Escalones de la entrada de la Biblioteca de Lego en Calgary
Aunque la tan esperada Nueva Biblioteca Central de de Calgary está todavía lejos de abrir sus puertas al público, la Biblioteca Pública de Calgary tiene algo que va a saciar la curiosidad de cualquiera: un modo de la futura biblioteca construido a escala a partir de piezas de Lego, y poblada de las celebridades, ya que autores famosos, superhéroes, e incluso personajes de Los Simpson habitan la biblioteca de Lego de Calgary.
Interior de la Biblioteca Lego
La biblioteca de Lego estará disponible en el edificio de la Biblioteca Pública de Calgary hasta 2018, fecha en la que esta prevista la inaguración de la sede central. Si alguien lo desea puede llevarse una réplica de la biblioteca de Lego, ya que la Biblioteca vende dos conjuntos diferentes de diseño personalizado de la Biblioteca de Lego (así como una minifig Nenshi) en librarystore.ca, es decir una edición limitada de diseño personalizado LEGO® de una mini figura y accesorios de Naheed Nenshi Alcalde de Calgary, con esta compra también se recibirá nuestros marcadores temáticas literarias IdeaLab. ¿Quién da más?
Ben Stephenson, profesor de ciencias informáticas en la Universidad de Calgary y un constructor de Lego ávido, es quien ha realizado este prodigio que le llevó 16 meses de trabajo para completar el edificio, para el que utilizó 100.000 ladrillos individuales y que pesa 150 libras, unos 70 kg. y un coste de 10.000$
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Ben Stephenson, izquierda, y Paul McIntyre Royston, a la derecha, de pie junto a su maqueta Lego de la futura Biblioteca Central de Carlgary
Una Belontina o media belmontina es una manera de irse del toro quedándose con él. Una manera de reducir la embestida en el espacio por magia de prolongarla en el tiempo. Por magia de someter la voluntad del toro al ejercicio de un dominio irreal, tanto del arte como del espíritu ese ímpetu que gira junto con el toro llevado en línea curva. Llevado por una ejecución de mano baja cuyo trazo más que recortar agota, a la vez de apurar la trayectoria de la embestida. (De «El Toreo y su sombra»)
Juan Belmonte García, nació en Sevilla un 14 de abril de 1892, y falleció en su cortijo de Utrera en Sevilla el día 8 de abril de 1962, llamado el «Pasmo de Triana», fue un matador de toros español, probablemente el más popular de la historia y considerado por muchos como el fundador del toreo moderno. Abanderó la edad de oro del toreo junto a José Gómez «Joselito» y Rodolfo Gaona. Hasta 192o.
A parte de por su clásica Belmontina, consistente en dejar los pies quietos y torear con los brazo y el cuerpo. Es en palabras de Amorós «No aceptar que haya terrenos del toro: todos son del torero, si es capaz de meterse en ellos». Frente a Joselito que era delgado y todo un atleta, Belmonte todo lo contrario, hace del defecto una virtud, al igual que el músico Django Reinhardt crea una forma nueva de tocar la guitarra porque sólo tenía tres dedos,y como gracias a su ingenio inventó un sistema de digitación para suplir su problema, sistema que influyó en cierta medida en la originalidad de su estilo; dicen que Juan Belmonte también tenía una pierna más corta, por eso ese torear sin moverse casi alzándose sobre el cuerpo.
Amorós cuenta que hubo temporadas en las que leyó hasta setenta libros, tantos como corridas toreó, y que en una ocasión “el mozo de espadas fue a vestirlo para torear, le dijo que no iba a hacerlo porque necesitaba acabar una novela de Anatole France, y así lo hizo… No era una pose sino la expresión de una profunda inquietud personal.”
Juan Belmonte también cambió la imagen tradicional de los toreros, ya que se relacionó con grandes nombres de la cultura como Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ignacio Zuloaga o Julio Camba, que le agasajaban y le consideraban un verdadero artista, y adoptó sus modos e incluso su estilo de vestir, renunciando a la coleta clásica de torero. Sin estudios apenas pero lector empedernido, cuentan que se llevaba en sus viajes maletas llenas de libros, su inteligencia y extraordinaria personalidad le permitieron relacionarse con los miembros de la cultura y de la alta sociedad. Amorós cuenta que hubo temporadas en las que leyó hasta setenta libros, tantos como corridas hacía, y que en una ocasión «el mozo de espadas fue a vestirlo para torear, le dijo que no iba a hacerlo porque necesitaba acabar una novela de Anatole France, y así lo hizo… No era una pose sino la expresión de una profunda inquietud personal.»
«No aceptar que haya terrenos del toro: todos son del torero, si es capaz de meterse en ellos». Frente a Joselito que era delgado y todo un atleta, Belmonte todo lo contrario, hace del defecto una virtud.
