Archivo de la categoría: Bibliotecas

La IA ayuda a visibilizar colecciones digitales ocultas

Clarivate. “Responsible AI in Digital Collections: Part 1. How AI Helps Reveal Hidden Digital Collections”. Clarivate, 17 de agosto de 2026.

Se plantea un cambio interesante en la concepción de la digitalización bibliotecaria: el objetivo ya no debería limitarse a convertir documentos físicos en archivos digitales y ponerlos en línea, sino conseguir que todo el conocimiento contenido en ellos pueda ser descubierto y relacionado. La IA puede actuar como una herramienta de enriquecimiento de metadatos capaz de sacar a la luz conexiones que permanecían invisibles, mejorar la recuperación de información y facilitar nuevas formas de investigación. El reto para las bibliotecas será desarrollar estos sistemas de manera responsable, manteniendo al bibliotecario y al archivero en el centro del proceso de validación y descripción

Las bibliotecas, archivos e instituciones de patrimonio cultural han realizado durante años importantes inversiones en digitalización de fotografías, manuscritos, periódicos, grabaciones audiovisuales y documentos históricos. Sin embargo, digitalizar una colección no garantiza que sus contenidos sean fácilmente localizables. El artículo señala que una parte importante del conocimiento contenido en estos fondos permanece «oculto» porque no aparece reflejado en los metadatos. Una fotografía puede contener personajes relevantes cuyos nombres no figuran en su descripción, mientras que un manuscrito puede mencionar personas, lugares, organizaciones o acontecimientos que tampoco han sido identificados documentalmente.

En este contexto, la inteligencia artificial puede utilizarse para enriquecer automáticamente los metadatos y mejorar las posibilidades de descubrimiento. Una de las aplicaciones destacadas es la extracción de entidades, mediante la cual los sistemas de IA identifican en los contenidos elementos significativos como personas, lugares y organizaciones. En lugar de obligar al personal bibliotecario o archivístico a revisar manualmente cada documento para localizar estas entidades, la IA genera propuestas que posteriormente son examinadas, corregidas o rechazadas por los profesionales. De este modo, se pretende combinar la capacidad de procesamiento de grandes volúmenes de información de la IA con el conocimiento especializado y el control de calidad de los bibliotecarios y archiveros.

El beneficio más importante, por tanto, no sería únicamente ahorrar tiempo en la catalogación, sino transformar la manera en que los usuarios descubren las colecciones. Un investigador podría encontrar materiales relacionados con una determinada persona, institución o lugar aunque esos elementos no hubieran sido incluidos originalmente en los registros bibliográficos. La extracción y vinculación de entidades permite establecer relaciones entre diferentes documentos y colecciones, ofreciendo un contexto más rico y abriendo nuevas vías de investigación que resultarían difíciles de encontrar mediante una búsqueda tradicional basada exclusivamente en palabras clave.

El artículo insiste además en la importancia de un enfoque de IA responsable y supervisada por profesionales. Las sugerencias generadas automáticamente no deberían incorporarse sin control a los registros: los bibliotecarios y archiveros mantienen la capacidad de aceptar, modificar o rechazar las entidades y metadatos propuestos. Esta supervisión permite aprovechar la automatización sin renunciar a la precisión, la normalización y el criterio profesional. En el caso presentado de la University of Texas at Dallas Libraries, la herramienta de IA detecta personas, objetos y lugares en los archivos digitales y propone su vinculación con entidades de vocabularios controlados, dejando la decisión final en manos de los especialistas en metadatos.

Las bibliotecas públicas de EE. UU. tienen más recursos, pero pierden usuarios y circulación física

EveryLibrary Institute. New Freckle Project Report Examines 15 Years of Public Library Use. 7 de septiembre de 2026. Informe del Freckle Project, “15 Years of IMLS Figures”, elaborado a partir de estadísticas del Institute of Museum and Library Services (IMLS), 2010-2024 https://www.everylibraryinstitute.org/freckle_report_2026_15_years_public_library_use

Informe

El nuevo informe del Freckle Project, dirigido por el investigador Tim Coates y difundido por el EveryLibrary Institute, analiza quince años de estadísticas de las bibliotecas públicas estadounidenses, desde 2010 hasta 2024. Los datos muestran una paradoja especialmente relevante: las bibliotecas disponen actualmente de más instalaciones, más personal y mayores niveles de financiación que al comienzo del periodo, pero algunos de los principales indicadores de utilización física han descendido de manera considerable.

En 2024 Estados Unidos contaba con 17.580 instalaciones bibliotecarias y 147.289 empleados, mientras que las bibliotecas públicas recibieron cerca de 18.000 millones de dólares para gastos operativos y otros 1.600 millones para inversiones de capital.

El contraste resulta especialmente evidente en las visitas y los préstamos. Las visitas anuales a las bibliotecas públicas pasaron de aproximadamente 1.570 millones en 2010 a 869 millones en 2024, lo que supone una reducción cercana al 45 %. La circulación total también descendió, desde unos 2.470 millones de documentos hasta 1.710 millones durante el mismo periodo. El informe identifica además una caída particularmente pronunciada de la circulación física de materiales para adultos: una vez descontadas las circulaciones electrónicas y las correspondientes a la colección infantil, Coates estima que esta categoría se redujo alrededor de un 68 % entre 2010 y 2024.

A partir de estos datos, el informe plantea una cuestión de fondo sobre la estrategia de las bibliotecas públicas: no basta con preguntarse qué materiales se prestan, sino también cuáles no se prestan porque la biblioteca no los tiene. Coates propone revisar las colecciones físicas de manera mucho más detallada para comprobar si contienen los temas, autores, clásicos, obras de fondo y títulos de no ficción práctica que buscan los lectores. También señala la necesidad de identificar colecciones envejecidas o poco relevantes que puedan estar ocupando espacio en detrimento de materiales con mayor potencial de uso.

