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Enseñar la verdad en la era de la IA: alfabetización informacional, pensamiento crítico y el papel de las bibliotecas escolares

Teacher and students using interactive solar system hologram table in library
Students explore an interactive solar system hologram with their teacher in a library.

Malespina, Elissa. (2026). Teaching Truth in the Age of AI: The Role of School Librarians in an AI-Driven Information Ecosystem. The AI School Librarian Newsletter (Substack).

En una entrevista reciente en The New York Times, el experto en forense digital Hany Farid advirtió sobre un futuro en el que la inteligencia artificial hará cada vez más difícil distinguir el contenido auténtico del contenido fabricado. Los deepfakes, las voces clonadas, las imágenes generadas por IA y los medios sintéticos ya no son tecnologías experimentales: están convirtiéndose en parte de la vida cotidiana.

Justo en el momento en que la IA hace más difícil que nunca determinar qué es real, muchas escuelas están reduciendo a los profesionales mejor preparados para enseñar a los estudiantes a evaluar la información.

Durante décadas, las escuelas se centraron en el acceso a la información. Trabajamos para reducir la brecha digital, enseñando a los estudiantes a buscar en bases de datos, evaluar sitios web y encontrar información fiable en línea. En aquel momento, la información era relativamente escasa, y ayudar a localizarla era un objetivo educativo central.

Hoy, la información es abundante. Los estudiantes disponen de más información de la que generaciones anteriores podrían haber imaginado. Como resultado, el desafío ha cambiado: el reto educativo definitorio de la próxima década puede no ser el acceso a la información, sino la verificación de la información. Los estudiantes ya no luchan por encontrar respuestas; luchan por determinar si esas respuestas son verdaderas.

En muchos sentidos, la inteligencia artificial ha acelerado un cambio que ya estaba en marcha. Los estudiantes se enfrentan cada vez más a imágenes generadas por IA, vídeos sintéticos, voces clonadas, citas inventadas, sitios web falsos y desinformación amplificada algorítmicamente. La cuestión ya no es si pueden encontrar información, sino si pueden confiar en ella.

Las escuelas llevan décadas ayudando a los estudiantes a navegar por riesgos digitales. Les enseñamos a crear contraseñas seguras, evitar el phishing, proteger su información personal y mantenerse seguros en línea. Estas habilidades siguen siendo esenciales, pero la IA introduce un desafío diferente: ya no se trata solo de proteger dispositivos y cuentas, sino también de proteger nuestra capacidad de pensar críticamente, evaluar evidencias y tomar decisiones informadas en un entorno informativo cada vez más complejo.

Los investigadores denominan este desafío “seguridad cognitiva”. En esencia, la seguridad cognitiva es la capacidad de reconocer la manipulación, evaluar evidencias, distinguir hechos de ficción y resistir intentos de engaño o influencia a través de la información. En un mundo lleno de deepfakes, medios sintéticos, contenido generado por IA y campañas de desinformación sofisticadas, estas habilidades son tan importantes como la ciberseguridad tradicional. Los estudiantes deben aprender no solo a proteger sus contraseñas y datos personales, sino también a proteger su juicio, cuestionando las fuentes, verificando las afirmaciones y pensando críticamente sobre la información que encuentran.

Cada vez que un bibliotecario escolar enseña a los estudiantes a evaluar una fuente, verificar una afirmación, identificar sesgos, comparar perspectivas, comprobar hechos o realizar investigación ética, está enseñando seguridad cognitiva. Mucho antes de que la inteligencia artificial entrara en las aulas, los bibliotecarios ya ayudaban a los estudiantes a desarrollar los hábitos mentales necesarios para navegar entornos informativos complejos.

La conversación sobre alfabetización en IA suele centrarse en la redacción de prompts, herramientas de productividad y aplicaciones en el aula. Estas conversaciones son importantes, pero la alfabetización en IA sin alfabetización informacional es incompleta. Los estudiantes deben aprender cómo se crea la evidencia, cómo se puede manipular la información y cómo los algoritmos influyen en lo que ven. También deben aprender a verificar la información antes de compartirla y a tomar decisiones informadas cuando la certeza es difícil. No son solo habilidades tecnológicas. Son habilidades humanas que permiten navegar un entorno informativo cada vez más complejo con confianza, criterio y responsabilidad.

Lo que la IA no puede desarrollar en los estudiantes es la capacidad de saber cuándo confiar en una fuente, reconocer cuándo la evidencia es incompleta, hacer preguntas antes de aceptar una afirmación como verdadera o identificar cuándo algo parece auténtico pero requiere verificación.

Apoyar el bienestar emocional en los programas bibliotecarios sin convertirse en terapeuta

Group of people having a supportive discussion in a library emotional wellness program
A diverse group engages in a heartfelt discussion at a public library’s emotional wellness program.

Brownley, Jessica (2026). Supporting Emotional Wellness in Library Programs (Without Being a Therapist). ALSC Blog, Association for Library Service to Children (American Library Association), 6 de mayo de 2026. Disponible en: ALSC Blog – American Library Association.

El artículo aborda una cuestión cada vez más relevante en el trabajo bibliotecario contemporáneo: el papel de las bibliotecas, especialmente las públicas e infantiles, como espacios que no solo ofrecen acceso a la información y actividades culturales, sino que también se han convertido en lugares donde afloran necesidades emocionales, sociales y psicológicas de niños, adolescentes y familias. En este nuevo contexto, muchos profesionales de bibliotecas se encuentran gestionando situaciones de ansiedad, frustración, tristeza o conflictos emocionales entre los usuarios, sin contar necesariamente con formación clínica o psicológica especializada.

