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Los libros pertenecen a todos

«Cuando compro un libro, también formo parte del proceso como lectora. Las personas que trabajan en la industria editorial no son las únicas que hacen funcionar el mundo editorial; sobre todo, depende de los lectores. Los libros pertenecen a todos: a los creadores, a los vendedores y a los lectores. Creo que eso es lo que caracteriza a la sociedad»

Michiko Aoyama, Lo que buscas está en la biblioteca.

La Bibliotecaria Ana y el Subcomisario Abraham

La Bibliotecaria Ana y el Subcomisario Abraham

Un relato de Gisela Pinzón

En el mero corazón de la Ciudad de Guatemala, lejos del alboroto y el ir y venir de los buses, se alzaba una concurrida Biblioteca. Para muchos era sólo un edificio viejo; para la señora Ana, la bibliotecaria, era la sala de máquinas donde se forjaban los buenos ciudadanos. Su visión era clara: cada libro era una herramienta para enseñar a los patojos a ser gente de bien, a saber, quiénes son y a defenderse.

Entre sus visitantes más asiduos estaba Abraham, un niño de no más de diez años con una mirada que ya conocía la tristeza, pero también la esperanza. Abraham no era de allí. Su familia había tenido que “salir huyendo” de El Salvador durante la guerra de los años 70, llegando a Guatemala como refugiados, con todas las ganas de iniciar una nueva vida. La biblioteca se había convertido en su refugio dentro del barrio humilde y el lugar donde alimentaba su gran sueño: convertirse en un alto Jefe de la Policía que no fuera torcido, sino que protegiera conscientemente a la gente humilde.

Ana sabía que Abraham no tenía dinero, no hacía falta que alguien se lo dijera, lo podía notar en su desgastada ropa y sus zapatos viejos, pero aquél niño tenía una riqueza de corazón inmensa. Lo veía no solo como un niño, sino como el futuro guardián de la ley que la gente necesitaba.

Una tarde, Abraham llegó a la sala de cuentos con los ojos aguados y el uniforme lleno de polvo.

«Ana, ¡qué mala onda!» dijo, secándose una lágrima. «Me quisieron correr del campo de fútbol. Dijeron que yo no tenía derecho a jugar porque soy pobre y vengo de afuera.»

Ana dejó de clasificar una pila de libros viejos y lo tomó de la mano.

«¡Chispas!, Abraham. Vos sentate y aguantáme un ratito,» le dijo con su voz serena. «El que te dijo eso es un patojo ignorante. Mirá, tu derecho a jugar, a estar seguro y a que te traten con respeto no es una oferta. ¡Es una Ley! No importa si tenés mucho o poco dinero, ni si venís de El Salvador o de aquí. El sol sale para todos, y las reglas son para todos.»

Ana le mostró un libro con la ilustración de un gran candado de oro. Explicó su visión: 1. Respeto al Prójimo: Un buen ciudadano es el que nunca abusa de su fuerza o de su posición. Es el que respeta el derecho del otro a opinar, a vestirse, y a jugar, aunque piense diferente.  2. Lucha Justa: Pero si alguien te pasa llevando, no te quedás callado. Usás tu voz, que es tu herramienta más fuerte. Luchás por tu derecho y el de otros, con inteligencia y con la verdad por delante.

«Tu sueño de ser policía, Abraham, es chilero porque vas a ser el que defienda ese candado de oro. Pero para defenderlo afuera, primero tenés que saber defenderte vos aquí,» señaló la bibliotecaria su propio pecho.

Al día siguiente, armado con la convicción de Ana, Abraham regresó al campo. El patán que lo había molestado estaba allí, listo para echar bronca. Abraham se paró firme, como un pequeño soldado de la justicia.

«Mirá, vos,» dijo con una voz tranquila, pero firme como un roble. «Yo tengo el mismo derecho que vos a jugar aquí. Yo respeto que uses la cancha, y exijo que respetés mi derecho. La ley es cabal para todos.»

El patán se quedó pasmado y sin argumentos. El conocimiento y la autoridad moral de Abraham, reforzados por la visión de Ana, eran invencibles. Abraham había puesto en práctica el principio de la bibliotecaria: usó la razón y el conocimiento, y no la fuerza, para triunfar.

Pasaron muchísimos años. La biblioteca se modernizó, y los estantes de Ana se llenaron de nuevos libros, pero su visión se mantuvo.

En una oficina sobria de la Policía de Guatemala, un hombre de sienes plateadas y semblante sereno recogía sus pertenencias. Era el Subcomisario Abraham Batres.

