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Imagen del bibliotecario en «Invisible» de Paul Auster

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Fragmento de la Novela «Invisble» de Paul Auster

«Un amigo acaba de marcharse de la ciudad a pasar el verano, y haces una solicitud para ocupar su puesto de ayudante en la Biblioteca Butler de la Universidad de Columbia. El salario no llega a la mitad de lo que gana tu hermana, pero te consuelas con la idea de que puedes ir andando al trabajo, lo que te evitará el suplicio de tener que meterte dos veces al día en un vagón de metro rebosante de sudorosos viajeros.

Te hacen una prueba antes de contratarte. La bibliotecaria titular te entrega un montón de fichas, unas ochenta o cien, quizás, cada una con el título de un libro, el nombre del autor, el año de publicación, y un número del sistema de clasificación decimal de Dewey que indica el estante y lugar en donde debe colocarse. La bibliotecaria es una mujer ceñuda de unos sesenta años, una tal señorita Greer, y ya parece recelar de ti, decidida a no transigir un ápice. Como acaba de conocerte y no puede saber cómo eres, te imaginas que desconfía de toda la gente joven –por cuestión de principios– y por tanto lo que ve en ti cuando te mira no eres tú, sino un guerrillero más en la lucha contra la autoridad, un indómito rebelde que no tiene ningún derecho a irrumpir en el santuario de su biblioteca para pedir trabajo. Ésa es la época en que vives, en la que vivís los dos. Te da instrucciones para que ordenes las fichas, y notas cómo ansía que te equivoques, lo contenta que se pondría rechazando tu solicitud, y como tú quieres conseguir el trabajo con las mismas ganas que ella tiene de no dártelo, te aseguras de no fallar. Quince minutos después, le entregas las fichas. Se sienta y se pone a examinarlas, una por una, una detrás de otra, de la primera a la última, y cuando vas viendo cómo la escéptica expresión de su rostro se disuelve en una especie de confusión, comprendes que lo has hecho bien. El rostro glacial esboza una tenue sonrisa. Dice: Nadie llega a hacerlo a la perfección. Es la primera vez que lo veo en treinta años.

Trabajas de diez de la mañana a cuatro de la tarde, de lunes a viernes. Acostumbras a llegar temprano, y entras en el vasto y pretencioso edificio neoclásico concebido por James Gamble Rogers con el almuerzo en una bolsa de papel marrón. Dejando aparte su pompa y solemnidad, el edificio nunca deja de impresionarte con sus volúmenes y grandiosidad, pero la palma de la idiotez, piensas, se la llevan, con el mayor de los bochornos, los nombres de los ilustres muertos cincelados en la fachada –Heródoto, Homero, Platón, junto con otros muchos–, y todas las mañanas te imaginas la diferente impresión que daría la biblioteca si estuviera decorada con otra serie de nombres: músicos de jazz, por ejemplo (Fats Waller, Charlie Parker, Benny Goodman), diosas del cine de los años cuarenta (Ingrid Bergman, Hedy Lamarr, Gene Tierney), poco conocidos y menos recordados jugadores de béisbol (Gus Zernial, Wayne Terwilliger, Clyde Kluttz), o, simplemente, los nombres de tus amigos. Y así empieza la jornada. Entras por la puerta principal, el pesado portón con sus brillantes accesorios de cobre, subes por la escalinata de mármol, echas un vistazo al retrato de Eisenhower (antiguo rector de la universidad, presidente luego del país durante tu infancia), y pasas a una pequeña sala a la derecha del mostrador central, en donde das los buenos días al señor Goines, tu jefe, un hombre menudo con gafas de búho y vientre prominente, que te indica el quehacer diario. En esencia, sólo hay dos tareas que realizar. O vuelves a colocar libros en los estantes o envías desde los pisos superiores al mostrador central las nuevas peticiones de libros con el montacargas. Cada trabajo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y todos pueden ser realizados por cualquiera que posea la capacidad mental de una mosca de la fruta.
Al poner los libros en las estanterías, debes comprobar y después confirmar que el número decimal Dewey del libro que estás colocando en el estante sea un punto superior al del volumen que está a su izquierda y un punto inferior al de su derecha. Los libros se cargan en un carrito de madera provisto de cuatro ruedas, entre cincuenta y cien por cada sesión de colocación, y mientras diriges tu pequeño vehículo por el laberinto de estanterías, te encuentras solo, sempiterna e interminablemente solo, porque el recinto está prohibido a todo aquel que no sea empleado de la biblioteca, y la única persona a la que ves alguna vez es a uno de tus compañeros auxiliares, atendiendo el mostrador frente al montacargas. Cada una de las diversas plantas es idéntica a todas las demás: un inmenso espacio sin ventanas repleto de sucesivas filas de altísimas estanterías metálicas de color gris, todas ellas llenas de libros hasta el límite de su capacidad, miles de volúmenes, decenas de miles, centenares de miles, un millón, y en ocasiones hasta tú, aficionado a los libros como el que más, te quedas anonadado, angustiado, incluso asqueado al considerar cuántos miles de millones, cuántos billones de palabras contienen esos libros. Todos los días te quedas aislado del mundo durante horas, habitando lo que has dado en denominar una burbuja sin aire, aunque debe haberlo porque estás respirando, pero es aire muerto, aire quieto durante siglos, y en ese ambiente sofocante muchas veces te sientes soñoliento, narcotizado hasta el letargo, y tratas de que no te venza el deseo de echarte a dormir en el suelo.

