“Siempre que haya libros para ser compartidos, catalogados meticulosamente, cualquiera puede ser bibliotecario. Cuando cualquiera puede ser bibliotecario, la biblioteca está en todas partes” ”
Marcell Mars.
Marcell Mars (Nenad Romić) es investigador cultural, artista y hacker. Es uno de los fundadores del repositorio abierto sobre conocimiento compartido Public Library
“La adquisición de libros no es de ninguna manera una cuestión de dinero o de conocimiento experto solamente. Ni siquiera ambos factores juntos son suficientes para establecer una verdadera biblioteca, que siempre es algo impenetrable y al mismo tiempo única en sí misma. Porque, ¿qué es esta colección sino un desorden al que el hábito se ha acomodado hasta tal punto que puede aparecer como un orden? Todos vosotros habéis oído hablar de personas a las que la pérdida de sus libros ha convertido en inválidas, o de aquellos que para adquirirlos se han convertido en criminales. La propiedad es la relación más íntima que uno puede tener con los objetos».
“Compartir no es inmoral, es un imperativo moral. Sólo aquellos cegados por la codicia se negarían a dejar que un amigo haga una copia.”
Aaron Swartz (2008)
Hoy en día, un disco duro de 1 TB puede contener más texto del que un ser humano podría leer en una sola vida, ya que cabrían aproximadamente 500.000.000 de páginas. Si uno vive hasta los ochenta años, tendría que leer unos siete libros al día, desde que nace hasta que muere para llegar a esa cifra. Una pequeña biblioteca local de 10.000 libros podría caber en una unidad de disco duro de 64 GB del tamaño de un paquete de chicles y valer en torno a los 40 dólares. La colección de libros más grande del mundo es la Library of Congress de Estados Unidos, que contiene 35 millones de libros, que en formato PDF ocuparían 174 TB.
A través del intercambio de archivos a través de sistemas sin conexión, y la copia e intercambio de estos sistemas sin conexión, un nuevo dispositivo ha llegado a la vanguardia: la Biblioteca Personal Portátil. Debido a que se centra en el intercambio de libros electrónicos, la Biblioteca Personal Portátil no sólo se refiere a Sneakernet, sino a la función clave que las bibliotecas tuvieron durante miles de años antes de la invención de la imprenta: Las bibliotecas fueron centros de copia de datos. Las bibliotecas como almacenes donde se almacenan los libros son un fenómeno relativamente reciente. Una Biblioteca Personal Portátil lleva la noción contemporánea de almacenar el conocimiento al disco duro y se alimenta de su propia historia. La biblioteca como almacén es ahora una copia, pero mientras que los pergaminos o códices de hace siglos tardaban años en copiarse hoy en día, muchos miles de libros pueden copiarse en minutos.
Los ordenadores, por su naturaleza, copian. Al escribir esta línea, la computadora ha copiado el texto varias veces en una variedad de registros de memoria. Toco un botón para escribir una letra, esto libera un voltaje que luego se traduce en valor digital, que luego se copia en un búfer de memoria y se envía a otra parte de la computadora, se copia nuevamente en la RAM y se envía a la tarjeta gráfica donde se copia nuevamente, y así sucesivamente. Todo el funcionamiento de un ordenador se basa en la copia de datos: la copia es una de las características más esenciales de la informática. Uno de los hechos ontológicos del almacenamiento digital es que no hay diferencia entre un programa de ordenador, un vídeo, una canción en mp3 o un libro electrónico. Todos ellos están compuestos por un voltaje representado por unos y ceros. Por lo tanto, todos están sujetos al mismo hecho electrónico: existen para ser copiados y sólo pueden existir como copias.
Los argumentos son desaconsejables y deben ser abordados: Las personas que han compartido archivos fuera de las regulaciones de los derechos de autor han sido llamadas ‘piratas’ durante siglos. Y fueron las fuerzas del capital y de la propiedad las que aplicaron este nombre como un epíteto. El intercambio de información no era más piratería en aquel entonces que en la actualidad. Dejar que la oposición controle los términos del debate significa que el debate se ha perdido. Dejar que otros definan el comportamiento de uno como piratería significa que toda la discusión se enmarcará en los términos de la teoría clásica de la propiedad, y es el marco de la teoría clásica de la propiedad lo que es esencial para el debate.
