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Dune de Frank Herbert y la inteligencia artificial: la verdadera amenaza no son las máquinas, sino quienes las controlan

«Una vez los hombres entregaron su pensamiento a las máquinas con la esperanza de que esto les liberaría. Pero eso sólo permitió que otros hombres con máquinas los esclavizaran».

Frank Herbert, Dune

Frank Herbert, autor de Dune, ofrece en su obra una advertencia que trasciende los tópicos habituales de la ciencia ficción sobre inteligencia artificial. En lugar de imaginar máquinas autoconscientes que se rebelan contra la humanidad —como ocurre en Terminator o con HAL 9000 en 2001: Odisea del espacio—, Herbert sitúa el verdadero peligro no en la IA en sí, sino en los seres humanos que la crean y la controlan. En una frase clave que aparece en la Biblia Católica Naranja, Paul Atreides recuerda: «Hubo un tiempo en que los hombres entregaron su pensamiento a las máquinas con la esperanza de que eso los liberara. Pero eso solo permitió que otros hombres, con máquinas, los esclavizaran.» (Dune, pág. 14). Esta línea condensa una advertencia profundamente política, filosófica y atemporal.

Herbert denuncia el acto de renunciar al pensamiento propio, de delegar en sistemas automáticos lo que debería seguir siendo responsabilidad humana: el juicio, la reflexión y la toma de decisiones. El problema, según él, no es que las máquinas adquieran conciencia o se vuelvan más inteligentes que nosotros, sino que permitimos que nos reemplacen en funciones esenciales para nuestra autonomía. En ese sentido, Dune no plantea un problema de control técnico de la IA, sino un dilema existencial y ético: al dejar de pensar por nosotros mismos, quedamos a merced de quienes programan, gestionan o se benefician de esos sistemas.

Esta crítica se hace visible en el universo de Dune a través de su solución radical: después de una guerra apocalíptica contra las máquinas pensantes (la Yihad Butleriana), la humanidad renuncia por completo al desarrollo de inteligencias artificiales. En su lugar, decide potenciar al máximo las capacidades humanas, dando lugar a figuras como los Mentats (calculadores lógicos), las Bene Gesserit (entrenadas en el autocontrol y la manipulación mental) y los Navegantes de la Cofradía (capaces de prever rutas del espacio-tiempo). Todo esto responde a una visión en la que la evolución humana debe basarse en la interioridad, no en la externalización tecnológica.

Mientras otros autores de ciencia ficción, como Isaac Asimov, proponían leyes para controlar a los robots, o mostraban futuros donde la IA se descontrola, Herbert plantea que la verdadera esclavitud surge cuando dejamos que otros piensen por nosotros, aunque sea a través de máquinas muy eficientes. Su mensaje sigue teniendo una vigencia asombrosa: en plena era de algoritmos que condicionan nuestras elecciones, desde lo que compramos hasta lo que votamos, el peligro no está en la inteligencia de la IA, sino en la pasividad de los usuarios y en el poder acumulado por quienes la manejan.

Lejos de ser un tecnófobo, Herbert fue un visionario que supo ver que el mayor riesgo no es la rebelión de las máquinas, sino la rendición del pensamiento humano. Su obra es una llamada a no entregar nuestras decisiones más importantes —ni nuestra libertad— a sistemas que prometen eficiencia a costa de autonomía. En ese sentido, Dune ofrece una advertencia más relevante que nunca en la era de la inteligencia artificial.

Los bibliotecarios deben intentar fomentar la lectura

«Siempre he pensado que los bibliotecarios deben intentar fomentar la lectura, no criticarla. Lo que interesa es proporcionarle a la gente una buena experiencia. ¿Quién eres tú para juzgar cuál debe ser esa experiencia?»


ALISON WHEELER, miembro de la Orden del Imperio británico, exdirectora general de las Bibliotecas de Suffolk, activista bibliotecaria y miembro del consejo de administración del Chartered Institute of Library and Information Professionals

Ella era digital

Ella era digital

A principios de los años 80, España fue testigo de uno de los congresos de lo que en ese entonces era DOCUMAT, hoy conocido como Fesabid. Durante un debate, una bibliotecaria de apariencia tradicional sorprendió a todos al expresar su preferencia por lo digital. A simple vista, era el prototipo de la bibliotecaria clásica: gafas de pasta, moño recogido, falda de tablas gris a cuadros y zapatos de monja con calcetines. Los asistentes la miraron con sorpresa, expectantes de su argumento.