La propuesta implica recuperar la colección física y la experiencia de descubrimiento como elementos centrales del servicio bibliotecario. El informe recomienda analizar la circulación biblioteca por biblioteca y estantería por estantería, reforzar las colecciones básicas, mejorar la señalización y la presentación de los fondos y crear espacios que favorezcan la exploración y la lectura. En este sentido, el estudio no interpreta necesariamente la caída de la circulación como una pérdida de interés por la lectura, sino que plantea que las propias bibliotecas deben investigar hasta qué punto sus colecciones, su organización y la forma en que presentan los materiales responden a las necesidades actuales de sus comunidades.

En definitiva, el informe plantea una paradoja que resulta muy pertinente para el debate bibliotecario actual: las bibliotecas estadounidenses cuentan con más recursos que nunca, pero sus indicadores tradicionales de uso físico han retrocedido notablemente. El reto que plantea Coates es convertir esa constatación en una oportunidad para revisar las colecciones, los espacios y los mecanismos de descubrimiento, preguntándose no solamente qué servicios ofrecen las bibliotecas, sino también si están ofreciendo aquello que los usuarios realmente quieren encontrar.

La magia de los clubes de lectura con Isabel Nieto Torres. Planeta Biblioteca 2026/09/07

La magia de los clubes de lectura con Isabel Nieto Torres.

Planeta Biblioteca 2026/09/07

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La entrevista a María Isabel Nieto Torres recorre su trayectoria como maestra y su profunda vinculación con la lectura y las bibliotecas escolares. Destaca su experiencia durante más de veinte años al frente de la biblioteca del Colegio Público Cuartillo, con más de 6.000 volúmenes y numerosas actividades de animación lectora. También aborda iniciativas como los cuentacuentos, el club de lectura para familias y los programas de creatividad literaria y escritura. Tras su jubilación, Isabel continúa promoviendo la lectura de forma altruista mediante clubes de lectura, encuentros con autores y rutas literarias. La entrevista refleja, en definitiva, cómo una experiencia profesional terminó convirtiéndose en una auténtica pasión y compromiso personal con la educación, los libros y la lectura.

La publicación científica entra en una nueva etapa: cuatro tendencias que marcarán el futuro

Laura Harvey y Chris Reid, The Scholarly Kitchen, 3 de septiembre de 2026, “A Year of Trends Beyond Scholarly Comms: What You Need to Know” https://scholarlykitchen.sspnet.org/2026/09/03/guest-post-a-year-of-trends-beyond-scholarly-comms-what-you-need-to-know/

La IA está transformando la comunicación científica, desde el modelo de negocio editorial hasta la forma de descubrir y consumir información académica. Los investigadores recurren cada vez más a herramientas de IA, lo que aumenta la importancia de metadatos, interoperabilidad, curación y descubribilidad. En un entorno de contenidos generados masivamente, la confianza, la calidad y la autoridad del conocimiento serán los principales valores diferenciales.

El artículo propone mirar la comunicación científica más allá de sus propias fronteras para entender hacia dónde se dirige. Su tesis es que los cambios que están experimentando los medios de comunicación, las empresas de datos, las plataformas digitales y la inteligencia artificial ofrecen pistas muy valiosas para los editores académicos. Los autores identifican cuatro grandes tendencias que deberían ocupar un lugar central en la estrategia de la publicación científica.

  1. El modelo de negocio está cambiando

La primera transformación afecta al propio concepto de negocio editorial. Los contenidos dejan de ser únicamente productos que se venden para convertirse también en datos y conocimiento que pueden integrarse en sistemas de IA.

Los autores señalan el ejemplo de compañías como Bloomberg, que ha evolucionado desde un modelo centrado fundamentalmente en publicaciones y suscripciones hacia el suministro de datos empresariales que pueden incorporarse directamente a los flujos de trabajo de sus clientes. También destacan los acuerdos entre medios de comunicación y empresas de IA para licenciar contenidos.

Para las editoriales científicas esto plantea una oportunidad: no limitarse a vender artículos, sino convertir el conocimiento editorializado y fiable en servicios que puedan utilizarse directamente dentro de los procesos de investigación.

La clave está en pasar del contenido como producto al conocimiento como infraestructura.

  1. La IA está cambiando el descubrimiento de información

La segunda gran tendencia es quizá la más importante para bibliotecas y servicios de información: el usuario está dejando de comenzar su búsqueda en las plataformas tradicionales.

Los investigadores utilizan cada vez más herramientas de IA como punto de partida para descubrir información científica. El artículo cita datos según los cuales el 84 % de los investigadores utiliza IA en su trabajo y un 62 % la emplea en actividades relacionadas con investigación o publicación. Además, un tercio de los investigadores estaría comenzando sus búsquedas de información directamente mediante IA.

Esto significa que el descubrimiento bibliográfico puede desplazarse desde Google Scholar, bases de datos, catálogos o las propias plataformas de los editores hacia interfaces conversacionales y agentes de IA.

El artículo resume el problema de una manera muy gráfica: los lectores se están convirtiendo también en máquinas, mientras que los editores ya no controlan necesariamente la «puerta de entrada» a sus contenidos.

Para las bibliotecas, esto refuerza enormemente la importancia de los metadatos, los identificadores persistentes, la interoperabilidad, la calidad de los datos y la procedencia de la información.