Los piratas tienen un cierto atractivo ‘romántico’ como pícaros espadachines, lo que ayuda a comercializar el modo de distribución de archivos compartidos. El atractivo romántico de Piratas es más bien un reflejo del autoengaño capitalista, ya que el propio capitalismo es un sistema pirata que extrae recursos y explota a otros, a menudo de forma brutal y mortal. En resumen, no hay razón para utilizar el término ‘piratería’. Los piratas no cambian la idea de propiedad, sino que la refuerzan. Los cazadores-recolectores que persiguen las manadas de bisontes no eran piratas – la idea no tiene sentido. ¿Cuáles son los términos adecuados para el hecho de compartir archivos? Esa es una discusión que vale la pena tener. No utilizaré el término piratería, ya que es inaplicable a la actividad o filosofía del intercambio de archivos y no guarda relación con el tipo de sociedad que el intercambio de archivos prevé. También sugeriría que el Partido Pirata se reestructurara para aprovechar lo que puede ofrecer el dejar atrás el epíteto ‘Piratería’.
Las sociedades en las que la gente comparte, especialmente las ideas, son sociedades que prosperan de forma natural. Donde la gente tiene mucho conocimiento e información, compartir conocimiento con otros menos informados mejora su capacidad individual y colectiva: aquellos menos dotados de información tendrán un mayor acceso y estarán más informados, y aquellos con muchos datos para compartir recibirán mayor estima de sus conciudadanos por su acción de compartir.
En el plano político más mundano, también está la cuestión del derecho de cada uno al acceso al conocimiento, como se señala en la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Artículo 27, sección 1: «Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten». Esto constituye el fundamento ético (y la protección) de la Biblioteca Personal Portátil y, de hecho, de todo el Movimiento de Acceso al Conocimiento. Es a través de un nuevo compromiso con los propósitos y métodos de las bibliotecas antiguas y la historia de la Biblioteca Pública que los archivos digitales contemporáneos de archivos compartidos pueden recuperar un propósito significativo. De este modo, el encierro y almacenamiento del conocimiento por parte de la biblioteca moderna también podría reconocerse como la aberración histórica destructiva que es.
Warwick, Henry. Radical Tactics of the Offline Library. Network Notebooks 07, Institute of Network Cultures, Amsterdam, 2014. ISBN 978-90-818575-9-8.
Un hombre en Australia decidió crear una ‘biblioteca de palos’ y colocarla en el parque para que todos los perros locales pudieran pedir prestado un palo para jugar.
Una de las cosas que más felices hacen a los perros son los palos. Así que el dueño de un perro, un hombre de 59 años llamado Andrew Taylor de Kaiapoi, Nueva Zelanda, decidió crear una «biblioteca de palos» y colocarla en el parque para que todos los perros locales pudieran pedir prestado un palo para jugar. Grabó en la caja el rótulo «Stick Library», alentando a las personas a que una vez se utilizarán devolverlos cuando el perro terminara de jugar. Los dueños de perros locales adoraron la idea.
El hombre que vive en Kaiapoi, Nueva Zelanda, recolectó unos cuantos palos después de podar lis árboles que tiene en su casa. Los lijó para que fueran suaves y limpios para los perros, y luego procedió a hacer una caja para colocar las ramitas.
Los dueños de perros adoraron la idea tam simple, pero muy útil; ya que todos que tenemos mascotas hemos experimentado en alguna ocasión la búsqueda de un buen palo para que juegue el perro en el parque, que no siempre es fructífera. Por eso grabó en la caja la palabra «biblioteca» que implica el concepto de préstamo temporal y posterior devolución, según palabras del propio creador.
«En la biblioteca de la universidad se demoraba por los pasillos, entre los miles de libros, inhalando el olor rancio del cuero, la tela y las páginas secas como si fuese un incienso exótico. A veces se paraba, tomaba un volumen del estante y lo sostenía durante un momento entre sus grandes manos que le hormigueaban al contacto especial con el lomo y las manejables páginas. Luego hojeaba el libro, leyendo párrafos aquí y allá, pasando las páginas delicadamente con sus rígidos dedos, como si su torpeza pudiera arrancar y destruir lo que había supuesto tanto esfuerzo descubrir.»