Con calma, la bibliotecaria explicó que, en realidad, prefería los sistemas manuales de fichas a los catálogos automatizados, ya que disfrutaba «usando los dígitos» para buscar libros. Su preferencia no se refería al concepto de digitalización en términos tecnológicos, sino a la experiencia táctil del sistema tradicional: le gustaba sumergirse en la actividad de pasar las fichas con los dedos (digitus en latín), una tarea que para ella representaba la esencia misma del trabajo bibliotecario. En su caso, los «dígitos» eran los dedos, no los bytes, y ese gesto le confería una conexión más profunda con el proceso de búsqueda.

Este contraste entre lo digital y lo manual, aunque irónico, refleja una división generacional que aún hoy persiste en muchos ámbitos profesionales. Mientras que los sistemas de automatización han transformado las bibliotecas, algunas personas, como ella, siguen valorando lo tangible, lo que les permite sentir una relación más directa con el objeto de su trabajo. En su caso, la máquina no podría reemplazar la satisfacción de los dedos recorriendo las fichas, una acción que, para ella, era tan esencial como la información misma.

El Bibliotecario Bibliófago

El Bibliotecario Bibliófago

Mi profesión, decía el bibliotecario bibliofago, es, en cierto modo, una contradicción. Con una mirada seria y calculada, me explicaba, con lujo de detalles, los pormenores del Real Decreto 64/1994, que modificaba el Real Decreto 111/1986, sobre el desarrollo de la Ley 16/1985, del Patrimonio Histórico Español. Su voz profunda y meticulosa desglosaba cada apartado: «El acto por el que se incoa el expediente deberá describir para su identificación el bien objeto del mismo. En caso de bienes inmuebles, deberá delimitar la zona afectada…».

Mientras yo trataba de comprender la complejidad de sus palabras legales, él, absorto en su propio ritual, arrancaba una pequeña esquina del libro que tenía sobre la mesa. Lo acariciaba como si fuera un objeto preciado, lo redondeaba con sus dedos, formando una bola diminuta que, con una delicadeza desconcertante, llevaba a sus labios. La masticaba lentamente, como si esa pequeña parte del libro tuviera algún tipo de sustancia vital. Su comportamiento era extraño, incluso para un bibliotecario, pero su pasión por los libros no conocía límites. Cada pedazo que consumía parecía darle más energía, como si se alimentara del conocimiento y la historia que estos contenían.

La escena, tan surrealista como perturbadora, me hizo reflexionar sobre el vínculo que los bibliotecarios, en su amor por los libros, pueden llegar a tener con ellos. Mientras algunos los preservan, otros, como él, parecen desear consumirlos de manera simbólica, como si, al hacerlo, pudieran apropiarse del conocimiento de una forma aún más íntima.

Relato corto de Julio Alonso Arévalo

Publicado en https://bibliotecariobibliofago.blogspot.com/

1 de noviembre de 2007

La extraña muerte de un bibliotecario accidental (y otros) recuerdos de un bibliotecario rural

Sola Bernabé, Manuel. La extraña muerte de un bibliotecario accidental (y otros) recuerdos de un bibliotecario rural. Asociación Cultural Gremio Luna, 2023.

Primeras páginas

El libro La extraña muerte de un bibliotecario accidental (y otros) recuerdos de un bibliotecario rural de Manuel Sola Bernabé es una biografía novelada que rinde homenaje a las bibliotecas públicas y sus bibliotecarios. A través de humor e ironía, narra la vida de Javier Montilla, un bibliotecario accidental en un pueblo andaluz.