  1. En un mundo saturado de contenidos, la diferenciación y la comunidad serán fundamentales

Si producir contenido resulta cada vez más barato gracias a la IA, tener contenido ya no constituye por sí mismo una ventaja competitiva suficiente.

Los autores observan que medios como The Economist están apostando por tres elementos: diferenciación, relaciones directas con los usuarios y descubribilidad. Otros medios están construyendo su identidad alrededor de periodistas, expertos, newsletters, eventos, comunidades y redes sociales.

La extrapolación al ámbito académico es muy interesante: los investigadores, editores, consejos editoriales, sociedades científicas y comunidades académicas pueden convertirse en parte esencial del producto.

La publicación científica podría evolucionar así desde el modelo:

artículo → revista → plataforma

hacia:

conocimiento → experto → comunidad → experiencia de investigación.

  1. La confianza se convierte en el principal valor

La cuarta tendencia atraviesa todas las anteriores: la confianza.

En un entorno en el que la IA puede producir cantidades enormes de textos, imágenes, datos y contenidos aparentemente plausibles, el valor diferencial será saber qué merece confianza, quién lo ha producido, cómo se ha elaborado y qué controles ha superado.

Los autores relacionan esta cuestión con los recientes problemas de autoría y contenidos generados mediante IA. Las polémicas no afectan únicamente a la calidad del contenido: revelan problemas relacionados con integridad, transparencia, controles editoriales y responsabilidad.

Por eso, la curación adquiere un nuevo valor. En palabras de los autores, en un mundo con una cantidad creciente de contenidos, la curación se convierte en fundamental y la confianza pasa a ser un activo central.

¿Qué cambiará durante el próximo año?

Harvey y Reid anticipan que la tecnología continuará avanzando más rápido que la cultura, las leyes y las infraestructuras. También prevén que la competencia entre editoriales aumentará, que las comunidades tendrán un papel más importante y que los editores desarrollarán productos que conviertan sus contenidos en servicios de asesoramiento experto.

Además, la IA no solo generará manuscritos: se incorporará a diferentes fases del proceso de investigación y publicación, lo que obligará a revisar prácticas, políticas y criterios de evaluación.

Y hay una observación particularmente interesante: la gente seguirá leyendo, pero cambiarán el qué, el porqué y el cómo de la lectura académica. Los datos tradicionales de lectura tendrán que adaptarse a un escenario en el que parte del consumo de información se produce indirectamente a través de sistemas de IA.

La idea más importante para bibliotecas

El artículo permite extraer una conclusión especialmente relevante: la batalla por el conocimiento ya no se libra únicamente por tener acceso al contenido, sino por conseguir que ese contenido sea encontrado, interpretado, contextualizado y considerado fiable por humanos y máquinas.

Esto coloca en primer plano cuestiones tradicionalmente bibliotecarias —metadatos, autoridad, preservación, identificación, interoperabilidad, curación y alfabetización informacional— que adquieren ahora una importancia estratégica frente a la IA.

En definitiva, la IA no elimina el valor de la intermediación bibliotecaria y editorial; puede hacerlo más importante. La diferencia es que esa intermediación tendrá que funcionar tanto para el lector humano como para el nuevo consumidor de información: la máquina.

Por qué la IA hace que las bibliotecas académicas sean más esenciales, no menos

Bibliotecaria frente a pantalla con texto: POR QUÉ LA IA HACE QUE LAS BIBLIOTECAS ACADÉMICAS SEAN MÁS ESENCIALES, NO MENOS. GUÍA EXPERTA EN LA ERA DE LA INFORMACIÓN AUTOMATIZADA: Curación, Ética, Pensamiento Crítico y Acceso Equitativo.
Una bibliotecaria presenta cómo la inteligencia artificial refuerza el valor de las bibliotecas académicas.

Jiang, Jane. (1 de septiembre de 2026). The Human Layer: Why AI Makes Academic Libraries More Essential, Not Less. The Scholarly Kitchen, Society for Scholarly Publishing. Artículo original en The Scholarly Kitchen

La IA no hace innecesarias a las bibliotecas; hace más necesaria su función de intermediación, evaluación y construcción de confianza. Cuando obtener una respuesta es cada vez más fácil, lo verdaderamente valioso es saber si esa respuesta es correcta, de dónde procede y qué evidencias la sustentan. En este nuevo escenario, el bibliotecario deja de ser únicamente un facilitador del acceso a la información para convertirse, cada vez más, en mediador del conocimiento, formador en alfabetización informacional y en IA, y garante de una investigación basada en fuentes, criterio e integridad.

El artículo de Jane Jiang, directora de una biblioteca universitaria comunitaria de Nueva Jersey, sostiene que la expansión de la inteligencia artificial no reduce la importancia de las bibliotecas académicas, sino que refuerza el valor de su dimensión humana. La IA está modificando radicalmente la manera en que estudiantes e investigadores descubren, procesan y utilizan la información, pero precisamente porque las respuestas son cada vez más accesibles y convincentes se vuelve imprescindible contar con profesionales capaces de ayudar a evaluar su fiabilidad, contexto y procedencia. El futuro de las bibliotecas, según Jiang, no consiste en competir con la IA en aquello que hace bien, sino en ayudar a las comunidades universitarias a desenvolverse en un entorno en el que una parte creciente de la información es generada, resumida y distribuida por máquinas.