«Un general en la biblioteca«, de Italo Calvino, , de su libro «la dulce bonanza de las Antillas», traducido por Aurora Bermúdez, editado por Tusquets, en Barcelona, en el año 1993
En Panduria, nación ilustre, una sospecha se insinuó un día en la mente de los altos oficiales: la de que los libros contenían opiniones contrarias al prestigio militar. En realidad, de procesos y encuestas se desprendía que esta costumbre ya tan difundida de considerar a los generales como gente que también puede equivocarse y aun provocar desastres, y las guerras como algo a veces diferentes de las radiantes cabalgatas hacia destinos gloriosos, era compartida por gran cantidad de libros modernos y antiguos, pandurios y extranjeros.
El Estado Mayor de Panduria se reunió para hacer un balance de la situación. Pero no sabían por dónde empezar, porque en materia de bibliografía ninguno de ellos, era ducho. Se nombró una comisión investigadora, mando del general Fedina, oficial severo y escrupuloso. La comisión examinaría todos los libros de la biblioteca más grande de Panduria.
Estaba esta biblioteca en un antiguo palacio lleno de esclareas y columnas, desconchado y decrépito por aquí y por allá. Sus frías salas estaban atestadas de libros, repletas, en parte impracticables, sólo los ratones podían explorarlas en todos sus rincones. El presupuesto del Estado pandurio, sobrecargado con ingentes gastos militares, no podía proporcionar ninguna ayuda.
Los militares tomaron posesión de la biblioteca una mañana lluviosa de noviembre. El general se apeó de su caballo, retacón, sacando pecho, con su gruesa nuca afeitada, las cejas fruncidas sobre pinche-nez, de un automóvil bajaron cuatro tenientes larguiruchos, el mentón alto y los parpados bajos, cada uno con su portafolio en la mano. Después venía una cuadrilla de soldados que acamparon en el antiguo patio con mulos, balas de heno, tiendas, cocinas, radios de campaña y estandartes.
Se pusieron centinelas en las puertas y un cartel que prohibía la entrada, “debido a loas grandes maniobras y mientras duraran las mismas”. Era un expediente para que la investigación se pudiera realizar en el mayor secreto. Los estudiosos que solían llegar a la biblioteca todas las mañana, con los abrigos puestos, bufandas y pasamontañas para no congelarse, tuvieron que volverse atrás. Perplejos, se preguntaban:
– ¿Cómo? ¿Grandes maniobras en una biblioteca? ¿No irán a desordenarla? ¿Y la caballería? ¡Y harán también ejercicios de tiro!
Del personal de la biblioteca sólo quedó un viejecito, el señor Crispino, reclutado para que explicase a los oficiales la localización d los volúmenes. Era un tipo bajito, con el cráneo calvo como un huevo y ojos como cabeza de alfiler detrás de las gafas con patillas.
El general Fedina se preocupó ante todo de la organización logística, porque las órdenes eran que l comisión no saliera de la biblioteca antes de haber llevado a su término la investigación; era un trabajo que requería concentración y no debía distraerse. Se procuraron suministros de víveres, alguna estufa del cuartel, una provisión de leña, a la que se añadió alguna colección de viejas revistas consideradas poco interesantes. Nunca había hecho tanto calor en la biblioteca en aquella estación. En lugares seguros, rodeados de trampas para los ratones, se colocaron los catres donde el general y sus oficiales dormirían.
Después se procedió a la adjudicación de las tareas. Se asignó a cada uno de los tenientes determinada rama del saber, determinados siglos de historia. El general controlaría la clasificación de los volúmenes y los sellos diferentes aplicados según el libro fuera declarado legible para los oficiales, los suboficiales, la tropa, o bien denunciado al Tribunal Militar.
Y la comisión comenzó su servicio. Todas las noches la radio de campaña transmitía el informe del general Fedina al comando supremo. “Examinados, tantos volúmenes. Considerados sospechosos, tantos”. Rara vez aquellas frías cifras iban acompañadas de alguna comunicación extraordinaria: la petición de un par de gafas de présbita para un teniente que había roto las suyas, la noticia de que un mulo se había comido un raro códice de Cicerón que había quedado sin custodia.
Pero iban madurando acontecimientos de mucha mayor importancia, de los que la radio de campaña no transmitía noticias. La selva de libros, antes que ralear, parecía cada vez más enmarañada e insidiosa. Los oficiales se habrían perdido si no hubiese sido por la ayuda del señor Crispino. Por ejemplo, el teniente Abrogati se ponía de pie como por un resorte y arrojaba sobre la mesa el volumen que estaba leyendo:
– ¡Pero es inaudito! ¡Un libro sobre las guerras púnicas que habla bien de los cartagineses y crítica los romanos! ¡Hay que hacer enseguida la denuncia!