Llegaron a organizarle un homenaje, en el que Valle-Inclán pronunció un encendido discurso en su favor. La Generación del 98, que no era en principio nada taurina (veían en los toros un síntoma del atraso hispano), se hizo belmontista casi al completo: más que la fiesta en sí misma, admiraban sobre todo al héroe que veían en Belmonte. Hasta tal punto compartía Belmonte afanes e inquietudes con ellos, que hay quien afirma que fue un miembro más de la Generación del 98 y que solo se diferenciaba en el modo de expresarse.
«Juan, tan poco atractivo físicamente, se transfiguraba, delante del toro, adquiría la belleza de una estatua clásica.» Ramón Mará Valle-Inclán
Ningún torero ha tenido antes ni después tantos apoyos entre intelectuales del máximo nivel. Un destacado representante de la Generación del 27, Gerardo Diego, le dedicó la «Oda a Belmonte»:
Yo canto al varón pleno,
al triunfador del mundo y de sí mismo
que al borde —un día y otro— del abismo
supo asomarse impávido y sereno
Belmonte fue amigo también del escritor estadounidense Ernest Hemingway y aparece de forma destacada en dos de sus novelas: Muerte en la tarde y Fiesta. Pero el que acabó de forjar el mito belmontino fue la biografía que le escribió el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, titulada Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas. Fue publicada por entregas en la revista Estampa, a partir de junio de 1935. Chaves Nogales redactó la obra en forma de autobiografía a partir de las numerosas conversaciones que mantuvo con el diestro, en las cuales le iba desgranando un sinfín de anécdotas, sus andanzas picarescas durante su infancia y adolescencia en Triana, su heterodoxa formación toreando al aire libre en las dehesas y cerrados, su trayectoria profesional como torero y luego ganadero, etc. La obra de Chaves Nogales está considerada por la crítica como una de las cimas literarias del género biográfico en español y convirtió a Belmonte en definitivo mito literario.
«Belmomnte toma la alternativa, Stravinsky estrena con gran escándalo, en París, «La Consagración de la primavera», Picasso investiga el cubismo sintético y Marcel Proust comienza a redactar «A la búsqueda del tiempo perdido». Es el signo de los tiempos, que algunos artistas perciben de manera intuitiva.» (Amorós)
Según Andrés Amorós «Juan fue el gran revolucionario, que abre el camino del toreo contemporáneo. Cada vez se advierte mejor su sincronía con las grandes aportaciones de los movimientos estéticos de vanguardia: en 1914, a la vez que él toma la alternativa, Stravinsky estrena con gran escándalo, en París, «La Consagración de la primavera», Picasso investiga el cubismo sintético y Marcel Proust comienza a redactar «A la búsqueda del tiempo perdido». Es el signo de los tiempos, que algunos artistas perciben de manera intuitiva.»
Belmontina de Juan Belmonte
A punto de cumplir 70 años, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña —entre Sevilla y Jerez— el 8 de abril de 1962, lo que no hizo sino inmortalizar su mito. Dicen que este suicidio tuvo que ver con que la fama adquirida por Joselito que superó la de su oponente en popularidad, le había ganado la partida cuando le mató un toro en plena faena en la plaza toros de Talavera (Amoros). Dicen que siempre le obsesionó la muerte, en una ocasión «El Guerra», dijo de él : «El que quiera verlo, que se dé prisa, antes de que lo mate un toro», llevaba siempre un arma consigo, una Lugger alemana, la misma con que se suicidó, dicen que no se resignaba a la decadencia física y sexual. Está enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.
Siempre estuvo obsesionado con la muerte. El Guerra, dijo de él : «El que quiera verlo, que se dé prisa, antes de que lo mate un toro», llevaba siempre un arma consigo, una Lugger alemana, la misma con que se suicidó, dicen que no se resignaba a la decadencia física y sexual. Joselito le había ganado la partida muriendo en plena faena en la plaza de toros de Talavera.
Gabinete Caligari le dedicó una canción, incluida en el disco «Que Dios reparta suerte», publicado en 1983. El vocalista de este grupo Jaime Urrutia, era aficionado a los toros, afición que todavía conserva en la actualidad y que le venía de familia pues su padre, Julio de Urrutia, ejercía de crítico taurino.
El “pasmo de Triana” domina la muerte,
iluminado su arrogante perfil.
Juan Belmonte en el ruedo,
una estatua de pasión,
sólo él me conmovió.
Viva la muerte
con la ‘luger’ en la mano,
sangre española rodó rabiosa de su sién.
Juan Belmonte en el ruedo,
una estatua de pasión,
sólo él me conmovió.
Para, templa y manda,
el pasmo ya no anda.
Seduce a tus amigos
y diles la verdad,
después de él nadie más
Sangre española ¿A qué toro te arrimas hoy?
Una pistola puso fin a tu valor.