La autora plantea que los bibliotecarios, aunque no sean terapeutas, sí pueden desempeñar un papel importante en la creación de entornos emocionalmente seguros y acogedores. La idea central del texto es que la biblioteca puede contribuir al bienestar emocional comunitario mediante prácticas cotidianas que favorezcan la escucha, la empatía, el respeto y la construcción de relaciones positivas, sin invadir ámbitos profesionales reservados a especialistas en salud mental. Esto implica reconocer que la labor bibliotecaria actual se sitúa cada vez más en la intersección entre educación, mediación social y acompañamiento humano.

Uno de los argumentos más importantes del artículo es la necesidad de entender claramente los límites profesionales. La autora advierte que apoyar emocionalmente a un niño o a una familia no significa asumir responsabilidades terapéuticas ni intentar resolver problemas psicológicos complejos. El papel del bibliotecario consiste más bien en generar espacios donde las personas se sientan escuchadas, respetadas y seguras. En situaciones difíciles, el profesional debe saber acompañar desde la empatía, pero también reconocer cuándo es necesario derivar la situación a trabajadores sociales, orientadores o profesionales sanitarios capacitados para intervenir de manera adecuada.

El texto ofrece estrategias concretas para incorporar este enfoque en la programación bibliotecaria. Entre ellas destaca el diseño de actividades que fomenten la expresión emocional y la autorregulación, como sesiones de lectura en voz alta centradas en emociones, actividades creativas relacionadas con la expresión de sentimientos, espacios tranquilos para reducir la sobreestimulación sensorial, dinámicas cooperativas o programas que promuevan habilidades socioemocionales como la empatía, la escucha activa y la resolución pacífica de conflictos. La biblioteca deja así de ser únicamente un espacio de préstamo o consulta para convertirse en un entorno que favorece el desarrollo integral de la persona.

Otro aspecto fundamental es la importancia de la observación y la sensibilidad profesional. La autora explica que los bibliotecarios trabajan con frecuencia con niños que llegan a las actividades con situaciones familiares complejas, estrés escolar, dificultades conductuales o necesidades emocionales que pueden manifestarse durante un taller o una actividad grupal. Frente a ello, se propone desarrollar una actitud basada en la paciencia, la flexibilidad y la capacidad de adaptar las dinámicas cuando un participante necesita más tiempo, contención o un trato diferenciado. No se trata de diagnosticar ni interpretar conductas, sino de responder de manera humana y respetuosa a las necesidades del momento.

También se insiste en la importancia de cuidar al propio personal bibliotecario. La creciente dimensión social y emocional del trabajo en bibliotecas ha incrementado lo que se conoce como trabajo emocional: el esfuerzo constante que realizan los profesionales al gestionar no solo información y servicios, sino también relaciones humanas complejas. Esta realidad puede generar desgaste, fatiga emocional e incluso agotamiento profesional si las instituciones no reconocen estas nuevas exigencias laborales. Por ello, la autora subraya la necesidad de establecer límites claros, fomentar el autocuidado y ofrecer formación específica para que el personal pueda gestionar estas situaciones sin asumir cargas que excedan sus competencias.

El texto refleja una transformación profunda del papel social de las bibliotecas en el siglo XXI. Las bibliotecas aparecen como infraestructuras comunitarias donde el acceso a la información convive con nuevas funciones relacionadas con la inclusión social, la educación emocional y el bienestar colectivo. El mensaje final es que los bibliotecarios no necesitan ser terapeutas para contribuir positivamente a la salud emocional de sus comunidades: basta con diseñar espacios seguros, ejercer una escucha empática, actuar con sensibilidad y comprender que, en muchos casos, una experiencia bibliotecaria respetuosa y acogedora puede convertirse en un importante factor de apoyo emocional para quienes la necesitan.

La biblioteca más allá de la biblioteca: reformulando la propuesta de valor de la biblioteca para lograr visibilidad e impacto.

Lavoie, Brian y Rebecca Bryant. The Library Beyond the Library. Hanging Together (OCLC Research Blog), 5 de junio de 2024. Proyecto ampliado posteriormente en el informe de OCLC Research – The Library Beyond the Library (abril de 2026)

Texto completo

Durante décadas, las bibliotecas universitarias han desempeñado un papel claramente definido dentro de las universidades: gestionar colecciones físicas y digitales, organizar recursos documentales y facilitar el acceso a información adquirida externamente para estudiantes, docentes e investigadores. Este modelo tradicional, centrado en la gestión de colecciones y servicios bibliográficos, permitió que las bibliotecas funcionaran de forma relativamente autónoma, siendo percibidas como espacios dedicados principalmente a custodiar conocimiento y proporcionar acceso a materiales académicos. Sin embargo, los profundos cambios experimentados por la investigación científica, la digitalización y las nuevas dinámicas institucionales han provocado una transformación sustancial de este paradigma.

El informe desarrollado por OCLC Research introduce el concepto “The Library Beyond the Library” (“La biblioteca más allá de la biblioteca”), una idea que refleja cómo las bibliotecas universitarias están expandiendo su radio de acción mucho más allá de sus funciones históricas. Ya no se limitan a administrar colecciones o proporcionar servicios de préstamo, sino que participan activamente en áreas estratégicas vinculadas al ecosistema global de investigación institucional. Esto incluye la gestión de datos científicos, repositorios institucionales, apoyo a políticas de ciencia abierta, análisis bibliométricos, visibilidad académica, gestión de perfiles de investigadores, preservación digital, apoyo a la publicación científica y desarrollo de infraestructuras de información para la toma de decisiones universitarias.