Uno de los principales cambios afecta al proceso de investigación. Muchos estudiantes ya no comienzan una investigación en el catálogo de la biblioteca, una base de datos o Google, sino directamente en herramientas de IA. La autora considera que esto puede tener aspectos positivos: la IA puede ayudar a generar ideas, aclarar conceptos, organizar un tema o superar la dificultad inicial de saber por dónde empezar. Sin embargo, el problema aparece cuando una respuesta aparentemente convincente se acepta sin comprobarla. Jiang relata el caso de una estudiante que, después de utilizar ChatGPT para comprender un tema y preparar el esquema de un trabajo, acudió a la biblioteca con una pregunta esencial: «¿Cómo sé que esto es realmente correcto?». Para la autora, esa pregunta resume precisamente la nueva función de los bibliotecarios: pasar de facilitar simplemente información a enseñar a evaluarla y verificarla.

En este contexto, el artículo defiende que la alfabetización en IA forma parte de la alfabetización informacional y no constituye una competencia completamente separada. Los estudiantes siempre han necesitado aprender de dónde procede una información, quién la produce, qué autoridad tiene, qué evidencias la respaldan y en qué contexto debe interpretarse. Ahora deben aplicar esas mismas capacidades también a los sistemas de inteligencia artificial que generan y entregan información. La IA puede producir un resumen perfectamente redactado o una lista aparentemente impecable de referencias, pero el aspecto fundamental es saber de dónde procede esa información, si las fuentes existen, si son pertinentes y si realmente sustentan las afirmaciones realizadas. Por ello, la biblioteca adquiere un papel cada vez más importante en la transición desde una cultura de acceso a la información hacia una cultura de juicio sobre la información.

Un apartado especialmente interesante se dedica a la alfabetización en citas. La autora recuerda que los problemas relacionados con las referencias bibliográficas son anteriores a ChatGPT: herramientas como Zotero o NoodleTools ya permitían automatizar buena parte de la elaboración de citas y bibliografías. Sin embargo, automatizar la forma no garantiza comprender el significado. Un estudiante puede generar una referencia perfectamente construida sin entender por qué es necesario reconocer la autoría, cómo se construye el conocimiento académico o cómo una investigación participa en una conversación científica más amplia. La IA generativa amplifica este problema porque puede producir en segundos citas, resúmenes, revisiones bibliográficas e incluso preguntas de investigación. El verdadero desafío no es, por tanto, conseguir una referencia formalmente correcta, sino desarrollar una comprensión profunda de la procedencia, atribución, transparencia e integridad del conocimiento.

El artículo aborda también la integridad académica y los límites de los detectores de IA. Jiang considera insuficiente plantear la cuestión exclusivamente en términos de «detectar» qué estudiantes han utilizado inteligencia artificial. Los sistemas de detección no garantizan resultados fiables y pueden producir falsos positivos, por lo que confiar únicamente en ellos puede generar nuevos problemas. La autora propone desplazar el centro de la discusión desde «¿cómo descubrimos si el estudiante utiliza IA?» hacia «¿cómo diseñamos actividades en las que el estudiante tenga que demostrar su pensamiento?». Esto implica valorar más los procesos de investigación, los borradores, las reflexiones, las conversaciones, las explicaciones y la transparencia sobre el uso de herramientas de IA. La integridad académica no desaparece con la IA, pero necesita ser repensada.

Las bibliotecas públicas estadounidenses, en el punto de mira: censura, presión política e intimidación

PEN America. Out of Circulation: Expanding Censorship in Public Libraries. Nueva York: PEN America, 1 de septiembre de 2026.

Informe original: Out of Circulation – PEN America

El informe sostiene que las bibliotecas públicas estadounidenses se encuentran ante una situación crítica debido al aumento de los intentos de censura, la presión política, los recortes presupuestarios y el acoso a los profesionales. Para PEN America, el problema ya no se limita a la retirada de determinados libros de las colecciones, sino que afecta al funcionamiento general de las bibliotecas como espacios públicos destinados a garantizar el acceso libre y plural a la información, las ideas y la cultura. La organización considera que estas presiones representan una amenaza para valores fundamentales como la libertad de expresión, la libertad individual y la igualdad.

Uno de los principales focos de preocupación es el incremento de las prohibiciones y restricciones de libros. Según los datos citados por PEN America, en 2025 el 51 % de los intentos de prohibición de libros documentados por la American Library Association se produjeron en bibliotecas públicas. Los títulos afectados están especialmente relacionados con cuestiones de orientación sexual, identidad de género, raza y racismo. El informe destaca que estas campañas suelen presentarse bajo argumentos relacionados con la protección de los menores o contra supuestos contenidos «sexualmente explícitos», pero considera que sus efectos recaen de manera desproporcionada sobre autores, personajes y comunidades históricamente marginadas.

PEN America advierte además de que la censura está adoptando formas más sofisticadas que la simple retirada de libros. Entre ellas se encuentran la obligación de trasladar determinados títulos a secciones destinadas a lectores de mayor edad, la colocación de etiquetas o advertencias, la retirada de libros de exposiciones y la prohibición o modificación de actividades bibliotecarias. Estas prácticas pueden reducir significativamente la visibilidad y accesibilidad de determinadas obras aunque formalmente permanezcan en la colección. El informe considera especialmente preocupante la reclasificación de libros infantiles y juveniles relacionados con cuestiones LGBTQ+, raza, género, salud o sexualidad, porque introduce barreras de acceso que pueden estigmatizar determinados contenidos.

Otro aspecto destacado es la interferencia política en la programación de las bibliotecas. PEN America documenta casos de cancelación o presión sobre horas del cuento, encuentros con autores y otras actividades cuando abordan cuestiones consideradas políticamente controvertidas. Entre los ejemplos aparecen actos relacionados con perspectivas palestinas o propalestinas y actividades vinculadas con la comunidad LGBTQ+. Las bibliotecas también han sufrido protestas y amenazas, incluidas amenazas de bomba, por organizar actividades como las conocidas Drag Story Hours. Para PEN America, estas presiones convierten la programación cultural de las bibliotecas en otro frente de la batalla por el control ideológico de los espacios públicos.