Dividido en dos partes, la primera relata cómo un joven diplomado en Biblioteconomía llega a dirigir una humilde biblioteca rural. La segunda parte recoge relatos de lectores habituales, mostrando el papel fundamental de las bibliotecas en la vida de sus usuarios. Aunque comienza con un aparente misterio—las enigmáticas últimas palabras del bibliotecario—el libro no es una novela negra, sino una reflexión sobre la pasión por la lectura y el impacto de los libros en las personas.

FRAGMENTO

«Así que sí es posible» fueron las últimas palabras que Javier Montilla, bibliotecario accidental, pronunció en su dilatada vida de funcionario local tras leer título y autor del libro sobre el que cayó inerte su cabeza.

Dos asustados estudiantes adolescentes, únicos testigos presentes en la biblioteca pública del pueblo en aquella aciaga tarde del mes de febrero del 88, repitieron una y otra vez esas palabras al sargento de la Guardia Civil, jurando que eso fue exactamente lo que el bibliotecario exclamó un momento antes de que el sonido seco de su cabeza estrellándose contra la mesa los animara a huir despavoridos.

Las teorías sobre las causas de la muerte del bibliotecario por castigo no tardaron en recorrer las angostas y empinadas calles del pequeño pueblo andaluz al pie de las montañas: envenenado por un libro maldito, como en aquella famosa novela; asesinado por el alcalde, para quien no fue suficiente castigar, por segunda vez, al pobre funcionario con un trabajo tan aburrido; suicidio al no poder soportar la idea de su próxima jubilación.

Incontables y descabelladas fueron las hipótesis hasta que la infalible autopsia dejó claro el motivo del inesperado deceso: otro corazón que había decidido, sin preaviso, abandonar a su eventual propietario.

Nadie en aquel momento, ni siquiera la infalible, supo explicar el significado de las últimas palabras de Javier Montilla.

«Así que sí es posible… ¿qué?», se preguntaron en el pueblo.

Como manda el refranero popular, la generosa ingesta de vino tras un entierro es obligada «o el tuyo viene de camino». En aquella fría tarde de febrero, varias decenas de supersticiosos vecinos abarrotaron los bares del pueblo para honrar la «fastidiosa» y báquica costumbre, y, entre tiento y tiento, interrogarse unos a otros por el sentido de esas misteriosas últimas palabras del bibliotecario. Tras el tercer vaso del bizarro caldo local hubo quien propuso nombrar una calle con la ya famosa expresión final.

No hubo vecino o autoridad que en aquellos días reparase en el libro que el desdichado Montilla había empezado a leer; lectura que llevó al infortunado bibliotecario accidental a percatarse de algún equívoco, falsedad o error en su vida.

Un año después del infausto suceso, recién titulado en la flamante y desconocida carrera universitaria de Biblioteconomía de Granada, durante mi toma de posesión como nuevo bibliotecario del pueblo descubro un libro de tapa dura y portada roja sobre la mesa. Intuyo que se trata del mismo que sostenía mi antecesor en el instante del óbito. Leo título y autor.

Levanto la mirada. Recuerdo mi primera visita a la Biblioteca y la conversación con Montilla, siete años atrás. El secreto oculto tras aquel enigmático «así que sí es posible» queda resuelto.

Las bibliotecas como centros sociales y lugares de trabajo

«Las bibliotecas universitarias, atendiendo a las exigencias de los estudiantes, son ahora en la misma medida centros sociales y lugares de trabajo, y el silencio catedralicio que las caracterizaba es algo del pasado. En este sentido, las bibliotecas recuerdan hoy a un modelo previo, pionero en el Renacimiento, en el que eran a menudo espacios sociales animados en los que los libros competían por la atención con pinturas, esculturas, monedas y curiosidades».

Pettegree, Andrew, y Arthur Der Weduwen. Bibliotecas: Una historia frágil

Bibliotecas: Una historia frágil

Pettegree, Andrew, y Arthur Der Weduwen. Bibliotecas: Una historia frágil. Traducido por Enrique Maldonado Roldán, 2024.