Uno de los hallazgos centrales del estudio es que esta evolución está obligando a las bibliotecas a establecer alianzas transversales con otras unidades universitarias. Servicios antes exclusivamente bibliotecarios ahora requieren colaboración con oficinas de investigación, departamentos de tecnologías de la información, unidades de innovación educativa, áreas de gestión institucional y oficinas dedicadas a la captación de fondos o al cumplimiento de políticas científicas internacionales. Estas colaboraciones generan nuevos modelos organizativos en los que la biblioteca deja de ser una unidad aislada para convertirse en una pieza integrada dentro de la infraestructura estratégica de la universidad. El conocimiento especializado de los bibliotecarios comienza así a insertarse en procesos institucionales mucho más amplios relacionados con la producción científica y la reputación académica.

Los investigadores Brian Lavoie y Rebecca Bryant subrayan que este cambio no consiste únicamente en ampliar servicios, sino en redefinir la propuesta de valor de la biblioteca. Tradicionalmente, el valor de la biblioteca se medía por indicadores visibles como número de préstamos, tamaño de la colección o afluencia de usuarios. En el nuevo escenario, buena parte del trabajo bibliotecario ocurre “detrás del escenario”, influyendo en procesos complejos que muchos actores universitarios no identifican inmediatamente como parte del trabajo bibliotecario. Esto genera un desafío importante: cuanto más estratégica se vuelve la biblioteca, más invisible puede parecer su contribución si no se comunica adecuadamente su impacto dentro de la institución. La percepción pública continúa asociando a menudo la biblioteca únicamente con libros, salas de estudio o acceso a recursos electrónicos, ignorando funciones emergentes de enorme relevancia institucional.

El estudio presenta varios casos concretos que ilustran esta transición. En la University of Manchester, por ejemplo, la biblioteca lidera una nueva oficina institucional dedicada a la investigación abierta, centralizando servicios que involucran a múltiples departamentos universitarios. En la Montana State University se creó una alianza de investigación donde unidades bibliotecarias y no bibliotecarias trabajan conjuntamente desde un mismo espacio operativo, posicionando a la biblioteca como nodo central del ecosistema investigador. En la University of Illinois Urbana-Champaign, la biblioteca administra sistemas institucionales de gestión de información científica financiados por el vicerrectorado de investigación, extendiendo su experiencia en metadatos hacia la construcción de infraestructuras que apoyan la planificación estratégica universitaria. Estos ejemplos muestran cómo la biblioteca puede asumir un rol de liderazgo en estructuras institucionales antes alejadas de su ámbito tradicional.

Otro concepto clave asociado al informe es el de interoperabilidad social, entendido como la capacidad de crear relaciones funcionales sostenibles entre personas, departamentos e instituciones distintas para facilitar colaboración efectiva. Las bibliotecas necesitan hoy no solo competencias técnicas en organización del conocimiento o gestión documental, sino también habilidades para negociar, coordinar proyectos interdisciplinarios, liderar redes institucionales y construir puentes entre comunidades académicas diversas. El bibliotecario contemporáneo evoluciona así hacia un perfil híbrido donde conviven capacidades tecnológicas, analíticas, comunicativas y estratégicas. La gestión de información sigue siendo central, pero ahora inserta dentro de un ecosistema mucho más interdependiente y colaborativo.

En última instancia, el informe advierte que las bibliotecas que no logren adaptarse a esta transformación corren el riesgo de perder relevancia institucional, recursos económicos e influencia dentro de sus organizaciones. A medida que universidades y centros de investigación priorizan productividad científica, ciencia abierta, colaboración interdisciplinaria y financiación competitiva, las bibliotecas deben demostrar de manera clara cómo contribuyen directamente a estos objetivos estratégicos. El futuro bibliotecario ya no depende únicamente de preservar colecciones o garantizar acceso a información, sino de posicionarse como un actor imprescindible dentro de la infraestructura intelectual y científica de la institución. “La biblioteca más allá de la biblioteca” representa precisamente esta transición: pasar de ser un espacio de servicios tradicionales a convertirse en un socio estratégico esencial para la creación, gestión y circulación del conocimiento en la universidad del siglo XXI.

Función de las bibliotecas en un contexto marcado por la expansión de la inteligencia artificial y la transformación radical de los ecosistemas informativos.

Library scene showing people using AI-driven digital interfaces for data access and learning
A modern library integrates artificial intelligence for advanced information access and digital learning.

Pressley, Lauren. What Libraries Actually Do. Publicado en el blog Libraries as Epistemic Institutions, 23 de marzo de 2026. Disponible en: Lauren Pressley – What Libraries Actually Do

Lauren Pressley plantea una reflexión profunda sobre la verdadera función de las bibliotecas en un contexto marcado por la expansión de la inteligencia artificial y la transformación radical de los ecosistemas informativos.

La autora parte de una idea central: uno de los mayores problemas a la hora de explicar el valor de las bibliotecas es que cada persona percibe una biblioteca de forma distinta según su experiencia y sus necesidades. Para un estudiante puede ser simplemente un lugar tranquilo donde estudiar; para un investigador, un sistema complejo que proporciona acceso a recursos especializados; para un profesor, una infraestructura invisible que sostiene gran parte del trabajo académico cotidiano. Esta diversidad de percepciones dificulta comunicar de manera clara qué hacen realmente las bibliotecas.