Sangre española ¿En qué plaza toreas hoy?
Para, manda y templa.
Belmonte nunca tiembla.
Seduce a tus amigos
y diles la verdad,
después de él nadie más
Sangre española ¿A qué toro te arrimas hoy?
Una pistola puso fin a tu valor.
Sangre española ¿En qué plaza toreas hoy?
Antonio Gala en «Paisaje con Figuras» tiene un excelente relato sobre Juan Belmonte
El personal de las bibliotecas Shoalhaven en Nueva Gales del Sur, Australia, hizo un vídeo musical para celebrar el final del año escolar.Ellos no sólo cantan, también bailan y hacen un coro con sus carros, tocan la guitarra invisible de aire, y muestran sus libros con la melodía de «Bohemian Rhapsody» de grupo The Queen. Todo un ejemplo de promoción a través de este vídeo viral con más de 200.000 visualizaciones en Youtube.
La Biblioteca Josep Soler Vidal rompió su silencio durante media hora, para alzar la vista de los libros por unos instantes y dejarse llevar por los ritmos de la música de los 80. Se trataba de una performance organizada por la misma biblioteca, con la inestimable ayuda de la escuela de danza Body & Soul. Informa: Lluís Martínez
La biblioteca de un lector es un espejo de su mente.Los libros que se leen y guardan reflejan los intereses cada lector, sus ideas y definen en alguna manera su personalidad. Una biblioteca refleja a su lector como los anillos del tronco de un árbol son un testimonio de su vida, recordamos el momento en que leímos cada libro, y las circunstancias que concurrieron en ese periodo de nuestra vida. También determinados libros nos hacen recordar como nos abrieron los ojos a nuevas realidades.En algunos casos el lector no puede recordar los detalles de las novelas que ha leído, o las conclusiones de ensayos o volúmenes de no ficción, pero con sólo mirar a la cubierta de un libro puede recordar las sensaciones que sintió cuando lo leyó.
Quienes leemos con regularidad,. normalmente tenemos un montón de libros que deseamos leer, y siempre tenemos una lectura en curso. Tenemos libros sobre la mesita de noche, ene l baño, en nuestro Kindle, y es probable que tengamos una pila de ellos pendientes de leer. Cuando terminamos de leer un libro, casi seguro tenemos ya elegido cual va a ser la próxima lectura. Además quienes leemos libros solemos tener otro montón de actividades de ocio relacionadas con la lectura como ver películas, escuchar música, ir a conciertos o al teatro.
Cuando visitamos una casa de alguien que tienen una gran biblioteca, nos sentimos indefectiblemente atraídos por sus estantes, miramos los títulos y buscamos entre aquellos libros si ese lector tiene gustos similares a los nuestros, o simplemente queremos descubrir aquellos libros que tiene que aún no hemos descubierto y que nos pueden interesar, lo que frecuentemente da pie a iniciar una conversación sobre los libros de la otra persona.Incluso si compartimos gustos similares o autores favoritos encontraremos un un lenguaje común. Si eres lector, y ye encuentra con otro lector, es como si encontraras un alma gemela. Por eso nuestras bibliotecas son un reflejo de nuestra personalidad.
Audrey Niffenegger. La mujer del viajero en el tiempo. Debolsillo, 2006. 9788483460474
CLARE: Hace fresco en la biblioteca, y huele a limpiador de moquetas, a pesar de que observo que el suelo es de mármol. Firmo en el listado de visitantes: «Clare Abshire, 11.15, 26/10/91, Antologías especiales». Nunca había estado en la biblioteca Newberry, y ahora que he traspasado la oscura y sobrecogedora entrada, estoy nerviosa. La biblioteca me inspira la misma sensación que la de una mañana de Navidad, como si se tratara de una enorme caja llena de preciosos libros. El ascensor está poco iluminado, y resulta sorprendentemente silencioso. Me detengo en el tercer piso y relleno un formulario para solicitar el carnet de socia, luego subo al departamento de Antologías Especiales. Los tacones de mis botas repiquetean en el suelo de madera. La sala está en silencio y abarrotada de gente, repleta de sólidas y recias mesas con montones de libros encima y lectores en torno a ellas. La luz matutina y otoñal de Chicago brilla y se cuela por los altos ventanales. Me acerco al mostrador y cojo unos cuantos papelitos de solicitud. Estoy escribiendo un trabajo para la clase de Historia del Arte. Mi tema de investigación es el Chaucer de Kelmscott Press. Voy a buscar el libro y relleno un papelito para pedirlo; pero también quiero consultar textos sobre la confección del papel en Kelmscott. El catálogo es confuso. Regreso al escritorio para pedir ayuda. Mientras le explico a la mujer que me atiende lo que intento localizar, ella echa un vistazo por encima de mi hombro y advierte a alguien que pasa detrás de mí.