A lo largo de la historia, las bibliotecas no han sido valoradas de manera constante por todas las generaciones. En lugar de ser destrucción gratuita, muchas veces se trataba de abandono y devaluación, pues los libros de una era a menudo no eran relevantes para la siguiente. Aunque las bibliotecas se enfrentan a una crisis en la actualidad, especialmente con la reducción de presupuestos, el abandono de edificios antiguos y la disminución de interés por las colecciones históricas, también muestran signos de adaptación, como la renovación de las médiathèques en Francia y las bibliotecas universitarias que ahora sirven como centros sociales.

La historia de las bibliotecas no sigue una línea recta de progreso, sino un ciclo de creación, dispersión, decadencia y reconstrucción. Aunque las colecciones se deterioran con el tiempo debido a factores naturales, la recuperación siempre ha sido posible, como lo demuestra la historia de la Biblioteca Bodleiana de Oxford. Las bibliotecas evolucionan a lo largo del tiempo y su relevancia depende de las decisiones que cada generación tome sobre su conservación y propósito.


Fragmentos

«Lo que Naudé no abordó en sus textos fue la incómoda verdad que el paso de los siglos impone a las bibliotecas: ninguna sociedad se ha mostrado nunca satisfecha con las colecciones heredadas de las generaciones anteriores. Lo que con frecuencia veremos en este libro no es tanto la aparente destrucción gratuita de hermosos artefactos, tan lamentada en anteriores estudios de la historia de las bibliotecas, sino abandono y desprecio, pues los libros y las colecciones que representan los valores y los intereses de una generación a menudo no interpelan a la siguiente. El destino de muchas bibliotecas fue el lento deterioro en desvanes y edificios en ruinas, aunque esta situación solo fuera el preludio de su renovación y renacimiento en los lugares más inesperados.».

«Las mismas batallas se repitieron una y otra vez, marcando la biblioteca como un espacio político. ¿Debían los lectores de las nuevas bibliotecas públicas del siglo XIX tener los libros que deseaban, o libros que les hicieran mejores, personas más cultas? Este encarnizado debate siguió resonando hasta bien entrado el siglo XX:»

«En 1748, el conde de Chesterfield trasladó una recomendación útil a su hijo:

Compra buenos libros y léelos; los más valiosos son los más comunes, y las últimas ediciones son siempre las mejores, siempre y cuando los editores no sean unos zopencos, pues pueden beneficiarse de las previas. Pero procura no profundizar demasiado en ediciones y créditos. Siempre tiene un aroma a pedantería y rara vez a conocimiento. Los libros curiosos que tengo son, de hecho, pocos […]. Cuídate de la bibliomanía.»

«Las bibliotecas universitarias, atendiendo a las exigencias de los estudiantes, son ahora en la misma medida centros sociales y lugares de trabajo, y el silencio catedralicio que las caracterizaba es algo del pasado. En este sentido, las bibliotecas recuerdan hoy a un modelo previo, pionero en el Renacimiento, en el que eran a menudo espacios sociales animados en los que los libros competían por la atención con pinturas, esculturas, monedas y curiosidades».

«La flexibilidad de la compilación, la capacidad de crear textos a medida a partir de segmentos de otras obras, era una de las características clave que distinguían el mundo del libro manuscrito de la era de la imprenta, en la que el orden y la naturaleza de los textos se establecían antes de que llegaran a manos del comprador. Esta pérdida de autonomía en la creación de libros sería una de las principales fuentes de pesar entre los coleccionistas establecidos en la transición del manuscrito a la imprenta en el siglo XV».

» … Pero la biblioteca pública -en el sentido de una colección financiada y disponible gratuitamente para cualquiera que quiera utilizarla- sólo existe desde mediados del siglo XIX, una mera fracción de la historia de la biblioteca en su conjunto. Si hay una lección de la historia secular de la biblioteca, es que las bibliotecas sólo duran mientras la gente las considera útiles».


La biblioteca no es una suma de libros, es un organismo vivo con una vida autónoma

«El bibliófilo recopila libros para tener una biblioteca. Parece obvio, pero la biblioteca no es una suma de libros, es un organismo vivo con una vida autónoma.»

UMBERTO ECO
La memoria vegetal (2021)

¿Los has leído todos?