Pressley sostiene que históricamente las bibliotecas han sido descritas en términos demasiado reduccionistas, asociándolas casi exclusivamente con el acceso a la información: colecciones, préstamos, consultas o espacios físicos. Sin embargo, argumenta que esta visión resulta hoy insuficiente, especialmente en un mundo donde herramientas de inteligencia artificial permiten acceder instantáneamente a enormes volúmenes de información. En este nuevo escenario, centrarse únicamente en la idea de “dar acceso” puede llevar a pensar erróneamente que las bibliotecas han perdido relevancia. La autora considera que precisamente ocurre lo contrario: cuanto más abundante y automatizada es la información, más necesaria resulta la labor intelectual que las bibliotecas llevan décadas desarrollando.

Uno de los puntos fundamentales del texto es la distinción entre información y conocimiento. La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas rápidas, sintetizar contenidos y generar textos aparentemente coherentes, pero no produce conocimiento en sentido profundo. Transformar información en conocimiento exige contexto, interpretación, comprensión crítica y capacidad para evaluar la procedencia, calidad y fiabilidad de las fuentes. Según Pressley, este es precisamente el núcleo del trabajo bibliotecario: ayudar a las personas a entender cómo se produce el conocimiento, cómo se valida a través de procesos como la revisión por pares, cómo distinguir entre distintos tipos de publicaciones académicas y cómo evaluar si una fuente realmente sustenta una afirmación o una investigación.

La autora también critica la tendencia histórica de las bibliotecas a justificar su valor mediante métricas cuantitativas tradicionales: número de préstamos, visitas físicas, tamaño de las colecciones o consultas atendidas. Aunque estos indicadores fueron durante décadas la forma habitual de demostrar impacto institucional, Pressley argumenta que la inteligencia artificial obliga a replantear esas métricas. Cuando el acceso a la información deja de ser escaso, lo verdaderamente importante es destacar el papel de las bibliotecas como instituciones que sostienen la construcción colectiva del conocimiento, preservan la calidad del ecosistema informativo y enseñan a navegar críticamente entornos saturados de datos.

Otro eje esencial del artículo es la idea de que las bibliotecas constituyen una infraestructura epistemológica. Inspirándose en conceptos de la epistemología social desarrollados por Jesse H. Shera y Margaret Egan, Pressley sostiene que las bibliotecas no son simples depósitos de información, sino instituciones que organizan la manera en que las comunidades producen, validan, comparten y preservan el conocimiento. Su función consiste en mantener visibles elementos que la inteligencia artificial suele ocultar: la autoría, el contexto de producción del conocimiento, la trazabilidad de las ideas, la diversidad de perspectivas y las condiciones bajo las cuales una afirmación puede considerarse confiable.

En relación con ello, la autora advierte que los sistemas de inteligencia artificial generan respuestas con una apariencia de autoridad que puede resultar engañosa. Los modelos de lenguaje producen textos fluidos y convincentes, pero a menudo eliminan o difuminan el origen de la información utilizada. Esta ausencia de procedencia dificulta la verificación crítica y puede fomentar una aceptación acrítica de contenidos potencialmente erróneos. Frente a ello, las bibliotecas desempeñan un papel irremplazable enseñando competencias informacionales, promoviendo el pensamiento crítico y preservando los mecanismos de validación que sostienen la producción académica y científica.

Finalmente, Pressley concluye que el discurso que presenta a la inteligencia artificial como una amenaza que volverá obsoletas a las bibliotecas parte de una comprensión equivocada de lo que estas representan. Si se piensa que una biblioteca solo sirve para localizar información, entonces parecería que la IA puede sustituirla. Pero si se entiende que las bibliotecas son instituciones dedicadas a construir conocimiento confiable, preservar memoria cultural, garantizar transparencia en las fuentes y enseñar a evaluar críticamente la información, entonces la inteligencia artificial no reduce su importancia, sino que hace todavía más evidente su papel esencial dentro de la sociedad contemporánea.

El artículo termina proponiendo una reformulación profunda del relato institucional bibliotecario: las bibliotecas nunca han sido solamente espacios de acceso a información, sino estructuras fundamentales que sostienen las condiciones necesarias para que las sociedades puedan conocer, aprender y producir conocimiento de manera crítica y responsable. En la era de la inteligencia artificial, esa función se vuelve no secundaria, sino absolutamente central.

Toda la biblioteca es fundadora

«Toda la biblioteca es fundadora. Pero hay días en que uno querría deshacerse de los libros a carretilladas. Ya no tengo el valor de hacerlo. En otro tiempo dispuse de un vertedero doméstico, una trampilla que se abría en cada cocina de un edificio y que, por un conducto estrecho, enviaba los desechos a un cubo comunitario. Ese modo de ejecución rápida ha desaparecido hoy, por exigencias de higiene. Sin embargo, era tan práctico para despachar una brazada de libros: un gesto, y dos mil años de trabajo y de esperanzas caían de golpe seis pisos abajo, entre las cáscaras de cebolla».

Pierre Michon ‘Un aerolito en la cabeza’, 2014

Observatorio de inteligencia artificial en bibliotecas de América Latina – Informe 1° 2026

Gutiérrez, F. G. (2026). Observatorio de inteligencia artificial en bibliotecas de América Latina – Informe 1° 2026. Del Papel al Algoritmo – DPA Labs. https://doi.org/10.5281/zenodo.20585963

El informe “Observatorio de IA en Bibliotecas de América Latina (OLIAB)”, desarrollado por el proyecto Del Papel al Algoritmo (DPA Labs), constituye uno de los primeros intentos sistemáticos de medir el grado real de adopción de inteligencia artificial en bibliotecas latinoamericanas. Su propósito principal es establecer una línea de base regional durante el primer semestre de 2026, construyendo un panorama documentado sobre cómo las bibliotecas de América Latina están incorporando tecnologías de IA, qué usos concretos están implementando y cuáles son las limitaciones estructurales que impiden una adopción más equilibrada.