Había cumplido su sueño, y lo más importante: nunca había olvidado las lecciones del Gran Árbol y sus Frutos Justos. El patojo refugiado de El Salvador se había convertido en un oficial legendario por su integridad. Nunca aceptó un soborno, nunca maltrató a un detenido; siempre actuó con la certeza de que su deber era proteger los derechos de la gente, sobre todo de aquellos que no tenían el conocimiento y los recursos necesarios para defenderse.

Esa mañana, el Subcomisario Abraham Batres se disponía a retirarse después de años de servicio chileros y honestos. Miró por la ventana, hacia donde sabía que estaba la Biblioteca, y sonrió, con una profunda satisfacción. Había vivido justo lo que prometió ese día de su niñez.

«¡Qué vida tan buena!» murmuró. Su legado era la prueba de que un buen ciudadano, nutrido con el conocimiento, puede convertirse en el guardián más firme de la justicia. La señora Ana, en algún lugar, habría estado sumamente satisfecha de su Subcomisario.

Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos

«A veces pienso que nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos: en los libros aprendemos, de segunda mano, qué es el amor y el dolor. Aun cuando tenemos la suerte de enamorarnos es porque nos hemos dejado influir por lo que hemos leído. Si yo no había llegado a conocer el amor, era porque en la biblioteca de mi padre faltaban los libros adecuados».

GRAHAM GREENE
Viajes con mi tía (1969)

El vicio de comprar libros

«El vicio de comprar libros no tiene el mismo carácter que el vicio de leer en sí. Yo he conocido bibliófilos y maniacos del libro que casi no han leído en su vida más que portadas. Ni el bibliófilo ni el bibliógrafo me han interesado nunca mucho. Alguna vez, sin embargo, compré libros por pura acción de caza, cosa que me parece, sin embargo, una claudicación.»

JULIO CARO BAROJA
Los Baroja (1972)

Sally Miller y el arte de reírse de lo cotidiano en la biblioteca

Miller, Sally. “Collective Nouns for Librarians.” McSweeney’s Internet Tendency, 19 de agosto de 2025. https://www.mcsweeneys.net/articles/collective-nouns-for-librarians

Sally Miller propone humorísticamente nombres colectivos para situaciones comunes en bibliotecas, como llamar cardigan a un grupo de bibliotecarios o tragedia a varias bibliotecas con fondos financieros insuficientes. Con creatividad e ironía, también redefine escenas cotidianas como autor reading para sillas vacías o mystery para adolescentes leyendo en silencio, pintando con ingenio el día a día del entorno bibliotecario

Sally Miller propone, con ingenio y un punto de ironía, una serie de “nombres colectivos” que reconfiguran el día a día de las bibliotecas. Lo hace trasladando al lenguaje un juego cómplice: lo que para otros podrían ser simples escenas rutinarias, para los bibliotecarios se convierten en categorías cargadas de humor y verdad.

Entre los ejemplos más divertidos está el de “una colección de sillas vacías”, que ella bautiza como autor leyendo, reflejando esas presentaciones o charlas con escasa asistencia. “Un grupo de adolescentes leyendo en silencio” se convierte en misterio, un guiño a lo improbable de esa escena en la vida real. La autora tampoco se olvida de los usuarios: “un grupo de personas que solo recuerdan que ‘la portada era azul’” se llama usuario, una situación archiconocida en los mostradores de referencia.

El humor también sirve para señalar realidades dolorosas o incómodas. Así, “un grupo de bibliotecas con fondos insuficientes” se llama tragedia, recordando el problema crónico de los recortes presupuestarios. En la misma línea, “un puñado de monedas” se define como presupuesto, una crítica mordaz a la precariedad de recursos.

Otros ejemplos mezclan ternura y sarcasmo. “Una colección de libros de Eric Carle cubiertos de babas” se llama hora del cuento, y el mismo término se aplica a “un grupo de madres exhaustas, también cubiertas de babas”, mostrando el esfuerzo invisible de quienes crían y acompañan en esas actividades. “Una pila de libros acumulando polvo” se convierte en estante de reservas, y “una torre de libros en la mesilla de noche” se llama pensamiento mágico, aludiendo a la ilusión de que algún día serán leídos.

Tampoco faltan los guiños a la cultura bibliotecaria. “Un grupo de bibliotecarios es un cárdigan”, jugando con el estereotipo del atuendo. “Un conjunto de bibliotecarios mandando callar” se llama cliché, otro estigma bien reconocido. Y, en contraste, “una estantería de libros en perfecto orden alfabético” se denomina milagro, un reconocimiento a lo excepcional de la organización impecable.

