que hacer en ese momento, el suelo que pisaba se iba volviendo más firme cada día. No puedo recordar con exactitud cuánto tiempo duró esta aventura, pero lo que sé, sin sombra de duda, es que si no fuese por aquella biblioteca antigua, oscura, casi triste, yo no sería el escritor que soy. Allí comenzaron a escribirse mis libros.
Ha pasado mucho tiempo. Las bibliotecas han cambiado. Desde luego, también los lectores. Supongo que en algunas de ellas se están formado escritores del futuro. Sé que los bibliotecarios ya no están sentados tras mesas de filigrana. Sé que están empeñados en hacer una labor de defensa del libro y de la lectura. También hablan del compromiso social de esta profesión. Y no les faltan los motivos
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Todos recordamos el entrañable programa que niños y no tan niños veíamos en TVE en los años 80 los sábados por la mañana «La Bola de cristal» dirigido por Lolo Rico, y seguro también que nos acordamos de esa maravillosa frase «Si no quieres ser como éstos ¡lee!». Además de la participación de algunos de los músicos más relevantes de la móvida madrileña como Kiko Veneno, Alaska, Santiago Auseron o Loquillo.
El programa se emitió entre 1984 y 1988, y se puede decir que fue de lo mejor que ha hecho la televisión española en su historia. Era un programa infantil que por primera vez trataba a los niños como personas inteligentes, y tenía cuotas de audiencia que sólo ahora superarían los grandes partidos de futbol (5 millones de espectadores). La Bola de Cristal nos invitaba constantemente a reflexionar, a cuestiornarnos todo, era muy crítico con absolutamente todo, y finalmente fue eliminado sin más de las emisiones, aunque no precisamente por falta de audiencia.

Como pone de manifiesto el blog de «Cultura inquieta» el programa era una aunténtica fuente de inspiración, una fábrica de eslóganes culturales, de frases estimulantes. Por ejemplo:
“Tienes 15 segundos para imaginar. Sí no se te ha ocurrido nada, a lo mejor deberías ver menos la tele.”
“Solo no puedes, con amigos sí.”
“¡Viva el mal, viva el capital!»
“Si quieres ser un perro sólo tienes que ladrar y no leer.”
«¡Nunca te acostarás sin saber una cosa más!»
«Haz deporte, no eches tripa. Juega limpio. Participa.»

Gonzalbo, Fernando Escalante. A La Sombra De Los Libros: Lectura, Mercado y Vida Pública. 1st ed., vol. 151, Colegio De Mexico, 2007.
El argumento básico de las páginas que siguen es muy sencillo, puede resumirse en pocas palabras. En los últimos veinte o treinta años se ha producido en todo el mundo una concentración extraordinaria de la industria editorial: la mayor parte del mercado global pertenece a ocho o diez empresas, integradas en grupos que tienen también periódicos, revistas, productoras de cine, discográficas, cadenas de radio y televisión. El negocio de los libros se ha convertido en un gran negocio, incorporado a la industria del espectáculo. Y eso tiene consecuencias sobre el tipo de libros que se publican y sobre el modo…

Más de una cuarta parte de los adultos estadounidenses dicen que no han leído un libro, ni en su totalidad ni en parte, ni en forma impresa o electrónica, en el último año. entre los factores de no lectura está el nivel de estudios, ingresos y procedencia.
Según una encuesta de Pew Research, el 27% por ciento de los adultos estadounidenses dicen que no han leído ningún libro en los últimos doce meses, frente a 19 por ciento que lo dijo en 2011.
La investigación muestra que las personas que son menos inclinadas a leer libros se dividen en varias categorías.

Según Leah Price, los períodos de atención se están acortando. Ya no tenemos paciencia para leer con detenimiento. El códice impreso es una tecnología muerta y el futuro está navegando en libros electrónicos y páginas web con hipervínculos; en su opinión escuchar un audiolibro no es tan bueno como leer un libro. Price dice que en el momento actual los cambios son tan acelerados que no somos capaces de asumir que hubo una época dorada de lectura que no volverá.
Para Leah Price, autora del libro What We Talk About When We Talk About Books, cuando la gente habla de la muerte del libro, a menudo están hablando de dos cosas muy diferentes. Una es la muerte de un tipo particular de objeto que se ve, se siente y huele de cierta manera. Y el otro es un conjunto de prácticas o actividades, que ese objeto a veces ha impulsado. Cuando lo más preocupante no es la supervivencia del objeto, si no la supervivencia de esas prácticas o actividades humanas.
En la era digital pensamos en alguien leyendo un libro impreso acurrucado en la cama o tumbado bajo un árbol, leyendo por placer, probablemente alguna obra clásica de literatura imaginativa. Pero durante la mayor parte de la historia de los libros impresos, este tipo de lectura ha sido claramente minoritaria. Si le hubieras preguntado a la gente en Gran Bretaña o en los Estados Unidos de hace una generación qué libros tenían en sus casas, las respuestas más comunes habrían sido una Biblia y una guía telefónica. Así que cuando culpamos de los bajos índices de lectura de libros impresos a la distracción, a la impaciencia y a la superficialidad del mundo digital, estamos siendo injustos. Ya que estamos comparando un escenario ideal de lectura impresa con una evaluación más realista de la lectura digital. Nos engañamos si pensamos que la presencia de libros impresos nos volvería mágicamente más atentos y enfocados.
La gran mayoría de los libros impresos en el pasado no eran grandes obras de literatura imaginativa hechas para ser leídas de principio a fin. Eran enciclopedias, diccionarios y catálogos. Así que una cosa de la que nos apenamos cuando lloramos el libro impreso es cierto tipo de pasividad o receptividad. Los lectores en el ámbito impreso tienden a zigzaguear y saltarse páginas en un libro, y eso es muy similar a nuestro comportamiento actual de vida cuando navegamos o buscamos información en línea.
El resurgimiento de la lectura en voz alta a través de audiolibros puede explicarse en gran parte por el problema de encontrar tiempo de lectura en momentos robados. Desde principios del siglo XIX, el viaje al trabajo ha sido uno de los grandes momentos para la lectura. La gran época del periódico en el siglo XIX es también la gran época del ferrocarril. Y ahora podemos decir que el audiolibro está llenando el espacio que ocupaba antes el periódico en el tren.