El hallazgo central del informe es contundente: la inteligencia artificial ya forma parte del ecosistema bibliotecario latinoamericano, pero su incorporación es profundamente desigual, fragmentaria y carece, en la mayoría de los casos, de estructuras de gobernanza institucional. Dicho de otra forma, existen múltiples iniciativas reales de experimentación y adopción, pero prácticamente no existen políticas institucionales sólidas relacionadas con privacidad, transparencia algorítmica, supervisión humana o evaluación de impacto.

El observatorio diseña además un índice propio denominado ILIAB (Índice Latinoamericano de IA en Bibliotecas) que clasifica el nivel de madurez institucional en cuatro niveles: incipiente, exploratoria, en consolidación y avanzada. Este índice no mide percepción sino evidencia pública verificable, lo que lo convierte en una herramienta metodológica particularmente rigurosa.

La región ya adoptó IA, pero de forma profundamente desigual

Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que desmonta cierta narrativa excesivamente optimista sobre la adopción global de inteligencia artificial en bibliotecas. Muchas publicaciones internacionales citan que el 67% de las bibliotecas del mundo exploran o implementan IA, dato procedente del informe Clarivate Pulse of the Library 2025. Sin embargo, OLIAB demuestra que este dato resulta metodológicamente engañoso para América Latina.

La razón es clara: la muestra global estaba compuesta por 2.032 respuestas procedentes de 109 países, pero el 77% pertenecía a bibliotecas académicas y el 46% provenía exclusivamente de Estados Unidos, por lo que no representa adecuadamente la realidad latinoamericana.

En contraste, el benchmark regional más sólido disponible analizó 222 bibliotecas distribuidas en 22 países latinoamericanos, concluyendo que la adopción regional sigue siendo limitada debido a tres barreras estructurales principales:

  • Falta de recursos financieros
  • Resistencia institucional al cambio
  • Insuficiencia de habilidades especializadas en IA

Países con mayor evidencia de implementación

El observatorio detecta que algunos países están avanzando más rápidamente en el uso institucional de IA dentro de bibliotecas.

Brasil aparece como el país con mayor volumen de evidencia pública documentada. Se destacan universidades como:

  • Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande do Sul (PUCRS) con guías sobre uso responsable de IA
  • Universidade Estadual de Campinas (UNICAMP), utilizando IA para comunicación institucional
  • Redes profesionales como FEBAB

México muestra actividad sostenida a través de:

  • Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
  • investigaciones sobre procesamiento del lenguaje natural aplicado a catalogación
  • desarrollo de sistemas inteligentes de búsqueda documental

Colombia destaca por experiencias públicas innovadoras:

  • BibloRed Bogotá con programas de alfabetización crítica en IA
  • Red de Bibliotecas de Medellín usando laboratorios con IA generativa
  • chatbot bibliotecario “Bibliobot” desarrollado en Uniremington

Perú, Chile, Ecuador y Argentina presentan iniciativas aisladas pero relevantes, especialmente en universidades y redes académicas.


El caso más avanzado: BIREME

El informe identifica un único caso regional que alcanza el nivel máximo del índice ILIAB (4/4):

BIREME

BIREME, organismo vinculado a la Pan American Health Organization y la World Health Organization, constituye el ejemplo más maduro de implementación regional.

Sus desarrollos incluyen:

  • DeCS Finder AI, sistema inteligente de sugerencia terminológica
  • Super Summaries, que ya cubre aproximadamente 60% de la base de datos LILACS
  • Sistemas FI-Admin e iAHx
  • Estrategia institucional 2023-2025 integrando modelos de lenguaje (LLM)

Es el único caso donde el observatorio detecta:

  • gobernanza documentada
  • evaluación parcial de impacto
  • infraestructura propia
  • alcance multinacional

Bibliotecas escolares: el gran vacío regional

Uno de los diagnósticos más preocupantes del informe es la situación de las bibliotecas escolares.

Entre las seis tipologías analizadas, las bibliotecas escolares obtienen el nivel más bajo posible:

ILIAB 1/4 (incipiente)

El observatorio concluye que no existe en ningún país latinoamericano una política pública específica que incorpore inteligencia artificial en bibliotecas escolares.

Las razones son principalmente estructurales:

  1. Infraestructura tecnológica insuficiente
  2. Ausencia de organismos coordinadores
  3. Prioridad presupuestaria en necesidades más básicas
  4. Falta de visibilidad institucional

La IA, concluye el informe, “llega última allí donde la infraestructura llega tarde”.


Ranking regional ILIAB

El índice ILIAB clasifica seis grandes tipologías bibliotecarias.

Tipo de bibliotecaNivel
Bibliotecas universitarias y académicas3/4
Bibliotecas de salud y científicas4/4
Bibliotecas públicas y comunitarias2/4
Bibliotecas nacionales y patrimoniales2/4
Bibliotecas parlamentarias y especializadas2/4
Bibliotecas escolares1/4

Las bibliotecas universitarias lideran en cantidad de proyectos, mientras que las bibliotecas especializadas en salud presentan la mayor madurez tecnológica.


El problema más grave: adopción sin gobernanza

Quizá la conclusión más importante del informe no es tecnológica sino institucional.

