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Biblioteca Pública de Ali Smith

Smith, Ali. Biblioteca pública. Traducido por Magdalena Palmer. Barcelona: Nordica, 2024 https://nordicalibros.com/product/biblioteca-publica/

Biblioteca Pública es una novela que aborda temas fundamentales para la sociedad actual, utilizando las bibliotecas como un espejo de las tensiones contemporáneas. Ali Smith logra una obra literaria rica en matices, pero que puede resultar desafiante por su estilo narrativo no convencional. Es un libro que invita a pensar sobre el lugar de la cultura y el conocimiento en un mundo cambiante, al mismo tiempo que reivindica la necesidad de preservar los espacios públicos como lugares de encuentro y reflexión.

Biblioteca Pública de Ali Smith es una reflexión profunda y contemporánea sobre la importancia de las bibliotecas en la sociedad moderna, mientras explora temas de conexión, identidad, memoria y la evolución de lo público en tiempos de crisis. La autora, conocida por su estilo único de narración y su capacidad para mezclar lo real con lo metafórico, nos ofrece en esta obra una meditación literaria sobre cómo los espacios públicos, y en particular las bibliotecas, se convierten en refugios vitales para la comunidad, especialmente en un mundo marcado por el individualismo y el aislamiento.

Una de las principales virtudes de Biblioteca Pública es su forma de explorar la relación simbiótica entre la biblioteca y las personas que la utilizan. A través de personajes diversos y complejos, Smith nos presenta cómo la biblioteca actúa como un punto de encuentro entre distintas realidades, un lugar que preserva la memoria colectiva y personal. La autora no solo celebra el papel de las bibliotecas como lugares de aprendizaje y conocimiento, sino que también aborda su relevancia en tiempos de transformación social y política, un tema muy pertinente dado el contexto actual de inestabilidad global y el declive de lo público en muchos países.

El estilo narrativo de Ali Smith es inconfundible: fragmentado, fluido y a menudo no lineal. A lo largo del libro, los saltos temporales y las voces narrativas multiplicadas generan una sensación de dinamismo y de múltiples perspectivas sobre el mismo tema. Sin embargo, este enfoque también puede ser desafiante para algunos lectores, que tal vez prefieran una estructura más coherente o una mayor claridad en el desarrollo de los personajes. La autora juega con la ambigüedad y la incertidumbre, lo que puede hacer que algunas partes de la novela se sientan dispersas o difíciles de seguir, aunque también agrega una capa de profundidad que invita a la reflexión.

Otro aspecto destacado de Biblioteca Pública es su crítica velada a la precariedad del sistema público y cultural en muchos países. Smith utiliza la biblioteca como un microcosmos de lo que está en juego cuando las instituciones públicas son desmanteladas o subfinanciadas. La obra pone de relieve el valor de estos espacios no solo como guardianes de la información, sino también como símbolos de resistencia ante un mundo cada vez más privatizado y deshumanizado.

FRAGMENTO de Ali Smith, Biblioteca pública y otras historias

«Creo que las bibliotecas son esenciales para una democracia informada y participativa, y que por ello existe una guerra ideológica contra ellas a través de recortes y cierres, privando a individuos y comunidades de su derecho al conocimiento y a convertirse en sus propios términos».

«Como las bibliotecas siempre han formado parte de cualquier civilización, no son negociables. Forman parte de nuestra herencia».

«Hola. Este libro te desea lo mejor. Te desea el mundo. Te desea un lugar cálido, seguro, bien iluminado, reflexivo, libre, abierto a todo el mundo, donde estarás rodeado de libros y de todas las formas posibles de leerlos. Te desea ferocidad y determinación si alguien o algo amenaza con quitarte el libre acceso al lugar, al espacio, al tiempo, al pensamiento, al conocimiento. Te desea bibliotecas, interminables bibliotecas públicas».

«Este mismo libro en manos de un desconocido, medio conocido. Esos lectores, almas gemelas, casi amigos. Estás en transición; estás en el umbral. La biblioteca es el lugar que te atrapa. Oro puro. – Jackie Kay»

«Las bibliotecas han sido una parte esencial de mi vida y de mi trabajo durante setenta y cinco años. En mi infancia (nací en 1932) solo estaba permitido inscribirse en la biblioteca a partir de los siete años. En 1939 lo hice con gran sensación de respeto y emoción. En 1949, a los diecisiete años, acabé la secundaria y empecé a trabajar y formarme como bibliotecaria, y finalmente me jubilé en 1996, tras cuarenta años de servicio. Durante todo ese tiempo fui testigo del valor y la necesidad de las bibliotecas para toda la población.» Pat Hunter

«Democracia o lectura, democracia del espacio: nuestra tradición de biblioteca pública, dondequiera que vivamos en el ancho mundo, nos fue increíblemente duramente ganada por las generaciones que nos precedieron y debe ser protegida, no sólo por nosotros mismos, sino en nombre de todas las generaciones que nos sucedan».