(Es preciso decir que los pandurios, con razón o sin ella, se consideraban descendientes de los romanos) Con paso silencioso en sus pantuflas afelpadas, se le acercaba el viejo bibliotecario.
-Y eso no es nada – decía-. Lea aquí, siempre sobre los romanos, lo que se escribe, podrá dejar constancia en el informe también de eso. Y esto, y eso – y le sometía una pila de volúmenes.
Un teniente empezaba a hojear los volúmenes, nerviosos, después, más interesado, leía, tomaba notas. Y se rascaba la cabeza, farfullando:
– ¡Demonios! ¡Pero cuántas cosas se aprenden! ¡Quién lo hubiera dicho!
El señor Crispino se desplazaba hacia el teniente Lucchetti que cerraba untoso con furia, diciendo:
-¡Muy bonito! ¡Aquí tienen el coraje de expresar dudas sobre la pureza de los ideales de las Cruzadas! ¡Sí señor, de las cruzadas!
Y el señor Crispino, sonriendo:
-Ah, mire que, si tiene que hacer un informe sobre ese tema, puedo sugerirle algún otro libro donde encontrará más detalles- y le bajaba medio anaquel.
El teniente Lucchetti arremetía y durante una semana se lo oía hojear y murmurar:
-¡Pero hay que ver, estas Cruzadas, qué historia!
En el comunicado vespertino de la comisión, la cantidad de libros examinados era cada vez mayor, pero ya no se transmitía ningún dato sobre los veredictos positivos o negativos. Los sellos del general Fedina quedaban sin usar. Si, tratando de controlar el trabajo de los tenientes, preguntaba a uno de ellos: “¿Pero cómo has dejado pasar esta novela? ¡La tropa queda mejor parada que los oficiales! ¡Es un autor que no respeta el orden jerárquico!”, el teniente le contestaba citando otros autores, enredándose en razonamientos históricos, filosóficos y económicos. Se producían discusiones generales que duraban horas y horas. El señor Crispino, silencioso en sus pantuflas, casi invisible con su guardapolvo gris, intervenía siempre en el momento justo, con un libro que a su entender contenía detalles interesantes sobre el tema en cuestión y que siempre producía el efecto de poner en crisis las convicciones del general Fedina.
Entre tantos los soldados poco tenían que hacer y se aburrían. Uno de ellos, Barabasso, el más instruido, pidió a los oficiales un libro para leer. Quisieron darle sin más uno de los pocos que ya había sido declarados legibles para la tropa; pero pensando en los miles de volúmenes que aún quedaban por examinar, al general no le pareció bien que las horas de lectura del soldado Barabasso fueran horas perdidas para los fines del servicio, y le dio un libro que estaba por examinar, una novela que parecía fácil, aconsejada por el señor Crispino. Una vez leído Barabasso debía informar al general.
Otros soldados también pidieron y consiguieron lo mismo. El soldado Tommasone leía en voz alta a un camarada analfabeto, y éste daba su parecer. En las discusiones generales empezaron a participar también los soldados.
Sobre la consecución de los trabajos de la comisión no se conocen muchos detalles: lo que sucedió en la biblioteca durante las largas semanas invernales no fue objeto de informe. El hecho es que el Estado Mayor de Panduria llegaban cada vez menos informes radiofónicos del general Fedina, hasta que llegó el momento en que dejaron de llegar por completo. El comando supremo empezó a alarmarse; transmitió la orden de concluir la investigación cuanto antes y de presentar una relación exhaustiva.
La orden llegó a la biblioteca cuando en el alma de Fedina y de sus hombres luchaban sentimientos encontrados: por un lado descubrían a cada momento nuevas curiosidades que satisfacer, iban tomando gusto a aquellas lecturas y aquellos estudios como jamás lo hubieran imaginado, por otro lado no veían la hora de volver con las gentes, de retomar contacto con la vida que les parecía ahora mucho más compleja, casi renovada ante sus ojos, y por otro más, al acercarse el día en que deberían abandonar la biblioteca, se sentían llenos de aprensión, porque debían rendir cuentas de su misión, y con todas las ideas que les brotaban en la cabeza ya no sabían cómo salir del atolladero.