—Quizá el señor DeTamble pueda ayudarla —me dice.
Me doy la vuelta, dispuesta a repetir mi explicación, y me encuentro cara a cara con Henry.
Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente en el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la de que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más que lo que nunca ha sido dicho. Paradójicamente, esa singularidad de la experiencia acaba volviéndose el vínculo más poderoso y común con nuestros semejantes, con quienes se parecen tanto a nosotros que son nuestros cómplices sin que lo sepamos, mujeres y hombres a los que nunca veremos porque vivieron antes que nosotros o porque no han nacido. Algunos de ellos viven en nuestro mismo tiempo y acaso respiran el aire de la misma ciudad, y sin embargo nos son tan lejanos como los muertos y los no nacidos, porque no los llegaremos a encontrar. Esa conspiración secreta justifica los libros, los que escribimos y los que leemos. Quien lee es tan poseído como quien escribe, y también, al leer, nada nos maravilla tanto como el descubrimiento de lo que ya sabíamos. Cada día nos roza la convicción platónica de que aprender es recordar, y de que todo amor y toda amistad encubren un reconocimiento, el de las dos mitades escindidas que se encuentran después de un largo destierro en el acto mutuo de la posesión.
Fernandes, José Carlos- La peor banda del mundo. Bilbao:AStiberri, 2013
ISBN 978-84-15163-99-2
La peor banda del mundo, de José Carlos Fernandes, es la obra más premiada de la historieta portuguesa, ofrece una visión de conjunto de una ciudad sin nombre, mezcla de la Praga de Kafka, el Nueva York de Ben Katchor y el Buenos Aires de Borges. En esta ciudad una torpe y desastrada banda de músicos, de intenciones vagamente jazzísticas y resultados puramente caóticos, ensaya con regularidad en el sótano de una sastrería. Sus miembros son Sebastián Zorn (saxofón tenor), Idalio Alzheimer (piano), Ignacio Kagel (contrabajo) y Anatole Kopek (batería). A pesar de que llevan tres décadas ensayando, nunca han conseguido actuar en directo.
Las aventuras de estos músicos carentes de talento le sirven de pretexto al autor para introducirnos en un mundo repleto de personajes entregados a ocupaciones improbables y preocupaciones inverosímiles que forman un puzzle lleno de humor y melancolía que pone en evidencia la notable capacidad de José Carlos Fernandes para retratar lo cotidiano.
Este primer volumen, de un total de dos, recopila los tres primeros tomos de la serie: El quiosco de la utopía, Museo Nacional de lo Accesorio y de lo Irrelevante y Las ruinas de Babel, que fueron publicados de forma individual por Devir, pero llevan varios años descatalogados.
El autor nos invita a replantear nuestro sistema de vida tal como lo conocemos, en el que las trampas de la creación literaria y las de la memoria se ponen de manifiesto en todas las personas, de toda condición física e intelectual, donde las referencias a Borges, Kafka, Pessoa o Calvino son constantes.
Entre los personajes que aparecen está Leopoldo Nazca, el director de la biblioteca municipal que preocupado por los hábitos de lectura de sus contemporáneos, vive demasiado ajeno al mundo para comprender porque han cambiado los hábitos de lectura. Ignora el prodigioso desarrollo de la cultura del ocio, que quita a las personas el tiempo y la paciencia necesarias para leer algo más largo y elaborado que las pegatinas de las ventanillas traseras de los coches. El mayor miedo de Leopoldo es que un fuego haga desaparecer la biblioteca. Ha tratado de elaborar una lista de los libros que salvaría de las llamas. Entre ellos: “Tiempo di Minueto” de Adoph Kriegspiel, “Las obras completas de Pierre Minaro”, “Lepidóptero asimétrico” de Leticia Kautsky, La edición en Braile de la “Enciclopedia de Tlön”…. Pero nunca consigue decidirse, todos le parecen igual de imprescindibles. Por lo cual su última decisión es que cuando llegue el fuego perecerá con la biblioteca.
«¿Cómo reconocer una obra de arte? ¿Cómo separarla, aunque sea sólo sea un momento, de su aparato crítico, de sus exegetas, de sus incansables plagiarios, de sus ninguneadores, de su final destino de soledad? Es fácil. Hay que traducirla. Que el traductor no sea una lumbrera. Hay que arrancarle páginas al azar. Hay que dejarla tirada en un desván. Si después de todo esto aparece un joven y la lee, y tras leerla la hace suya, y le es fiel (o infiel, que más da) y la reinterpreta y la acompaña en su viaje a los límites y ambos se enriquecen y el joven añade un gramo de valor a su valor natural, estamos ante algo, una máquina o un libro, capaz de hablar a todos los seres humanos: no un campo labrado sino una montaña, no la imagen del bosque oscuro sino el bosque oscuro, no una bandada de pájaros sino el Ruiseñor».