El informe dedica igualmente una atención especial a la transformación de los sistemas de gobierno de las bibliotecas. En distintos lugares se han producido cambios que, según PEN America, reducen la independencia de los órganos bibliotecarios y aumentan la capacidad de los gobiernos locales para intervenir directamente en la gestión y en las decisiones profesionales. El informe señala casos en los que se han modificado las competencias de los consejos bibliotecarios, se han sustituido miembros de estos órganos o incluso se han disuelto consejos después de que adoptaran decisiones contrarias a las demandas de grupos políticos. La organización considera que esta politización puede debilitar la autonomía profesional de los bibliotecarios y convertir las colecciones en objeto de intervención partidista.

A la presión sobre las colecciones y la gestión se suma una creciente presión económica mediante amenazas de retirada de financiación. PEN America documenta situaciones en las que gobiernos estatales o locales han condicionado la financiación pública al cumplimiento de determinadas políticas relacionadas con los libros y las colecciones. El informe también señala el conflicto en torno al Institute of Museum and Library Services (IMLS), cuya financiación federal ha sufrido importantes amenazas y recortes. Para PEN America, utilizar los recursos económicos como mecanismo de presión puede limitar la capacidad de las bibliotecas para defender su independencia y cumplir su misión pública.

Una de las partes más preocupantes del informe se refiere al acoso, las amenazas y la intimidación de los bibliotecarios. Los profesionales reciben ataques en redes sociales, llamadas telefónicas, insultos y amenazas en reuniones públicas y actos bibliotecarios. En algunos casos extremos se ha producido doxing, es decir, la publicación de información personal de los trabajadores con el objetivo de intimidarlos. PEN America recoge también situaciones de confrontación deliberada destinadas a ser grabadas y difundidas posteriormente en redes sociales. Todo ello genera un clima de inseguridad que puede afectar tanto a la vida profesional como personal de los bibliotecarios.

El informe advierte de que esta situación puede producir un fenómeno especialmente peligroso: la autocensura. Cuando un bibliotecario sabe que una decisión sobre una colección, una exposición o una actividad puede provocar una campaña de acoso, una amenaza de financiación o incluso consecuencias legales o laborales, puede terminar evitando determinados contenidos aunque sean relevantes para la comunidad. De este modo, la censura no necesita materializarse siempre en una prohibición formal: el miedo y la presión pueden conseguir que determinadas voces, autores o temas desaparezcan progresivamente de los espacios públicos.

El arte de cobrar más por las bases de datos científicas a universidades a través de las cláusulas de confidencialidad

Thornton, Joel y Curtis Brundy. (26 de febrero de 2025). Academic Databases and the Art of the Overcharge. Katina Magazine, sección Open Knowledge. Artículo original en Katina Magazine

El artículo analiza la falta de transparencia en los precios que las grandes empresas proveedoras de bases de datos académicas cobran a las bibliotecas universitarias. Los autores, Joel Thornton y Curtis Brundy, sostienen que editoriales y proveedores como Clarivate, Elsevier y la American Chemical Society pueden aplicar estrategias de discriminación de precios, cobrando cantidades diferentes a instituciones aparentemente comparables. El problema se ve agravado porque los contratos suelen incluir cláusulas de confidencialidad que impiden a las bibliotecas conocer cuánto pagan otras instituciones, generando una importante asimetría de información que favorece al proveedor durante las negociaciones.

Para demostrarlo, los autores recopilaron datos de precios de tres importantes recursos: Web of Science, Scopus y SciFinder, utilizando principalmente solicitudes de información pública realizadas a bibliotecas pertenecientes a la Association of Research Libraries, además de datos proporcionados directamente por algunas instituciones. El conjunto de datos permite comparar lo que distintas universidades pagan por estos productos y analizar si las diferencias pueden explicarse por factores objetivos como el número de estudiantes, el presupuesto de la biblioteca, la producción científica o el gasto en investigación. La conclusión general es que ninguno de estos factores explica suficientemente las enormes diferencias de precios.

En el caso de Web of Science, la comparación resulta especialmente complicada porque Clarivate comercializa diferentes productos y servicios que pueden aparecer agrupados en paquetes. Esta práctica de bundling dificulta saber cuánto cuesta realmente cada componente y hace mucho más difícil comparar instituciones. Los datos muestran diferencias muy importantes: por ejemplo, algunas universidades pagan varias veces más que otras por productos similares. Además, el precio por estudiante no guarda una relación estable con el tamaño de la universidad ni con el gasto total de la biblioteca, lo que cuestiona la idea de que exista una fórmula objetiva y transparente para determinar el coste de las licencias.

El análisis de Scopus, de Elsevier, ofrece resultados similares. Las diferencias de precio por estudiante son considerables y tampoco parecen explicarse por el presupuesto de las bibliotecas. Los autores encuentran además una relación inversa entre producción científica y precio por publicación: las instituciones con mayor producción investigadora tienden, en determinados casos, a pagar menos por publicación que instituciones con menor producción. Esto contradice la posible justificación de que los precios más elevados respondan simplemente a una mayor intensidad investigadora y refuerza la hipótesis de que el precio depende en buena medida de la disposición a pagar de cada institución.