Por la noche miraban desde los vitrales los primeros brotes en las ramas iluminadas por el crepúsculo, y las luces de la ciudad que se encendían, mientras uno de ellos leía en voz alta los versos de un poeta. Fedina no estaba con ellos: había dado orden de que lo dejaran solo en su mesa, porque debía redactar la relación final. Pero de vez en cuando se oía sonar la campanilla y la voz que llamaba: ¡Crispino! ¡Crispino!. No podía seguir adelante sin la ayuda del viejo bibliotecario, y terminaron por sentarse a la misma mesa y redactar juntos la relación.
Por fin una buena mañana la comisión salió de la biblioteca y fue a informar al comando supremo, y Fedina ilustró los resultados de la investigación delante del Estado Mayor reunido. Su discurso fue una especie de compendio de la historia de la humanidad, desde los orígenes hasta nuestros días, en la que todas las ideas más indiscutibles para los bien pensantes de Panduria eran criticadas, las clases dirigentes denunciadas como responsables de las desventuras de la patria, el pueblo exaltado como víctima heroica de guerras y políticas equivocadas. Fue una exposición un poco confusa, con afirmaciones a menudo simplistas y contradictorias, como ocurre a quien ha abrazado hace poco nuevas ideas. Pero sobre el significado general no cabían dudas. La asamblea de los generales de Panduria palideció, desencajó los ojos, recuperó la voz, gritó. El general no pudo terminar siquiera. Se habló de degradación, de proceso. Después, por temor a escándalos más graves, el general y los cuatro tenientes fueron declarados en retiro por motivos de salud, debido a un grave agotamiento nervioso contraído durante el servicio. Vestidos de paisanos, se los veía entrar a menudo, con sus abrigos y arropados para no congelarse, en la vieja biblioteca donde los esperaba el señor Crispino con sus libros.
Este texto de 1981, leído para celebrar los 25 años de la biblioteca pública del Palazzo Sormani de Milán, es a la vez un canto a la libertad de la mente inquisitiva, un irónico lamento por algunos inveterados vicios de las antiguas bibliotecas y bibliotecarios, y un toque de advertencia, por los posibles excesos de la tecnología.
El 1º de noviembre, con motivo de la reapertura de la milenaria Biblioteca, la ciudad egipcia de Alejandría tuvo como anfitrión a Umberto Eco, que ofreció una conferencia sobre los cambios que pueden aportar las tecnologías digitales a los libros tradicionales. Dicha conferencia fue publicada en el semanario Al-Ahram.
POR UMBERTO ECO
Tenemos tres tipos de memoria. La primera es orgánica: es la memoria de carne y sangre que administra nuestro cerebro. La segunda es mineral, y la humanidad la conoció bajo dos formas: hace miles de años era la memoria encarnada en las tabletas de arcilla y los obeliscos -algo muy habitual en Egipto-, en los que se tallaban toda clase de escritos; sin embargo, este segundo tipo corresponde también a la memoria electrónica de las computadoras de hoy, que están hechas de silicio. Y hemos conocido otro tipo de memoria, la memoria vegetal, representada por los primeros papiros -también muy habituales en Egipto- y, después, por los libros, que se hacen con papel. Permítanme soslayar el hecho de que, en cierto momento, el pergamino de los primeros códices fuera de origen orgánico, y que el primer papel estuviera hecho de tela y no de celulosa. Para simplificar, permítanme designar al libro como memoria vegetal.
En el pasado, éste fue un lugar dedicado a la conservación de los libros, como lo será también en el futuro; es y será, pues, un templo de la memoria vegetal. Durante siglos, las bibliotecas fueron la manera más importante de guardar nuestra sabiduría colectiva. Fueron y siguen siendo una especie de cerebro universal donde podemos recuperar lo que hemos olvidado y lo que todavía no conocemos. Si me permiten la metáfora, una biblioteca es la mejor imitación posible de una mente divina, en la que todo el universo se ve y se comprende al mismo tiempo. Una persona capaz de almacenar en su mente la información proporcionada por una gran biblioteca emularía, en cierta forma, a la mente de Dios. Es decir, inventamos bibliotecas porque sabemos que carecemos de poderes divinos, pero hacemos todo lo posible por imitarlos.