El bibliófilo recopila libros para tener una biblioteca. Parece obvio, pero una biblioteca no es solo una suma de libros: es un organismo vivo con una vida autónoma. Una biblioteca en casa no es simplemente un lugar donde se almacenan libros; es también un espacio que los lee por nosotros. Me explico.

Creo que todos los que poseen un número considerable de libros en casa han convivido durante años con el remordimiento de no haber leído algunos. Esos libros nos han observado desde las estanterías, recordándonos nuestro pecado de omisión. Esto ocurre aún más en el caso de una biblioteca de libros raros, que a veces están escritos en latín o incluso en lenguas desconocidas. Además, un hermoso libro antiguo puede resultar, en ocasiones, aburridísimo.

Sin embargo, de vez en cuando sucede que, un día, tomamos uno de esos libros olvidados, empezamos a hojearlo y descubrimos, con sorpresa, que ya conocíamos todo su contenido. Este fenómeno singular, que muchos pueden atestiguar, tiene solo tres explicaciones razonables.

La primera es que, al haber manipulado el libro varias veces a lo largo de los años —ya sea para cambiarlo de sitio, quitarle el polvo o simplemente apartarlo para tomar otro—, algo de su sabiduría se ha transmitido a nuestro cerebro a través de la yema de los dedos, como si lo hubiéramos leído táctilmente en un alfabeto Braille. Yo soy seguidor del CICAP, el Comité Italiano para la Investigación de Afirmaciones Pseudocientíficas, y no creo en los fenómenos paranormales; pero en este caso, sí. Entre otras razones, porque no considero que el fenómeno sea paranormal: es perfectamente normal y está certificado por la experiencia cotidiana.

La segunda explicación es que no es cierto que no hayamos leído ese libro. Cada vez que lo movíamos de lugar o le quitábamos el polvo, le echábamos un vistazo. Alguna página se abría al azar, algún detalle del diseño gráfico, la textura del papel o los colores evocaban una época, un ambiente. Y así, poco a poco, hemos ido absorbiendo gran parte de su contenido.

La tercera explicación es que, con el paso de los años, hemos leído otros libros en los que se hablaba de ese mismo. Sin darnos cuenta, hemos asimilado sus ideas: ya sea porque se trata de un libro célebre, ampliamente comentado, o porque sus ideas son tan comunes que las hemos encontrado en múltiples ocasiones.

En realidad, creo que las tres explicaciones son ciertas. Todos estos elementos se combinan de manera casi milagrosa y contribuyen a hacernos familiares esas páginas que, desde un punto de vista puramente legal, nunca hemos leído.

Naturalmente, el bibliófilo —especialmente aquel que colecciona libros contemporáneos— está expuesto a la impertinencia del visitante que, al ver todas esas estanterías, exclama: «¡Cuántos libros! ¿Los has leído todos?». La experiencia nos dice que esta pregunta la hacen incluso personas con un cociente intelectual satisfactorio.

Ante tal ultraje, existen, en mi opinión, tres respuestas estándar. La primera corta en seco la conversación y es: «No he leído ninguno; si no, ¿para qué los tendría aquí?». Sin embargo, esta respuesta solo refuerza la sensación de superioridad del visitante indiscreto, y no veo por qué deberíamos hacerle semejante favor.

La segunda respuesta sitúa al importuno en una posición de inferioridad y dice así: «¡Muchos más, señor, muchísimos más!».

La tercera es una variación de la segunda y la utilizo cuando quiero dejar al visitante sumido en un asombro desconcertante. «No —le digo—, los que ya he leído están en la universidad; estos son los que debo leer para la semana que viene».

Lo que el pobre infeliz no sabe es que una biblioteca no es solo el depósito de nuestra memoria personal, donde conservamos lo que hemos leído, sino también el lugar de la memoria universal, donde, llegado el momento, podremos encontrar lo que otros leyeron antes que nosotros.