«En otros lugares no hay teléfonos móviles. En otros lugares el sueño es profundo y las mañanas maravillosas. En otros lugares el arte es infinito, las exposiciones son gratuitas y las galerías están abiertas las veinticuatro horas del día. En otros lugares el alcohol es una broma que a todo el mundo le hace gracia. En otros lugares todo el mundo es tan acogedor como lo sería si volvieras a casa después de mucho tiempo fuera y te echaran mucho de menos. En otros lugares nadie te para por la calle y te pregunta si eres católico o protestante, y cuando respondes que no, que soy musulmán, te preguntan si eres católico o protestante. En otros lugares no hay religiones. En otros lugares no hay fronteras. En otros lugares nadie es un refugiado o un solicitante de asilo cuya valía puede ser decidida por un gobierno. En otros lugares nadie es algo sobre lo que pueda decidir nadie. En otros lugares no hay ideas preconcebidas. En otros lugares se corrigen todos los errores. En otros lugares los supermercados no son nuestros dueños. En otros lugares usamos las manos como vasos y los ríos están limpios y son potables. En otros lugares las palabras de los políticos alimentan el corazón. En otros lugares los charlatanes son conocidos por su sabiduría. En otros lugares la historia ha sido amable. En otros lugares, nadie diría jamás las palabras «que vuelva la pena de muerte». En otros lugares, las tumbas de los muertos están vacías y sus espíritus vuelan sobre las ciudades en formaciones instintivas y cambiantes que asombran a la vista. En otros lugares, los poemas anulan el encarcelamiento. En otros lugares hacemos el tiempo de otra manera. Cada vez que viajo, me dirijo hacia él. Cada vez que vuelvo a casa, lo busco»

La biblioteca de Kensal Rise, construida por suscripción pública en un solar donado por el All Souls College de Oxford, fue ceremoniosamente inaugurada por Mark Twain en el año 1900. El Ayuntamiento de Brent la clausuró en 2011 y la vendió a una promotora llamada Platinum Revolver. Durante los cuatro años siguientes, la presión pública para salvar y proteger la biblioteca fue tan intensa que los constructores que están convirtiendo el espacio en pisos (Uplift Property, cuyo eslogan es «hogares para hacerte feliz») se han visto obligados a elaborar unos planos de reurbanización que incluyen tanto espacio público como espacio destinado a una biblioteca.

Recuerdo las bibliotecas de barrio

«Recuerdo las bibliotecas de barrio fundadas por hombres pobres e idealistas que, con grandes esfuerzos, luego de todo un día de trabajo, aún tenían ánimo para atender cariñosamente a los chicos, ansiosos de fantasías y aventuras. Desde mi modesto cuartito de la calle 61, me embargaba hacia los mundos de Salgari y de Julio Verne; así como más tarde me recreé en las grandes creaciones del romanticismo alemán: Los bandidos de Schiller, Chateaubriand, el Goetz Von Berlichingen, Goethe…»

ERNESTO SABATO
Antes del fin

Instrucciones de María Moliner a los bibliotecarios rurales




A los bibliotecarios rurales

María Moliner

Estas Instrucciones van especialmente dirigidas a ayudar en su tarea a los bibliotecarios provistos de poca experiencia y que tienen a su cargo bibliotecas pequeñas y recientes. Porque, si el éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del bibliotecario, esto es tanto más verdad cuanto más corta es la historia o tradición de ese establecimiento. En una biblioteca de larga historia, el público ya experimentado, lejos de necesitar estímulos para leer, tiene sus exigencias, y el bibliotecario puede limitarse a satisfacerlas cumpliendo su obligación de una manera casi automática. Pero el encargado de una biblioteca que comienza a vivir ha de hacer una labor mucho más personal, poniendo su alma en ella. No será esto posible sin entusiasmo, y el entusiasmo no nace sino de la fe. El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión para contribuir a este mejoramiento.

No será buen bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles: «Mire usted: en este pueblo son muy cerriles: usted hábleles de ir al baile, al fútbol o al cine, pero… ¡A la biblioteca…!».

No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura!