Sin embargo, en tus tareas de archivar libros a veces te encuentras con hallazgos inesperados, y la nube de aburrimiento que te envuelve se levanta momentáneamente. No es que estés especialmente a disgusto con tu trabajo en la biblioteca, pero a medida que pasa el tiempo y se van acumulando las horas, te resulta cada vez más difícil mantener la concentración en lo que estás haciendo, por mecánicas que puedan ser tus tareas. Una sensación de irrealidad te invade cada vez que pones el pie en ese recinto de silenciosas estanterías, la impresión de que no te encuentras realmente allí, de que estás atrapado en un cuerpo que ha dejado de pertenecerte. Y así sucede que una tarde, sólo dos semanas después de haber merecido el trabajo de ayudante con la única prueba perfecta en los anales de la biblioteca, al encontrarte en un pasillo de historia medieval alemana realizando otra incursión en las estanterías, te llevas un susto de muerte cuando alguien te da unos golpecitos en el hombro por detrás. Te vuelves instintivamente para encararte con la persona que te ha tocado –sin duda alguien que se ha colado de forma inadvertida en esa zona restringida para asaltar o robar a la primera víctima que pueda encontrar– y entonces, con gran alivio, ves al señor Goines, que te está mirando con una compungida expresión en el rostro. Sin decir palabra, alza la mano derecha, dobla el dedo índice en tu dirección, y con gesto impaciente, moviéndolo repetidas veces, te indica que vayas tras él. El hombrecillo echa a andar como un pato por el pasillo, tuerce a la derecha al llegar al corredor, pasa por una fila de estanterías, luego por otra, y vuelve a desviarse a la derecha por un pasillo de historia medieval francesa. Has estado allí con el carro no hace ni veinte minutos, colocando varios libros sobre la vida cotidiana en la Normandía del siglo X, y efectivamente el señor Goines va derecho al sitio en que has estado trabajando. Señala el estante y dice: Fíjate en esto, de modo que te agachas y miras. Al principio no observas nada fuera de lo corriente, pero entonces el señor Goines saca dos libros de la estantería, dos volúmenes separados por una distancia de unos treinta centímetros, con otros tres o cuatro libros entre medias. Tu jefe te pone los dos libros cerca de la cara, indicándote claramente que quiere que leas el número decimal Dewey pegado en el lomo, y sólo entonces te das cuenta de tu error. Has invertido la colocación de los volúmenes, poniendo el primero en el lugar del segundo y dejando el segundo en donde debía estar el primero. Por favor, dice el señor Goines, con voz un tanto desdeñosa, no lo vuelvas a hacer. Si un libro se coloca donde no le corresponde, puede estar perdido durante veinte años o más, quizá para siempre.