En Costa de Marfil, Tchonté Silué, de 25 años de edad, ha abierto una biblioteca en un barrio popular de Abidján para que los niños desfavorecidos puedan leer…. y mucho más, Tchonté siempre intenta imaginar diversas actividades: lectura, clases de informática, talleres de dibujo, manualidades, salidas al jardín botánico, cine… En 2017, la joven marfileña sólo tenía 23 años cuando creó una biblioteca, llamada Centre Eulis (su apellido al revés) en Yopougon, una comuna desfavorecida de Abidján donde creció. Su objetivo es crear muchos más centros como este en su país y en el resto de África.
Hace unos días en un Encuentro celebrado en Casa Áfríca en las Palmas de Gran Canaría, tuve el placer de conocer a Tchonté Silue, una joven marfileña de 25 años apasionada por la lectura, la escritura, los viajes y la educación. Una defensora de la juventud de Unicef de Costa de Marfil y fundadora del Centro Eulis en Yopougon. En 2017, fue reconocida como la mejor bloguera de Costa de Marfil en los Premios E-voir por su blog “Les Chroniques de Tchonte” y en 2018 recibió el Premio Impacto Social en los Premios Adicom por su trabajo en Centre Eulis. El Centre Eulis es un centro educativo que ayuda a los jóvenes marfileños a descubrir el mundo a través de libros, que organiza talleres y excursiones. Tchonte escribe principalmente en blogs sobre los libros que lee y su apuesta para mejorar la educación en Costa de Marfil a través de Centre Eulis. Tiene una Maestría en Emprendimiento Social de Hult International Business School y una Licenciatura en Finanzas de Georgia State University.
Mientras trabajaba en su maestría, desarrolló interés en la educación. Sus clases eran interactivas, donde los estudiantes trabajaban en proyectos de equipo para proponer soluciones a problemas de su comunidad. Empezó a soñar con un sistema de educación inclusivo e interactivo en Costa de Marfil que crearía generaciones de solucionadores de problemas en lugar de buscadores de empleo. Cuando empezó a trabajar enseñando en su antigua universidad y cobrar algo de dinero creo el Centro Eulis, un espacio educativo destinado a ayudar a los niños a descubrir el mundo a través de libros, excursiones y talleres educativos. El centro se abrió al público en abril de 2017 y actualmente ofrece aproximadamente 1.500 libros.
La biblioteca, que se encuentra en un estudio de diez metros cuadrados, alberga tanto la colección «Barbie» como libros infantiles de autores africanos, o libros extranjeros que permiten a los niños «descubrir otras culturas». El dinosaurio del Kilimanjaro o «El oro azul de los tuaregs» de Donald Grant son muy populares entre los niños. Algunas estanterías están dedicadas a las novelas para adultos, desde Albert Camus hasta Harlan Coben en inglés. El centro cuenta con una decena de voluntarios. Tchoté utiliza las redes sociales para presentar las actividades del centro, sus visitantes curiosos y los eventos que tienen lugar allí, y cuenta la historia del entusiasmo de los jóvenes de Yopougon, que descubren las alegrías de la lectura. En Yopougon, una ciudad de 621.180 habitantes, el Centro Eulis representa, por tanto, un marco ideal para los estudiantes que no tienen a menudo la oportunidad de disfrutar de la lectura, convirtiéndose en una contribución real a la lucha perpetua que muchos Estados africanos están llevando a cabo: dar a los jóvenes ciudadanos la mejor educación posible.
A veces, el Centro Eulis viaja en un carrito lleno de libros para conocer a la gente de Yopougon, niños y adultos por igual. Es una campaña para promover y popularizar la lectura para no dejar a nadie fuera. Y comenta «La educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo como decía Nelson Mandela, entonces los libros son los mejores misiles.»