Ellos presienten, en efecto, que es cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados: sienten también que la cultura que a ellos les está negada es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etcétera. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden pidiendo, cultura, cultura… Pero, claro, si se les pregunta qué es concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada por generaciones y generaciones.

Tú, bibliotecario, sí debes saberlo, y debes comprenderles y disculparles y ayudarles. No es extraño que una biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada si se la confía a su propia suerte: no es extraño que el libro cogido con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre; pero no ocurre sólo en tu pueblo, ni lo hacen sólo tus convecinos; ocurre en todas partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.

La segunda cosa que necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión. Para valorarla, pensad tan sólo en lo que sería nuestra España si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas…!

Pues bien: esta es la tarea que se ha impuesto y que está llevando a cabo el Ministerio de Instrucción Pública por medio de su Sección de Bibliotecas y en la que vosotros tenéis una parte esencialísima que realizar.

Fuente

(*) Prólogo de Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. Valencia (España), 1937.

Borges anticipó con su relato uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo la era de la información y la desinformación

“Esa fabulosa biblioteca contenía (dicho en palabras de hoy)
toda la información posible, porque cualquier posible conjunto
de palabras estaba en alguna de sus inagotables estanterías.
Libros buenos y malos, mediocres; falsos y auténticos, medio
falsos y medio verdaderos: todos”.


Borges “La Biblioteca de Babel”

La célebre Biblioteca de Babel de Borges es una metáfora poderosa sobre la infinitud de la información. En ella, cualquier combinación posible de palabras existe y, por tanto, también existen todos los libros concebibles: los verdaderos y los falsos, los geniales y los mediocres, los que tienen sentido y los que son puro desvarío. En ese universo total, los habitantes de la biblioteca están condenados a buscar sin descanso fragmentos de sentido entre estanterías interminables, donde cada texto valioso está sepultado por millones de textos absurdos. Tener acceso a toda la información posible no significa, por tanto, alcanzar el conocimiento; más bien implica enfrentarse a un caos abrumador del que es casi imposible extraer certezas.

La comparación con Internet hoy resulta inevitable. Nuestra red global funciona como una Babel contemporánea: una vastísima acumulación de textos, imágenes, vídeos y datos en la que conviven noticias reales con bulos, obras maestras con contenidos triviales, información rigurosa con opiniones infundadas. Al igual que en la biblioteca borgiana, en Internet también está todo, pero ese “todo” no garantiza encontrar lo que buscamos, ni mucho menos la verdad. El problema ya no es solo acceder a la información, sino saber discernir entre lo valioso y lo irrelevante, entre lo auténtico y lo falso, entre lo que aporta conocimiento y lo que solo genera ruido.

En el universo de Borges, los bibliotecarios desesperaban tratando de dar sentido a los interminables anaqueles. Hoy, nosotros cumplimos ese mismo papel cada vez que navegamos por Internet, aunque ahora contamos además con la ayuda —o quizás la trampa— de los algoritmos. Estas fórmulas invisibles filtran los contenidos y deciden qué parte de la biblioteca infinita nos muestran, moldeando nuestra percepción del mundo y condicionando nuestras búsquedas. Así, a la dificultad de encontrar sentido dentro del exceso, se suma el riesgo de quedar atrapados en burbujas de información que refuerzan nuestras propias ideas y nos alejan aún más de una posible verdad común.

En definitiva, Borges anticipó con su relato uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: que el exceso de información puede ser tan paralizante como la falta de ella. Frente a esta Babel digital en la que vivimos, nuestra tarea es desarrollar pensamiento crítico, crear filtros responsables y, sobre todo, no perder la voluntad de seguir buscando sentido entre el caos.

La Antibiblioteca de Umberto Eco: El valor de los libros no leídos

Maria Popova, «Umberto Eco’s Antilibrary: Why Unread Books Are More Valuable to Our Lives than Read Ones», The Marginalian (blog), 24 de marzo de 2015, https://www.themarginalian.org/2015/03/24/umberto-eco-antilibrary/.

La idea de la «antibiblioteca», propuesta por Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro, se basa en la relación del escritor Umberto Eco con los libros. Dueño de una biblioteca personal de 30.000 volúmenes, Eco distinguía entre visitantes según su reacción ante su colección. Algunos preguntaban cuántos libros había leído, mientras que otros comprendían que el valor de su biblioteca no residía en los libros ya leídos, sino en los no leídos: herramientas para explorar lo desconocido y expandir el conocimiento.