Es un asunto de poca importancia, quizás, pero te sientes humillado por tu negligencia. No es que los dos libros en cuestión fueran a perderse (se encontraban en el mismo estante, al fin y al cabo, a sólo unos centímetros uno de otro), pero entiendes lo que el señor Goines trata de decir, y aunque te irrita el tono condescendiente que adopta contigo, te disculpas y prometes prestar más atención en el futuro. Piensas: ¡Veinte años! ¡Para siempre! Esa idea te deja pasmado. Pon algo donde no le corresponde, y aunque siga estando ahí –prácticamente delante de tus narices– puede desaparecer hasta el fin de los tiempos.

Vuelves al carro y sigues colocando libros de historia medieval alemana. Hasta ahora no has sabido que te estaban espiando. Eso te deja mal sabor de boca, y te dices que debes tener cuidado, mantenerte alerta, no dar nunca nada por sentado, ni siquiera en el afable y soporífero recinto de una biblioteca universitaria.

Las expediciones a las estanterías consumen aproximadamente media jornada. Pasas la otra mitad sentado detrás de un pequeño escritorio en los pisos superiores, esperando que de las entrañas del edificio surja un tubo neumático con una papeleta de préstamo que te ordena buscar este o aquel libro para el estudiante o profesor que acaba de pedirlo abajo.»

La casa estaba llena de libros

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«Gracias al tío amante de la lectura, la casa estaba llena de libros que se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable y se reproducían en el secreto de la noche. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas; así, leí al Marqués de Sade a los nueve años, pero sus textos eran demasiados avanzados para mi edad, ya que el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales»

«Amor» de Isabel Allende

Encuentro casual leyendo el mismo libro

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“Se llama Pilar Sanchez y la conoció seis meses atrás en un parque, un encuentro puramente casual a última hora de la tarde de un día de mediados de mayo, el encuentro más inverosímil que quepa imaginar. Ella sentada en el césped, leyendo un libro, y él también sobre la hierba con otro libro en la mano, que por casualidad era el mismo que ella tenía, en la misma edición de bolsillo, con idéntica portada, El gran Gatsby, que él leía por tercera vez desde que su padre se lo regaló al cumplir dieciséis años. Llevaba allí veinte o treinta minutos, enfrascado en la lectura y por tanto ajeno a todo lo que le rodeaba, cuando oyó que alguien reía. Se volvió y, en aquella primera y fatal visión, mientras ella le sonreía allí sentada señalando el título de su libro, él calculó que aún no había cumplido los dieciséis, sólo una niña, en realidad, y de poca estatura además, una adolescente menuda que llevaba vaqueros muy cortos y ajustados, sandalias y una brevísima camiseta, el mismo atuendo de cualquier otra chica medianamente atractiva de la parte baja de aquella Florida destellante de sol. Casi una criatura, se dijo, y sin embargo ahí estaba con los tersos miembros desnudos y un rostro despierto y sonriente, y él, que rara vez sonríe a nada o a nadie, la miró a los ojos negros y vivaces y le devolvió la sonrisa.”

“Sunset Park” de Paul Auster

 

Dewey Decimal and the Librarians

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Dewey Decimal and the Librarians era una banda de pop de St Paul en Minesota que se formó en el año 1963, poco más se sabe de esta banda que grabó un disco en el aó 1963-64 y poco después desapareció. Afortunadamente hay un vídeo de la banda tocando ‘Winkin, Cegaton y Nod «en el 25 aniversario del curso del 1964 en Macalester College.

Los miembros de la banda era Dave Howard (bass vocals), Pete Malen (tenor vocals), Bob Stimson (guitar, banjo, baritone vocals), Don McKenzie (guitar, baritone vocals), Bruce Norback (bass), Dave Bloom (bass), Dave Campbell (drums)

Dewey Decimal and the Librarians. «Daddy Roll ‘Em»

 

 

 

 

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’

 

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«¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida».

Fragmento del discurso de Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuentevaqueros (septiembre de 1931).