Las bibliotecas latinoamericanas están adoptando IA, pero casi ninguna ha desarrollado políticas formales sobre:

  • privacidad de datos de usuarios
  • sesgos algorítmicos
  • supervisión humana
  • trazabilidad de resultados
  • auditoría de errores
  • contratos equilibrados con proveedores externos

Esto genera un problema crítico: las decisiones estratégicas quedan en manos de empresas proveedoras, no de las instituciones bibliotecarias.

El informe resume esta situación con una frase muy potente:

“La gobernanza la definen los proveedores, no las instituciones.”


La gran brecha: formación profesional insuficiente

Otro hallazgo relevante es la escasez de formación especializada en IA para bibliotecarios.

El informe detecta que muchos profesionales están buscando capacitación fuera del propio sector bibliotecario.

Un ejemplo significativo:

En un curso organizado por CONICET participaron 91 personas, y aproximadamente 30% eran profesionales de la información, lo que indica una demanda formativa activa.

El problema es que la formación existente:

  • está fragmentada
  • depende de iniciativas aisladas
  • no tiene enfoque bibliotecológico
  • suele venir del sector tecnológico generalista

El observatorio reclama formación:

  • en español
  • accesible económicamente
  • con enfoque crítico
  • orientada específicamente al trabajo bibliotecario

Seis grandes conclusiones estratégicas

El informe formula seis lecturas críticas sobre el futuro de la IA en bibliotecas latinoamericanas.

1. La adopción está siendo capturada, no gobernada

Las instituciones implementan tecnología sin controlar realmente sus condiciones de uso.

2. Existen dos velocidades

Universidades avanzadas progresan rápidamente mientras bibliotecas públicas, rurales o escolares quedan rezagadas.

3. Se habla mucho de IA pero se mide poco

Existen congresos, seminarios y debates, pero casi nadie publica métricas reales de impacto.

4. La mediación humana sigue siendo insustituible

Las bibliotecas públicas están encontrando valor en enseñar pensamiento crítico frente a la IA más que en automatizar servicios.

5. El idioma es un problema político

Los grandes modelos lingüísticos están entrenados principalmente en inglés, lo que introduce sesgos contra contextos latinoamericanos.

6. El tiempo profesional es el recurso más escaso

La formación y adaptación a la IA exige tiempo que normalmente no está reconocido institucionalmente.


Datos clave extraídos del documento

Datos cuantitativos

  • 91 participantes en curso CAICYT-CONICET
  • 30% de participantes eran bibliotecarios
  • 222 bibliotecas estudiadas en benchmark regional
  • 22 países latinoamericanos analizados
  • 2.032 bibliotecas en encuesta global Clarivate
  • 77% de muestra global = bibliotecas académicas
  • 46% de muestra global = Estados Unidos
  • 67% de bibliotecas globales exploran IA (dato no extrapolable a América Latina)
  • 60% de base LILACS cubierta por Super Summaries de BIREME

Conclusiones

América Latina no enfrenta un problema de acceso a herramientas de inteligencia artificial en bibliotecas. El verdadero problema es la falta de capacidad institucional para gobernar, regular, evaluar y apropiarse críticamente de esa tecnología.

La IA ya llegó a las bibliotecas latinoamericanas, pero el desafío decisivo no será adoptarla, sino controlar las condiciones bajo las cuales esa adopción ocurre.

Marco de los programas de manualidades en bibliotecas: mejorar la salud mental a través de la creatividad

Woman painting an abstract canvas at a wooden table surrounded by art supplies and sketches
A woman paints a colorful abstract canvas in her well-lit art studio.

Durlofsky, P. (2026, 2 de mayo). Unlocking better mental health through creativity. Psychology Today. https://www.psychologytoday.com/us/blog/logged-in-and-stressed-out/202605/unlocking-better-mental-health-through-creativity

La creatividad puede convertirse en una herramienta accesible y eficaz para mejorar la salud mental. Parte de la idea de que las actividades creativas —como la escritura, la pintura, la música o cualquier forma de expresión artística— no son únicamente formas de ocio, sino también mecanismos psicológicos que ayudan a procesar emociones complejas. A través de la creación, las personas pueden dar forma a sentimientos que a menudo resultan difíciles de verbalizar, lo que facilita su comprensión y regulación emocional.

Uno de los aspectos centrales del texto es la relación entre la creatividad y la gestión del estrés. Se plantea que involucrarse en procesos creativos puede inducir estados de concentración profunda, similares al “flujo”, en los que la mente se aleja de las preocupaciones cotidianas y se enfoca en una tarea significativa. Este tipo de inmersión mental no solo reduce la rumiación, sino que también contribuye a una sensación de calma y bienestar subjetivo.

Asimismo, el artículo destaca que la creatividad no está reservada a artistas o profesionales del ámbito cultural, sino que es una capacidad inherente a todas las personas. Actividades cotidianas como cocinar de forma experimental, escribir un diario o incluso resolver problemas de manera innovadora pueden tener efectos positivos en el equilibrio emocional. Esta democratización de la creatividad refuerza la idea de que cuidar la salud mental puede integrarse fácilmente en la vida diaria sin necesidad de recursos especializados.

En el texto se subraya el potencial terapéutico de la creatividad como complemento a otros enfoques de salud mental. Aunque no sustituye tratamientos clínicos cuando son necesarios, sí puede actuar como un apoyo significativo en la reducción de la ansiedad, la mejora del estado de ánimo y el fortalecimiento de la resiliencia psicológica. En conjunto, el texto propone entender la creatividad no solo como una habilidad estética, sino como una forma de autocuidado emocional con impacto real en el bienestar psicológico.