Taleb argumenta que una biblioteca personal debe contener tantas obras como sea posible sobre temas que el propietario aún no conoce. Los libros no leídos, que miran al lector «de forma amenazante», simbolizan la creciente conciencia de la propia ignorancia a medida que se aprende más. Este concepto, llamado «antibiblioteca», subraya que cuanto más sabemos, más nos damos cuenta de lo que nos falta por aprender.

El ensayo conecta esta idea con el término japonés tsundoku, que describe el hábito de acumular libros sin leer, y con la relación humana entre el conocimiento y la ignorancia. A menudo tratamos el conocimiento como un bien personal o una herramienta de estatus, pero Taleb sugiere adoptar la mentalidad de un «antiescolar»: alguien que valora lo que no sabe y evita tratar su conocimiento como una posesión.

«El escritor Umberto Eco pertenece a esa pequeña clase de eruditos enciclopédicos, perspicaces y aburridos. Poseedor de una gran biblioteca personal (con treinta mil libros), divide a los visitantes en dos categorías: los que reaccionan con un «¡Vaya! Signore professore dottore Eco, ¡qué biblioteca tiene usted! ¿Cuántos de estos libros ha leído?» y los otros -una minoría muy pequeña- que entienden que una biblioteca privada no es un apéndice para aumentar el ego, sino una herramienta de investigación. Los libros leídos tienen mucho menos valor que los no leídos. La biblioteca debería contener tanto de lo que no sabes como te permitan tus medios económicos, los tipos de interés de las hipotecas y el ajustado mercado inmobiliario actual. Acumularás más conocimientos y más libros a medida que envejezcas, y el creciente número de libros sin leer en las estanterías te mirará amenazadoramente. En efecto, cuanto más sepas, mayores serán las filas de libros sin leer. Llamemos a esta colección de libros sin leer antilibrería.»

Eco también reflexionó sobre la necesidad humana de llenar vacíos de conocimiento, incluso imaginando mundos ficticios, como en su Enciclopedia de tierras imaginarias. Según Taleb, esto refleja una tendencia a subestimar el valor de las sorpresas y lo desconocido, mientras sobreestimamos lo que creemos saber.

La antibiblioteca invita a cambiar nuestra relación con el conocimiento, enfocándonos en las posibilidades de descubrimiento, aceptando lo incierto y abrazando la humildad intelectual.

Si los bibliotecarios fueran honestos

Si los bibliotecarios fueran honestos,
no sonreirían, ni actuarían
acogedores. Dirían,
Tienes que tener cuidado. Aquí
monstruos. Dirían,
Estas habitaciones albergan paganos
y herejes, asesinos y
maníacos, ilusos, desesperados,
y disolutos. Dirían,
Estos libros contienen el conocimiento
de la muerte, el deseo y la decadencia,
traición, sangre y más sangre;
cada uno es una caja de Pandora, así que ¿por qué
querrías abrir una.
Pondrían señales
advirtiendo que el contacto
podría resultar en cambios de humor,
cambios severos en la visión,
y efectos que alteran la mente.
Si los bibliotecarios fueran honestos
admitirían que las estanterías
pueden ser más seductoras e
que el porno. Al fin y al cabo,
una vez que has visto unos cuantos
pechos, vaginas y penes,
más es simplemente más,
una banalidad reconfortante,
pero los estantes de una biblioteca
contienen novedades sensacionales,
una mezcla escandalosa y permisiva
de Malcolm X, Marx, Melville,
Merwin, Millay, Milton, Morrison,
y cualquiera puede echarles un vistazo,
llevárselos a casa o a algún rincón
donde pueden ser corrompidos
e impregnarse de ideas.
Si los bibliotecarios fueran honestos,
dirían: «Nadie
pasa tiempo aquí sin ser
cambiado. Quizá deberías
irte a casa. Mientras puedas.

Joseph Mills

La biblioteca, la comunidad silenciosa de los libros

«Aunque la biblioteca estaba en silencio, podían surgir conversaciones susurradas en los estantes -quizá dos de ustedes buscaban el mismo libro antiguo, los mismos volúmenes encuadernados de Brain de 1890- y las conversaciones podían desembocar en amistades. Todos los que estábamos en la biblioteca leíamos nuestros propios libros, absortos en nuestros propios mundos, y sin embargo había una sensación de comunidad, incluso de intimidad. El aspecto físico de los libros -junto con sus lugares y sus vecinos en las estanterías- formaba parte de esta camaradería: manejar los libros, compartirlos, pasárselos unos a otros, incluso ver los nombres de los lectores anteriores y las fechas en que sacaron los libros.»

Oliver Sacks