El objetivo del proyecto era para proporcionar un espacio de aprendizaje abierto a la gente de su vecindario. Yopougon es conocido sobre todo por sus bares y otros espacios para beber, pero carece de espacios donde los niños puedan seguir aprendiendo después de la escuela. Según sus propias palabras «Quiero que Centre Eulis sea ese lugar donde les guste estar y aprender». Para ello contó con el apoyo de otras personas, su padre le facilitó el local, y a través de su labor en medios sociales pidió ayuda a través de redes a otras personas y organizaciones para conseguir los libros. El principal desafío fue conseguir que la gente aprovechara realmente los recursos y leyera. Así que decidió centrarse en los alumnos de las escuelas primarias y secundarias de la zona, y empezó a organizar sesiones de lectura en la calle para promocionar la biblioteca. también organiza salidas al cine y a museos para sacar a los niños de su entorno y aprender cosas nuevas. «Es increíble ver a los niños invitar a sus amigos, hermanos y hermanas a leer en la biblioteca. Creo que las generaciones más jóvenes necesitan adquirir habilidades de pensamiento crítico y amor por el aprendizaje. En un mundo que siempre está cambiando, sentarse en clase y asistir a clases no es suficiente. Necesitan salir a buscar información adicional y adaptarse a cada situación. También tenemos que animarles a que sean promotores del cambio en sus comunidades. Tenemos que estimular su curiosidad y ayudarles a tener una mente abierta» comenta Tchonté. Su objetivo es tener un centro como Eulis en cada lugar de su país y posteriormente extender el proyecto a toda África. El 23 de junio de 2017, Tchonté recibió el premio Lili Women Creative Award por su compromiso con la educación del Centro Eulis.
Tchonté Silué y Julio Alonso Arévalo en Casa África
Espacio en el que se halla depositado el preciado bien del saber y que, por ello mismo, encierra una prolija simbología en la que asoman conceptos como la concepción del mundo, el aliento creativo del universo o la infinitud […]. Se cuenta que tras la caída del imperio de Alejandro, Ptolomeo I fundó su poderoso reino en el valle del Nilo y se afanó en lograr para la nueva capital, Alejandría, la hegemonía política, económica y cultural. Él y sobre todo su hijo Ptolomeo II, se rodearon de una corte de sabios griegos y les ofrecieron una desahogada posición como miembros de una academia radicada en el nuevo templo de las Musas, el Museion (que debe su nombre a la célebre escuela peripatética de Atenas fundada por Aristóteles). El Museion estaba dedicado a la enseñanza y a la investigación y la gran biblioteca formada allí a lo largo del siglo III A. de C. era sumamente completa y comprendía también traducciones de las literaturas egipcia y babilonia. Esta biblioteca contenía la mayor de las dos colecciones que comprendía la biblioteca de Alejandría, la más vasta y esplendorosa del mundo antiguo; la segunda, más reducida, se hallaba adscrita al templo de la divinidad oficial Serapis y se llamaba Serapeion. La finalidad principal de la biblioteca de Alejandría era la recopilación total de la literatura griega en las mejoras copias posibles […]. No se conoce con seguridad el tamaño de la biblioteca de Alejandría, pero se cree que la colección principal alcanzó los 700 000 rollos, y la menor, los 45 000 (Albert de Paco, 2003: 193-195).
Albert de Paco, José María (2003). Diccionario de símbolos. Barcelona
España: Editorial Óptima
«Roberto tenía un ayudante que luego murió, y su puesto pasó a Malaquías, que aún era muy joven. Muchos dijeron que no tenía mérito alguno, que decía saber el griego y el árabe, y que no era cierto, que no era más que un buen repetidor que copiaba con bella caligrafía los manuscritos escritos en esas lenguas, pero sin comprender lo que copiaba. Se decía que un bibliotecario tenía que ser mucho más culto. Alinardo, que por aquel entonces aún era un hombre lleno de fuerza, dijo cosas durísimas sobre aquel nombramiento. E insinuó que Malaquías había sido designado en aquel puesto para hacerle el juego a su enemigo. Pero no comprendí de quién hablaba. Eso es todo. Siempre se ha murmurado que Malaquías defendía la biblioteca como un perro de guardia, pero sin saber bien qué estaba custodiando. Por otra parte, también se murmuró mucho contra Berengario, cuando Malaquías lo escogió como ayudante. Se decía que tampoco él era más hábil que su maestro, y que sólo era un intrigante. También se dijo. . pero ya habrás escuchado esas murmuraciones. . . que existía una extraña relación entre Malaquías y él. . . Cosas viejas.
Bencio es joven. Fue nombrado ayudante cuando Malaquías todavía estaba vivo. Una cosa es ser ayudante del bibliotecario y otra bibliotecario. Según la tradición, el bibliotecario ocupa después el cargo de Abad. . . -¡Ah, es así!… Por eso el cargo de bibliotecario es tan ambicionado. «