El texto explica cómo la creatividad puede ser una herramienta accesible y eficaz para mejorar la salud mental en un contexto de vida acelerado y, a menudo, emocionalmente exigente. Frente a estrategias más conocidas como la terapia, el ejercicio físico o la atención plena, se destaca la creatividad como un recurso infravalorado que permite procesar emociones, reducir el estrés y recuperar sensaciones de propósito y bienestar. La autora refuerza esta idea desde la experiencia personal, al narrar su decisión de iniciar una clase de dibujo sin expectativas, mostrando cómo el acto creativo puede estar atravesado por inseguridades, pero también por la necesidad de reconexión con uno mismo.

Uno de los ejes principales del artículo es la importancia de abandonar el perfeccionismo. Se insiste en que la creatividad no debe entenderse como la producción de obras “perfectas”, sino como un espacio de expresión libre donde lo relevante es el proceso y no el resultado. A partir de ahí, se proponen prácticas sencillas como dedicar pequeños periodos de tiempo a actividades creativas sin juicio, lo que permite reducir la autoexigencia y favorecer un estado mental más relajado y abierto.

El texto también subraya la utilidad de la creatividad como vía para procesar emociones difíciles de verbalizar. Actividades como escribir, dibujar o escuchar música pueden ayudar a exteriorizar sentimientos complejos y a reorganizar pensamientos internos. Esta dimensión expresiva convierte la creatividad en un recurso terapéutico informal que facilita el autoconocimiento y la regulación emocional, especialmente cuando las palabras resultan insuficientes.

Además, se destaca el impacto negativo del consumo digital pasivo y cómo la creatividad puede actuar como contrapeso. Sustituir el desplazamiento constante en redes sociales por actividades creativas breves contribuye a recuperar la concentración y mejorar el bienestar mental. A esto se suma la dimensión social de la creatividad, ya que compartir procesos o productos creativos con otras personas fortalece los vínculos y reduce la sensación de aislamiento.

Cómo los bibliotecarios se convirtieron en el activo más valioso de Estados Unidos para la inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial

Bishop, Carley. 2024. How Librarians Became America’s Greatest Asset in WWII Intelligence. 1000 Libraries Magazine, 11 de noviembre de 2024. https://magazine.1000libraries.com/how-librarians-became-americas-greatest-asset-in-wwii-intelligence/

Durante la Segunda Guerra Mundial, los bibliotecarios estadounidenses desempeñaron un papel decisivo en la construcción del aparato de inteligencia del país. En un momento en el que Estados Unidos carecía de una estructura consolidada para el análisis sistemático de información global, el gobierno recurrió a profesionales con habilidades muy específicas en organización del conocimiento, catalogación y análisis documental. Esta necesidad se intensificó con la creación del Office of Strategic Services (OSS), antecedente de la CIA, que buscaba perfiles capaces de transformar grandes volúmenes de datos dispersos en inteligencia útil y operativa.

Uno de los núcleos más importantes de esta colaboración fue la Research and Analysis Branch del OSS, donde trabajaron numerosos bibliotecarios, archivistas y académicos. Su labor consistía en recopilar información procedente de fuentes abiertas —libros, periódicos, informes técnicos, revistas científicas, mapas y estadísticas económicas— para construir análisis detallados sobre los países implicados en la guerra. Su formación profesional, centrada en la clasificación y recuperación eficiente de información, se convirtió en una ventaja estratégica en un contexto en el que la “guerra de la información” era tan relevante como el conflicto militar directo.

El artículo subraya que estos profesionales no solo trabajaron en bibliotecas o centros de análisis en Estados Unidos, sino que muchos fueron enviados a Europa y otros territorios con misiones de campo. Allí debían localizar, copiar y preservar documentos clave, en muchos casos utilizando microfilm, una tecnología esencial para la época. También recuperaban publicaciones restringidas o censuradas en territorios ocupados, lo que permitía acceder a datos sobre infraestructuras, producción industrial, movimientos logísticos o estructuras políticas de los países enemigos. Esta labor combinaba investigación académica con prácticas propias del espionaje, aunque muchas veces se realizaba bajo la cobertura de actividades culturales o documentales.

El texto destaca asimismo la dimensión humana y de riesgo de estas operaciones. Algunos bibliotecarios trabajaron en condiciones de gran presión, con vigilancia constante y peligro de detención. Figuras como Adele Kibre simbolizan este perfil híbrido entre intelectual y agente de inteligencia, capaz de operar en entornos hostiles utilizando habilidades de análisis documental más que armamento o espionaje tradicional. Esta transformación del rol bibliotecario demuestra cómo la guerra amplió los límites de las profesiones vinculadas a la información.

El artículo destaca las consecuencias a largo plazo de esta colaboración entre bibliotecas e inteligencia militar. Tras la guerra, se reforzó la percepción de que la gestión de la información era un recurso estratégico para los Estados modernos. Esto contribuyó a una mayor inversión en bibliotecas, archivos y sistemas de documentación, y a la consolidación de disciplinas como la ciencia de la información. En este sentido, la experiencia de la Segunda Guerra Mundial no solo transformó el papel de los bibliotecarios, sino que ayudó a redefinir la importancia política y estratégica del conocimiento organizado en la sociedad contemporánea.