Perfume para libros electrónicos

 

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Smell of Books

Smell of Books

Una de las cosas que frecuentemente se dicen de los libros electrónicos por parte de aquellas personas más afines a los formatos impresos, es que se pierde esa  sensación material del libro, el tacto y el olor. Hace ya unos años apareció esta noticia donde una empresa denominada «Smell of Books» había ideado unas fragancias para que tuvieramso lo mejor de ambos mundo, la ventaja de lo digital y el olor que tiene un libro. La empresa anunciaba este producto como

 «¿No lees libros electrónicos porque les falta el olor? ¿Su Kindle deja la sensación que hay algo que falta en su experiencia de lectura? Si eres reacio a leer en un dispositivo de lectura electrónico no estás solo… amantes de los libros de todo el mundo se han resistido a los libros digitales, ya que todavía no pueden llegar a compararse con la experiencia de leer un buen libro de papel antiguo. Pero todo esto está cambiando gracias «Smell of Books» ™, un nuevo y revolucionario aerosol  potenciador del olor de los libros electrónicos. Por fin puedes disfrutar de la lectura de libros electrónicos, sin renunciar al olor que tanto amas. Con «Smell of Books» puedes tener lo mejor de ambos mundos, las ventajas de leer en un libro electrónico y el olor de su libro de papel favorito.»Smell of Books» es compatible con una amplia gama de dispositivos de lectura electrónica y formatos de libros electrónicos y es 100% compatible con DRM. Ya puede leer sus libros electrónicos en un Kindle, Tablet o teléfono inteligente utilizando su aplicación favorita de lectura, «Smell of Books»

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Además proponía diversos olores

Classic Musty Scent (‘Clásica fragancia a moho’): Para los que extrañan la agradable sensación de estornudar a cada vuelta de página. Literalmente “es como tener las obras completas de Shakespeare en una lata”. No apto para alérgicos.

Crunchy Bacon Scent (‘Fragancia a bacon crujiente’): “Una alternativa baja en colesterol para la lectura durante el desayuno”. No recomendada para vegetarianos. Además nos advierten que no está aceptada por la ley judía (nokosher).

Eau, You Have Cats (‘Fragancia, Usted tiene gatos’): Diseñada a partir del aroma concentrado de 20.000 libros de segunda mano. Para los que aman los libros y los animales por igual: “como tomar prestado un libro de la casa de la abuela”. Eso sí, para uso en lugares bien ventilados y, ojo, porque los gatos macho pueden reaccionar mal.

New Book Smell (‘Olor a libro nuevo’): Para los que disfrutan con el olor a libro recién salido de la imprenta, es decir, fragancia de papel, tinta y pegamento. Menos mal que nos advierten de que inhalar pegamento puede producir mareos y otros efectos secundaros…

Scent of Sensibility (‘Fragancia a sensibilidad’): ¿Eres un apasionado o, mejor, apasionada de las novelas de Jane Austen? Pues ésta es tu fragancia (especialmente dirigida a mujeres): una brisa con olor a violetas, caballos y popurrí. Para sentarse a leer junto al fuego con una taza de té caliente. Atentos a las recomendaciones de uso: para libros femeninos de ficción, no debe utilizarse con libros de no ficción como los de James Bond o Hunter S. Thompson.

Evidentemente esto era una broma «Un fake», pero lejos de esto lo que si es una realidad es el dispositivo Smell-o-phone diseñado por David Edwards, un profesor de la Universidad de Harvard que conecta olores y canciones para libros  digitales.  El artilugio de su compañía «oPhone» contiene todas las fichas de olor destinados a ser mezclado hasta que coincida con el olor específico indicado por el archivo del libro. Para que esto funcione el eBook viene con «etiquetas de olor», y siempre y cuando se está accediendo a los archivos en un dispositivo inteligente conectado al oPhone, el artefacto puede desprender los olores indicados por esas etiquetas (por ejemplo el aroma de las frutas o flores) Es sin duda un gadget de nicho, pero tiene cierto atractivo seriamente futurista.

