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La (nueva) biblioteca de Babel

Valenzuela Navarrete, G. (2013). La (nueva) biblioteca de Babel. Entretextos5(15), 1–7. https://doi.org/10.59057/iberoleon.20075316.201315475

Ha llegado el momento en el que nos resulta difícil concebir la vida sin computadoras e Internet; sin embargo, a menudo se desconoce el origen de un invento que se ha hecho tan omnipresente en nuestros días. En este artículo, se hace primero un repaso de cómo surgieron los primeros intentos por compactar la información en microchips hasta llegar a los actuales lectores electrónicos, tipo Kindle o Papyre. En segundo lugar, se hace referencia breve a la manera en la que Internet y las tecnologías relacionadas están transformando la literatura. Además, se propone al final una nueva manera de considerar los elementos básicos del ejercicio literario, lector, autor y editor.

Qué bueno regresar a mis libros!

Qué bueno regresar a mis libros!
—término de los fatigados días—.
Casi compensa la abstinencia,
y el dolor se olvida con el placer.
Como aromas que confortan a los invitados
en el banquete, mientras esperan,
esta fragancia aligera el tiempo hasta que llego
a mi pequeña biblioteca.
Puede haber desolación afuera,
lejanos pasos de hombres que padecen,
pero la fiesta suprime la noche
y hay campanas, interiormente.
Doy las gracias a estos Parientes del Estante.
Sus caras apergaminadas
nos enamoran mientras esperamos,
y nos satisfacen al alcanzarlas.

EMILY DICKINSON
El viento comenzó a mecer la hierba

Era una biblioteca tan pobre que solo tenía libros buenos

Era una biblioteca tan pobre que solo tenía libros buenos”.

Augusto Monterroso. «La letra e: fragmentos de un diario», 1974

El escritor Augusto Monterroso atribuye gran parte de su pasión por la lectura y la escritura a las bibliotecas. En sus memorias, relata que la biblioteca a la que solía acudir en Guatemala tenía un presupuesto limitado, que su colección eran fundamentalmente libros viejos. Fue en ese lugar donde pudo sumergirse en la lectura de algunos clásicos, incluso algunos con más de tres siglos de antigüedad.

No se puede leer completamente un libro sin estar solo

«No se puede leer completamente un libro sin estar solo. Pero a través de esta misma soledad te relacionas íntimamente con personas a las que de otro modo nunca habrías conocido, ya sea porque llevan siglos muertas o porque hablaban lenguas que no puedes entender. Y, sin embargo, se han convertido en tus amigos más íntimos, en tus consejeros más sabios, en los magos que te hipnotizan, en los amantes con los que siempre has soñado.
«

Antonio Muñoz Molina

No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos

«Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza. Son los elegidos para quienes las cosas bellas sólo significan Belleza. No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo».

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

Eres los libros que lees

«Tú eres los libros que lees, las películas que ves, la música que escuchas, la gente que conoces, los sueños que tienes, las conversaciones en las que participaste. Eres lo que tomas de estos. Tú eres el sonido del océano, el aliento del aire fresco, la luz más brillante y la esquina más oscura. Eres un colectivo de todas las experiencias que has tenido en tu vida. Eres cada segundo de cada día. Así que ahogar en un mar de conocimiento y existencia. Deja que las palabras corran por tus venas y dejen que los colores llenen tu mente hasta que no quede nada que hacer, sino explotar. No hay respuestas equivocadas. La inspiración lo es todo. Siéntate, relájate, y toma todo. Ahora, sal y crea algo».

Jac Vanek

A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos

«A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada».

Gustavo Martín Garzo

En un momento de tedio, en un día de desdicha, ¿qué hacemos sino refugiarnos en un libro?

En un momento de tedio, en un día de desdicha, ¿qué hacemos sino refugiarnos en un libro? «No conozco», decía el señor de Montaigne, «ninguna desventura que no desaparezca cuando se tiene entre las manos, frente a los ojos, un buen libro».

Cuando estamos así, acompañados por un buen libro, nos parece que el tiempo no existe, que esa actividad, sentarse a leer, nos viene de siempre. Nos parece que es tan familiar y conocida como si hubiera nacido con el mundo o con el big-bang.

En cierto modo es verdad. El libro es inmortal. Cierto que a veces lo han llevado a la hoguera pero jamás nadie olvidará cuáles fueron los sacrificados, por qué y a causa de qué y de quiénes. A nosotras también nos llevaron a la hoguera allá hace cinco o seis siglos, pero Juana de Arco aparte, ¿quién se acuerda de los nombres de las que se asaron en la plaza pública?

El libro es inmortal. Empezó a nacer, en un parto difícil, lento, inesperado, hace como seis mil años entre el Eufrates y el Tigris que lo cobijaban como dos fértiles piernas acostumbradas a que de entre ellas nacieran los artificios de la humanidad: ziggurats, jardines colgantes, medicina, guerra, arte, ajedrez, palacios y así por el estilo.

Nació en la arcilla, la arcilla de donde surgen asimismo muchas otras cosas como cántaros, tejas, estatuillas danzantes y máscaras y ofrendas. Nació humilde, sin pretensiones, dejando constancia de las riquezas de alguien: carneros y bolsas de harina y quintales de grano y extensiones de tierra. Y cuando la arcilla se endurecia al sol o al horno, las listas eran, se creía, para siempre.

Cierto que los lectores eran pocos. De hecho, uno solo: el mismo escriba que lo había redactado y que era uno de los pocos entre el Eufrates y el Tigris, que sabían leer.

Un hombre poderoso, el escriba: esclavo pero poderoso porque sabía lo que decían esas marcas en la arcilla. Se acercaba con unción a eso que entonces era un libro y frente a él disponía de la memoria que hacía constar las riquezas de su señor. El señor era más burro que arado marca Triunfo y de leer, nada de nada. Sólo sabia enrularse los pelos y las barbas, agarrar una lanza y un escudo y posar confiando en que su imagen llegara a la posteridad y salir a guerrear. Bastante limitado su panorama de vida, confesemos.

Pero las cosas no quedaron ahí nomás, entre otras razones porque en este mundo nunca las cosas quedan ahí nomás, por suerte.»

A La Tarde, Cuando Llueve – Angélica Gorodischer

La lectura es secreto.

«El libro o, mejor dicho la lectura es secreto. La forma en que el libro nos confía su contenido es tan inmediata, que obra en la pantalla de nuestra mente, suscitando los poderes de la imaginación y ya se sabe que no hay nada en la mente que no haya entrado por los sentidos. La imaginación es más poderosa cuanto mayor sea su capital de conocimientos, combinables hasta lo desconocido».

Rosa Chacel «La lectura es secreto»