Los resultados obtenidos para SciFinder, de la American Chemical Society, siguen el mismo patrón. Tampoco aquí el número de estudiantes ni el presupuesto bibliotecario explican adecuadamente las diferencias de precio. De nuevo, las instituciones con mayor producción científica pueden terminar pagando menos por artículo que otras con menor producción. Para los autores, estos resultados constituyen nuevas evidencias de que las diferencias de precio no responden necesariamente a criterios objetivos, sino a una estrategia comercial que permite al proveedor determinar cuánto está dispuesto a pagar cada cliente.

La parte más práctica del artículo explica qué pueden hacer las bibliotecas para cambiar esta situación. Thornton y Brundy recomiendan recopilar datos comparativos, conocer cuánto pagan instituciones similares y utilizar esa información como herramienta de negociación. Su propia experiencia demuestra que puede funcionar: Iowa State University utilizó los datos disponibles para demostrar que estaba pagando demasiado por SciFinder y consiguió negociar una reducción del 12,5 % del precio. También aconsejan exigir que los paquetes de Web of Science desglosen sus diferentes productos, revisar cuidadosamente las denominadas tasas tecnológicas y detectar cargos que otras instituciones no están pagando.

Además, el artículo plantea un problema estructural: las bibliotecas negocian en condiciones de desigualdad porque los proveedores controlan buena parte de la información sobre los precios. Los autores recuerdan que hace quince años la Association of Research Libraries ya recomendaba evitar acuerdos que impidieran compartir precios y condiciones, pero la situación continúa siendo difícil. Por ello, defienden que las bibliotecas reclamen la eliminación de las cláusulas de confidencialidad y compartan información sobre costes, contratos y condiciones. El conjunto de datos presentado es, según los propios autores, apenas una «linterna» que ilumina una pequeña parte de una habitación mucho más oscura: si las bibliotecas dispusieran de información sistemática sobre los precios, podrían negociar desde una posición mucho más fuerte.

La falta de transparencia en los precios de las bases de datos académicas puede debilitar enormemente la capacidad negociadora de las bibliotecas. Compartir precios y condiciones entre instituciones, eliminar las cláusulas de confidencialidad y utilizar datos comparativos puede convertirse en una herramienta fundamental para contener los costes de recursos esenciales como Web of Science, Scopus y SciFinder.

Cuando la IA hace los deberes de aprender

Malespina, Elissa. (1 de septiembre de 2026). If AI Is Feeding Students Their Subjects, We Are Doing It Wrong. The AI School Librarian, Substack.

Artículo original

La IA debe apoyar el pensamiento del estudiante, no sustituirlo, y complementar, nunca reemplazar, al profesor; su uso educativo plantea además quién decide qué información reciben los alumnos y qué perspectivas quedan fuera, convirtiéndose en una cuestión de poder, acceso al conocimiento y pluralidad informativa. En este contexto, la biblioteca y los bibliotecarios desempeñan un papel fundamental al enseñar a los estudiantes a buscar, evaluar, contrastar, cuestionar y utilizar críticamente la información.

Se plantea una crítica de fondo al uso de la inteligencia artificial en la educación a partir de una expresión utilizada por la secretaria de Educación de Estados Unidos, Linda McMahon, al describir el modelo educativo de Alpha School, en Austin: los estudiantes estarían «recibiendo» o «siendo alimentados» con sus asignaturas mediante sistemas informáticos. Para la autora, esta formulación revela un riesgo importante: convertir la educación en un proceso de entrega automatizada de contenidos, en el que el alumno se limita a recibir información seleccionada por un sistema. Malespina recuerda que aprender no consiste simplemente en recibir información, sino en formular preguntas, establecer conexiones, equivocarse, revisar las propias ideas, contrastar fuentes, argumentar y relacionarse con otras personas.

La autora no rechaza la utilización de la IA en las aulas, sino que establece una diferencia fundamental entre utilizarla para apoyar el pensamiento del estudiante y utilizarla para sustituirlo. Una herramienta de IA puede explicar nuevamente un concepto difícil, generar preguntas de investigación, adaptar la dificultad de los ejercicios, proporcionar retroalimentación o permitir que un estudiante contraste una respuesta con fuentes fiables. En estos casos, la tecnología puede potenciar el aprendizaje porque el alumno continúa realizando el trabajo intelectual. El problema aparece cuando la IA se convierte fundamentalmente en un mecanismo de consumo de contenidos, haciendo que el estudiante sea cada vez más un receptor y menos un investigador, creador y evaluador de información.

Otro de los argumentos centrales es que una IA educativa no equivale a un profesor humano. Aunque puede ofrecer explicaciones personalizadas, responder inmediatamente y adaptar el nivel de dificultad, carece de buena parte del conocimiento contextual y relacional que caracteriza a la enseñanza. El profesor puede detectar que un alumno ha perdido confianza, interpretar un error como síntoma de una concepción equivocada, saber cuándo debe insistir o cuándo necesita modificar completamente una actividad. Para Malespina, enseñar implica mucho más que proporcionar la explicación adecuada: implica relaciones humanas, criterio, contexto y conocimiento del estudiante concreto.

El artículo introduce además una cuestión especialmente relevante para las bibliotecas y la alfabetización informacional: quién decide qué información recibe el estudiante. Si los alumnos pasan buena parte de su jornada escolar aprendiendo a través de sistemas de IA, alguien debe determinar qué contenidos, fuentes, autores y perspectivas utiliza el sistema. Esa selección puede estar condicionada por las empresas proveedoras, los distritos escolares, las administraciones educativas o los diseñadores curriculares. Por ello, la cuestión deja de ser exclusivamente pedagógica y se convierte también en una cuestión de poder, acceso al conocimiento y pluralidad informativa: ¿qué perspectivas incorpora la IA?, ¿cuáles considera autorizadas?, ¿qué fuentes quedan fuera? y ¿qué ocurre cuando el estudiante formula una pregunta que se encuentra fuera del currículo establecido?