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Su otra esposa: Una película sobre la profesión de documentalista

Su otra esposa. (1957) Género: Comedia – Nacionalidad: USA – Director: Walter Lang- Actores: Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Tit. Orriginal Desk set

Una película sobre la profesión de documentalista

Argumento: En un importante canal de televisión se ha puesto en marcha un plan de informatización al servicio de documentación, cuya responsable es la señorita Bunny, una mujer eficaz que de forma manual es capaz de memorizar y obtener cualquier tipo de información que se le solicite. El encargado de modernizar el sistema es el ingeniero Richard Summer, un hombre de fuerte personalidad que infravalora el sistema antiguo de Bunny, resaltando los valores del ordenador.

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Literatura y fútbol

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Díaz Zuluaga, L. A. (2014). [e-Book] Literatura y fútbol: otros horizontes de la literatura en España e Hispanoamérica. Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Filologia Espanyola, 2014.

Texto completo

 «Los grandes países futbolísticos son aquellos que tienen un gran discurso literario»

Santiago Segurola

«El máximo goleador es el mejor poeta del año».

Pier Paolo Pasolini

“Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.

Albert Camus

 

Esta tesis se plantea analizar y ofrecer una vía de estudio que permita entender que la relación entre la literatura y el fútbol en el ámbito hispano plantea una unión entre la palabra y la pelota, es decir, entre el hombre y sus significados y el mundo y su condición de objeto. Hoy en día se habla de literatura y fútbol con la intención de delimitar este campo de trabajo que parece nuevo, pero que lleva más de 80 años latente en el mundo hispano, como queda demostrado en este trabajo. Por tanto, la literatura sobre fútbol permite tener una mirada tanto colectiva como individual de ese grupo de sujetos que se reúnen en torno a una pelota de fútbol, dando testimonio de la manera por medio de la cual acceden al mundo: jugándolo o viéndolo. Por consiguiente, la literatura sobre fútbol saca al deporte del césped y lo a pone a circular junto con otros artefactos culturales dentro del mundo, de modo que el hombre siempre tenga al alcance de su mano sus orígenes, su pasado, su presente y su futuro, pero sobre todo, a sí mismo. De este manera se explica el porqué se escriben cuentos, novelas y poemas sobre fútbol teniendo a mano los argumentos teóricos de Hans Ulrich Gumbrecht en Elogio de la belleza atlética y Producción de presencia así como el libro Homo ludens de Johan Huizinga. Y es que más allá de un ejercicio de significación o de argumentación a favor de un elemento deportivo, la literatura sobre fútbol es el resultado de un interés común que pretende descifrar las claves simbólicas del porqué adoptamos como una forma de vida un deporte que siendo ten sencillo y elemental, condiciona la gran mayoría de motores sociales y culturales alrededor del mundo entero. Una posible hipótesis podría ser que efectivamente se escriben cuentos, novelas y poemas sobre fútbol, entre otras muchas razones, debido a que allí se encuentran protegidos los elementos fundacionales que representan y simbolizan la identidad de un grupo humano que exige ser nombrado. Lo oral, lo colectivo, lo histórico, lo corporal, lo popular y la manera como se bautiza un acontecimiento hasta ahora insuficiente a la hora de abordar al individuo contemporáneo. Por eso la literatura sobre fútbol revisa igualmente las conductas, los comportamientos y los procesos sociales que han experimentado nuestras sociedades, y lo hace a la luz del fútbol y de su capacidad de convocatoria, ofreciendo la posibilidad de entender esos procesos y esos cambios sociales desde una perspectiva puramente simbólica y de significado, y desde una realidad puramente material y corporal. Es decir, por medio de la literatura sobre fútbol se pueden reconocer y representar los elementos transgresores de una dictadura al tiempo que se descubre el impacto y la fascinación por la libertad que tiene un futbolista corriendo por el césped con una pelota en los pies. Así pues, la novela, el cuento o el poema sobre fútbol le ofrece al lector la posibilidad de reconocer la narrativa, la épica, la comedia y el drama que se esconde tras el juego, ya que es necesario abordar la figura del futbolista y el porqué de su deseo de gloria. Igualmente, en la literatura sobre fútbol en el ámbito hispano están las claves por medio de las cuales es posible reconocer y entender las nuevas rutas de creación hacia las cuales se está encaminando nuestro lenguaje