UMBERTO ECO. La memoria vegetal (Adaptación)

La biblioteca de los corazones prestados de Lucy Gilmore

Gilmore, Lucy . La biblioteca de los corazones prestados. Barcelona: Duomo, 2023. https://www.duomoediciones.com/libro/la-biblioteca-de-los-corazones-prestados/

En La biblioteca de los corazones prestados, Chloe Sampson es una bibliotecaria que ha estado luchando durante años por cuidar de sus tres hermanos menores tras la partida de su madre. La vida le está pasando factura, y se encuentra al borde de la desesperación cuando descubre una rara edición de un libro de los años sesenta en la biblioteca donde trabaja. Al examinar el libro, encuentra notas garabateadas en los márgenes que parecen haber sido escritas por dos jóvenes amantes, lo que le sugiere una conexión romántica que trasciende el tiempo. Chloe decide llevarse el libro a casa, sintiendo que es una señal del destino.

Al contarle a su vecino gruñón sobre el hallazgo, se sorprende al saber que él está dispuesto a comprar el libro por una suma considerable. A medida que se adentra en la historia de ese libro, descubre que no es el único en la ciudad con mensajes románticos escritos en los márgenes. Esta revelación la impulsa a embarcarse en una búsqueda literaria que la llevará por los rincones más sorprendentes de su ciudad. Chloe está decidida a encontrar el origen de estas notas y la historia detrás de ellas, mientras lucha con sus propios problemas familiares y emocionales.

La biblioteca de los corazones prestados se convierte en una obra de homenaje a los libros y al poder que tiene la literatura para transformar vidas, ofrecer consuelo y conectar personas a través del tiempo y las experiencias compartidas.

Fragmentos

«En muchos sentidos, los libros estaban más vivos que la mayoría de las personas que conocía. Eran entidades vivas, que respiraban, que cambiaban cada vez que los tomabas.»

«Si no te gusta dónde estás, no tienes por qué hacer las maletas con toda tu familia y abandonar todo lo que conoces y amas. Todo lo que tienes que hacer es coger una historia diferente de la estantería. Somos seres humanos, Chloe.»

«Como hombre de mediana edad, había encontrado que los libros eran menos acerca de la esperanza y más sobre encontrar las discrepancias entre lo que la ficción prometía y lo que la realidad entregaba.»

Amor en préstamo de Alicia Matas

Matas, Alicia. Amor en préstamo. 1ª ed. [Barcelona]: Kiwi, 2025. https://www.kiwilibros.com/alicia-matas/595-amor-en-prestamo-9788410479944.html.

Ruby siempre había soñado con ser bibliotecaria, y uno de los principios más importantes de todo bibliotecario es no tener piedad con los morosos. Este principio nunca lo había tenido que aplicar hasta que un profesor ermitaño e insoportable, Gideon Vincent, aparece en su vida para complicarlo todo. Cuando descubre que Gideon tiene cuarenta y tres libros vencidos y no tiene intención de devolverlos, Ruby decide recuperar los libros a toda costa. Esto incluye idear un plan maestro de sabotaje que pondrá a prueba su propio corazón.

Sin embargo, Ruby pronto descubre que tiene más cosas en común con Gideon de lo que pensaba, sobre todo con una profesora estricta y temida que convirtió sus días en la Universidad en un auténtico tormento. Pero, ¿qué podría salir mal? Después de todo, no existía ninguna posibilidad de que Ruby, nuestra intrépida bibliotecaria, terminara enamorándose del profesor moroso. Eso solo ocurría en las comedias románticas, y ella estaba muy lejos de vivir una de ellas.

Fragmentos

«Por todos los bibliotecarios era sabido que el conocimiento humano, a veces un tanto estúpido cuando se lo proponía para según qué ciertas cosas, se ordenaba a través de un sistema de clasificación llamado «CDU». Para los mundanos de a pie, esta sigla hacía referencia a esos números y signos que aparecían en los lomos de los libros y que, seguramente, alguna vez te habrías preguntado para qué servían… regresando a este término, la CDU se podría definir como el método de salvación de los bibliotecarios y también de tortura para los usuarios. Si deseáis mi opinión, creo que estaba diseñada para que tardaras más en encontrar el libro y, por tanto, tuvieras menos ganas de robarlo —si es que eras una persona non grata que robaba libros de una biblioteca—. Si eras de esa clase: por favor, devuélvelos, esos libros jamás serían felices contigo.»