Malespina cuestiona también una de las grandes promesas de la IA educativa: la personalización. Que un sistema adapte el ritmo, el nivel de lectura, los ejemplos o las preguntas a cada alumno no significa necesariamente que exista mayor libertad intelectual. Es posible ofrecer 500 itinerarios personalizados a 500 estudiantes y, al mismo tiempo, mantenerlos dentro de un conjunto de información estrictamente delimitado. La personalización puede modificar la forma en que se presenta el conocimiento sin modificar quién decide qué conocimiento está disponible. Por ello, la autora advierte de que una experiencia aparentemente individualizada puede esconder un sistema altamente centralizado de control de la información.

Aquí adquiere especial protagonismo la biblioteca escolar y el papel de los bibliotecarios. Frente a un modelo basado en proporcionar respuestas, la biblioteca enseña a los estudiantes a buscar, evaluar, contrastar, cuestionar y utilizar la información. En un entorno dominado por la IA, estas competencias adquieren todavía mayor importancia: los alumnos necesitan aprender a rastrear una afirmación hasta su fuente original, valorar la calidad de las evidencias, detectar perspectivas ausentes y comprender que la primera respuesta que proporciona una herramienta de IA no tiene por qué ser la mejor. Además, la biblioteca ofrece algo difícil de reproducir mediante un sistema de recomendación: la posibilidad de descubrir información no seleccionada previamente, encontrar un libro inesperado o entrar en contacto con una idea que contradiga lo que el estudiante creía saber.

La conclusión de Malespina es clara: el objetivo no debería ser utilizar la IA para hacer más eficiente la entrega de la educación, sino para proporcionar mejores herramientas con las que los estudiantes puedan desarrollar el trabajo intelectual de aprender. La IA puede formar parte de las aulas, pero debe utilizarse para generar preguntas, investigar, comparar respuestas, comprobar hechos, analizar sesgos y revisar trabajos, manteniendo al estudiante como protagonista del proceso cognitivo. En este sentido, el artículo defiende una concepción de la alfabetización en IA muy próxima a la alfabetización informacional: no se trata únicamente de saber utilizar una herramienta, sino de comprender sus respuestas, cuestionarlas, contrastarlas y mantener el control humano sobre el aprendizaje y sobre el acceso al conocimiento.

Más allá de las cifras: convertir los datos de la biblioteca en acción

Poster reads “MORE THAN NUMBERS: TURNING REFLECTION INTO ACTION WITH LIBRARY DATA,” showing reflection insights and action plans: create quiet zone, expand local history collection, start teen coding workshop, improve WiFi signal.
A library team turns visitor data and community feedback into practical improvement plans.

Amalia E. Butler, “More Than Numbers: Turning Reflection into Action with Library Data”, ALSC Blog, School-Age Programs and Services Committee, American Library Association, 25 de julio de 2026 (actualizado el 31 de julio de 2026). https://www.alsc.ala.org/blog/2026/07/more-than-numbers-turning-reflection-into-action-with-library-data/

El artículo propone pasar de una “cultura de la estadística” a una cultura de la evidencia y la reflexión. Los datos deben utilizarse para escuchar, aprender, defender el valor de las bibliotecas y mejorar sus servicios. La secuencia propuesta es sencilla pero poderosa: recoger datos relevantes → reflexionar sobre lo que revelan → actuar para mejorar → compartir los resultados con la comunidad. De este modo, las estadísticas dejan de ser simples cifras de actividad y se convierten en una herramienta para construir bibliotecas más receptivas, inclusivas, equitativas y conectadas con las necesidades reales de sus comunidades.

El artículo plantea una idea fundamental para las bibliotecas infantiles y juveniles: los datos no deberían limitarse a cumplir una obligación estadística o administrativa, sino utilizarse para comprender mejor a la comunidad y transformar los servicios. Las bibliotecas recopilan continuamente cifras sobre asistencia a actividades, circulación, participación en programas de lectura de verano, visitas de extensión y muchas otras variables. Sin embargo, registrar números en hojas de cálculo y elaborar informes no es suficiente. El verdadero valor aparece cuando los profesionales se detienen a interpretar qué significan esas cifras y las utilizan para formular mejores preguntas y tomar decisiones más informadas.

Uno de los conceptos centrales del texto es la combinación de “REFLECT” (reflexionar) y “ACT” (actuar). Por ejemplo, si la asistencia a un programa que lleva años funcionando disminuye, la respuesta no debería consistir simplemente en registrar el descenso. Los datos pueden indicar que es necesario renovar los contenidos, modificar los horarios o revisar el formato. Del mismo modo, si las estadísticas de extensión muestran una escasa participación de las familias de determinado barrio, la solución quizá no sea realizar más publicidad, sino llevar los servicios directamente a escuelas, centros comunitarios, parques u otros lugares frecuentados por esas familias.

El artículo propone además analizar los datos desde una perspectiva de equidad e inclusión. No basta con saber cuántas personas utilizan un servicio: es necesario preguntarse quién participa, quién no participa y qué barreras pueden estar impidiendo el acceso. Una baja asistencia puede estar relacionada con horarios laborales, dificultades de transporte, barreras lingüísticas o necesidades específicas de los niños con discapacidad. También puede ocurrir que los adolescentes y preadolescentes no encuentren atractivos los programas diseñados para ellos. En estos casos, los datos deben servir como punto de partida para investigar las causas y buscar soluciones, incluyendo la colaboración con organizaciones comunitarias de confianza.