Las bibliotecas públicas exigen un modelo justo para los libros electrónicos

American Library Association (ALA). “Leading Public Library Groups Call for E-book Action.” American Library Association News, 26 de mayo de 2026. Disponible en: American Library Association (ALA)

Las principales organizaciones que representan a las bibliotecas públicas de Estados Unidos y Canadá han emitido una declaración conjunta reclamando cambios urgentes en los modelos de licencia y precios de los libros electrónicos. Entre las entidades firmantes se encuentran la Urban Libraries Council, la Public Library Association, la Canadian Urban Libraries Council, la Chief Officers of State Library Agencies y la Association for Rural & Small Libraries. Estas organizaciones sostienen que el crecimiento exponencial de la demanda de contenidos digitales está generando una presión financiera insostenible sobre las bibliotecas públicas.

El principal problema señalado es la diferencia entre la adquisición de libros impresos y la de libros electrónicos. Mientras que una biblioteca puede comprar un libro físico y prestarlo indefinidamente, los libros electrónicos suelen estar sujetos a licencias temporales o a límites de préstamos. Además, los precios que pagan las bibliotecas son considerablemente más altos que los que paga un consumidor individual. Según el comunicado, un lector puede adquirir un libro electrónico por unos 13 dólares, mientras que una biblioteca puede verse obligada a pagar 55 dólares o más por una licencia con una duración limitada.

El documento destaca que esta situación afecta directamente a la capacidad de las bibliotecas para garantizar un acceso equitativo a la lectura y al conocimiento. Las largas listas de espera para obtener títulos populares y el aumento constante de los costes dificultan que las bibliotecas cumplan su misión de promover la alfabetización, el aprendizaje permanente y el descubrimiento de nuevos autores. Los responsables de las organizaciones firmantes subrayan que las bibliotecas son actores fundamentales dentro del ecosistema editorial y que contribuyen significativamente a la difusión de obras y autores entre el público lector.

Como ejemplo de esta problemática, se menciona el caso de la novela Onyx Storm de Rebecca Yarros. Una biblioteca pública del condado de Jefferson destinó aproximadamente 3.300 dólares a la compra de 166 ejemplares impresos, mientras que gastó alrededor de 22.000 dólares en licencias de libros electrónicos del mismo título. Este caso ilustra cómo el acceso digital, lejos de reducir costes, puede representar una carga presupuestaria mucho mayor para las bibliotecas.

Las organizaciones firmantes no plantean una confrontación con editoriales y proveedores, sino una invitación al diálogo para desarrollar modelos sostenibles que beneficien a todas las partes implicadas. Reclaman precios más razonables, condiciones de préstamo más equilibradas y acuerdos que permitan a las bibliotecas seguir desempeñando su función social sin comprometer la viabilidad económica de sus servicios digitales. El objetivo final es garantizar que el acceso a los libros electrónicos y audiolibros siga siendo un derecho efectivo para todos los ciudadanos, independientemente de su capacidad económica o lugar de residencia.

El poder comunitario de los jardines solidarios en bibliotecas

Miller, Alyssa. “Sharing More Than Food Through the Giving Garden.” Association for Library Service to Children (ALSC) Blog, mayo de 2026. Disponible en: ALSC Blog

Se describe la experiencia de un Giving Garden o “jardín solidario”, una iniciativa vinculada a bibliotecas que combina el cultivo de alimentos con la educación, la participación ciudadana y el fortalecimiento de los vínculos comunitarios.

La autora explica que estos espacios no se limitan a producir frutas, verduras o hierbas para personas que enfrentan inseguridad alimentaria, sino que se convierten en auténticos centros de aprendizaje y convivencia. A través del trabajo compartido en el jardín, personas de distintas edades y procedencias colaboran en una actividad común que fomenta la solidaridad y el compromiso social.

Uno de los aspectos más destacados del proyecto es su dimensión educativa. Los jardines ofrecen a niños y jóvenes la oportunidad de aprender de manera práctica sobre agricultura, sostenibilidad ambiental, nutrición y procedencia de los alimentos. En una época en la que muchas personas están desconectadas de los procesos de producción alimentaria, estas iniciativas permiten comprender el esfuerzo necesario para cultivar alimentos y desarrollar una mayor conciencia sobre el desperdicio y el consumo responsable. Además, el aprendizaje se produce de forma experiencial, favoreciendo la curiosidad y el descubrimiento.

El artículo también pone de relieve el papel de las bibliotecas como agentes de transformación comunitaria. Tradicionalmente asociadas al acceso al conocimiento y a la lectura, las bibliotecas amplían su función al convertirse en espacios donde se promueven actividades relacionadas con la salud, la sostenibilidad y la cohesión social. El jardín se transforma así en una extensión de la misión educativa de la biblioteca, permitiendo que el aprendizaje salga de las salas de lectura y se materialice en experiencias prácticas y colaborativas.

Otro elemento importante es el impacto social del proyecto. Los alimentos cultivados son donados a bancos de alimentos, despensas comunitarias o familias necesitadas, contribuyendo a mejorar el acceso a productos frescos y saludables. Sin embargo, la autora insiste en que el verdadero valor del jardín va más allá de la producción agrícola. El proceso de cultivar juntos genera relaciones de confianza, crea oportunidades de voluntariado y fortalece el sentido de pertenencia a la comunidad. De este modo, el jardín produce simultáneamente alimentos y capital social.

Finalmente, el texto defiende que iniciativas como los Giving Gardens representan una forma innovadora de servicio bibliotecario. Al integrar educación ambiental, acción comunitaria y ayuda social, estos proyectos demuestran cómo las bibliotecas pueden responder a necesidades locales de manera creativa y significativa. Más que simples espacios de cultivo, los jardines solidarios se convierten en lugares donde florecen el aprendizaje, la cooperación y la responsabilidad compartida, reforzando el papel de la biblioteca como institución al servicio del bienestar colectivo.