Otra aportación interesante es la defensa de recoger menos datos, pero más significativos. Las autoras cuestionan la utilidad de dedicar tiempo del personal a recopilar indicadores que después nunca influyen en la programación, los presupuestos o la asignación de recursos. Frente a una acumulación indiscriminada de estadísticas, se propone seleccionar aquellas medidas que realmente ayuden a tomar decisiones y complementarlas con métodos cualitativos: conversaciones con usuarios, encuestas, buzones de sugerencias o mecanismos sencillos de opinión. Así, los datos cuantitativos se enriquecen con la experiencia directa de las personas que utilizan la biblioteca.

El texto concede también gran importancia a compartir los datos con la propia comunidad. Las estadísticas pueden convertirse en infografías, exposiciones, tablones, publicaciones en redes sociales, boletines o breves presentaciones durante las actividades. De esta manera, los usuarios conocen el impacto de la biblioteca y comprenden que su propia participación contribuye a determinar los servicios futuros. La autora recuerda su experiencia como bibliotecaria escolar, cuando compartía con los alumnos las estadísticas anuales y los libros más prestados: incluso los niños más pequeños mostraban entusiasmo al conocer los resultados y celebrar sus logros lectores.

En el contexto de los programas de lectura de verano, el artículo propone convertir el cierre de estas actividades en una oportunidad para devolver los resultados a la comunidad mediante presentaciones, infografías, concursos, exposiciones o muestras de los libros favoritos. Pero, sobre todo, recomienda contar las historias humanas que hay detrás de las estadísticas, porque los números adquieren mayor significado cuando muestran personas, experiencias y transformaciones concretas. El objetivo no es solamente demostrar que la biblioteca funciona, sino conseguir que quienes participan se sientan reconocidos y animar a nuevas familias a incorporarse.

Fomentando la participación comunitaria en la biblioteca universitaria: un conjunto de herramientas para la enseñanza y el aprendizaje recíprocos más allá del campus.

Longo, Nicholas V.; Perrotti, Carmine; y Roy, Matthew H. Engaging Community: A Toolkit for Reciprocal Teaching and Learning Beyond the Campus. Washington, DC: American Association of Colleges and Universities (AAC&U) y Campus Compact, 2026

Texto completo

Engaging Community propone transformar la relación entre universidades y comunidades mediante un modelo de aprendizaje comunitario recíproco, en el que el conocimiento no se genera únicamente dentro del campus, sino también junto a las personas y organizaciones de la comunidad. El objetivo es desarrollar experiencias educativas vinculadas a problemas reales, en las que estudiantes, docentes y agentes comunitarios colaboren para producir conocimiento y obtener beneficios mutuos.

Los autores defienden que este enfoque puede ayudar a recuperar la dimensión pública y cívica de la educación superior, especialmente en un contexto de creciente desconfianza hacia las universidades. Frente a una concepción basada en que la universidad debe «resolver» los problemas de las comunidades, plantean una relación horizontal fundamentada en la confianza, la reciprocidad, la escucha y el reconocimiento de los conocimientos existentes fuera de la institución académica.

El modelo se articula en seis principios fundamentales: cultivar historias y construir comunidad; adoptar un enfoque basado en los activos de las comunidades; aplicar una mirada crítica sobre el poder y las desigualdades; desarrollar asociaciones recíprocas; facilitar el diálogo y tender puentes entre divisiones; y evaluar y reflexionar sobre el impacto de las acciones. Estos principios se corresponden con seis módulos que combinan fundamentos teóricos con actividades prácticas.

Un elemento central es el storytelling. Las historias personales y comunitarias permiten reconocer diferentes formas de conocimiento, desarrollar empatía, comprender experiencias diversas y encontrar puntos de encuentro. El toolkit propone, entre otras estrategias, los story circles, espacios estructurados donde los participantes comparten experiencias y reflexionan colectivamente sobre ellas.

Otro planteamiento esencial es pasar de una visión basada en los déficits a otra centrada en los activos comunitarios. En lugar de contemplar a las comunidades como espacios necesitados de intervención externa, se propone identificar sus capacidades, conocimientos, talentos, relaciones y recursos. La universidad debe trabajar con la comunidad y no para ella, compartiendo recursos y poder y permitiendo que las prioridades comunitarias orienten la colaboración.

El documento incorpora además una perspectiva crítica sobre las relaciones de poder entre las instituciones universitarias y las comunidades. La participación exige reconocer las desigualdades históricas, cuestionar la posición de la universidad como supuesto «experto» y actuar desde la humildad, la reciprocidad y la responsabilidad. El objetivo no es «salvar» a las comunidades, sino contribuir a eliminar barreras para que puedan ejercer el poder y las capacidades que ya poseen.

Finalmente, Engaging Community adquiere una especial relevancia en la era de la inteligencia artificial. Los autores sostienen que, mientras la IA puede reproducir tareas educativas tradicionales como escribir textos o recuperar información, el aprendizaje comunitario proporciona experiencias reales basadas en la empatía, la colaboración, la resolución conjunta de problemas y las relaciones humanas. Por ello, constituye una vía para desarrollar competencias profesionales y cívicas difícilmente sustituibles por algoritmos.

Se trata de una guía práctica y conceptual para sacar el aprendizaje fuera de las paredes del campus y convertir la relación universidad-comunidad en un proceso de intercambio de conocimientos, participación democrática y transformación social. El toolkit es gratuito, adaptable y está organizado en seis módulos con planes de actividades, lecturas, vídeos y ejercicios, por lo que puede utilizarse tanto en la formación del profesorado como en cursos universitarios, investigación comunitaria y programas de desarrollo profesional.