Por último, Miller recurre a las comunidades que se forman alrededor de las bibliotecas. “Un cubo de pegatinas como premio” se convierte en programa de lectura de verano. “Una colección de piezas perdidas” se llama rompecabezas comunitario. “Un grupo de jubilados” se traduce como noche de Scrabble, reflejando la dimensión social y lúdica de estos espacios.

En conjunto, esta lista es mucho más que un juego de palabras: es un retrato humorístico y, a la vez, crítico de la vida bibliotecaria. Muestra la mezcla de ilusión, precariedad, caos y comunidad que caracteriza a las bibliotecas, siempre entre el milagro cotidiano y la tragedia de los recursos limitados.

Cualquier biblioteca no es más que el registro de momentos efímeros

«La mayor parte de cualquier biblioteca no es más que el registro de semejantes momentos efímeros en las vidas de hombres, mujeres y burros. Toda literatura, cuando envejece, tiene su pila de desperdicios, su registro de momentos desvanecidos y vidas olvidadas contadas con acentos débiles y entrecortados que han perecido. Pero si nos abandonamos al placer de leer desperdicios quedaremos sorprendidos, es más, sobrecogidos por las reliquias de vida humana que se han desechado para que se pudran.»

VIRGINIA WOOLF
El lector común (1925)

La biblioteca en llamas de Eduardo Halfon

Me contó que había visto en Łódź una hoguera de libros.

Llovía una tarde, y bebíamos whisky con mi abuelo polaco. Me dijo que, una noche, en Łódź, en el 39, había visto a un grupo de soldados alemanes quemando libros.

No recuerdo a mi abuelo jamás leyendo un libro. Creo que no tenía ninguno, salvo un siddur, claro, el libro de rezos judíos. Acaso no le importaban los libros.

Pero aquella tarde lluviosa, bebiendo whisky y escuchando su relato sobre los soldados alemanes que quemaban libros en una calle oscura de Łódź, él estaba conmovido, o al menos parecía estarlo.

Quizás por el whisky. O quizás por la imagen tenebrosa y encendida de las llamas en la noche polaca. O tal vez porque entendía que aquellos soldados alemanes estaban quemando mucho más que una biblioteca.

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

La biblioteca de cabecera de Eduardo Halfon

No hace mucho murió un amigo de Brooklyn, un norteamericano radicado en Guatemala desde los años setenta, llamado Bruno Sanders. Era un viejo bestial, en todo sentido. Vivía al límite. Fumaba sin parar (Salem mentolados), bebía demasiado (Stolichnaya con hielo), tartamudeaba con elocuencia y solo cuando le convenía. Y, claro: devoraba libros.

Su casa de madera, tipo cabaña, estaba en Santa Cruz, un pueblo pintoresco a orillas del lago Atitlán. La primera vez que lo visité, me había invitado a desayunar. Salí muy temprano de la capital, dejé mi coche en Panajachel (la carretera no llega hasta Santa Cruz) y tomé una lancha pública que, tras cruzar medio lago y veinte minutos de viaje, me dejó en el viejo muelle frente a su cabaña.

Recuerdo que preparó café, pan tostado, huevos revueltos con cebolla caramelizada y queso gruyer. Fumamos. Sanders me habló de su infancia en Brooklyn, de su hija y de sus dos pintores favoritos. Degas, dijo, solía comprar sus propios cuadros para seguir trabajándolos. Bonnard, contó, una vez entró con un amigo al Museo de Luxemburgo y le pidió que distrajera al guardia unos minutos, mientras él sacaba crayones y retocaba un lienzo suyo que llevaba años colgado allí.

Luego, sonriendo, me preguntó si quería conocer su biblioteca. Salimos de la cocina.

Aunque inmensa, su biblioteca se parecía a cualquier otra. En un dormitorio, la literatura en lengua germana; en otro, más grande, la de lengua española; en las paredes alrededor del comedor, la francesa; en la sala, mezcladas, la norteamericana, inglesa e irlandesa; a lo largo de un pasillo, la eslava; en otro, más breve, la italiana; y en una estantería del baño de visitas, frente al inodoro, su colección de haikú y bunraku japonés. Todo más o menos normal —aunque, como decía Borges, el orden de una biblioteca es una manera silenciosa de ejercer el arte de la crítica—, hasta que llegamos a su dormitorio.

Detrás de la cama, sobre una especie de mesa larga que también hacía de cabecera, vi una fila de libros idénticos, encuadernados en cuero marrón con finas letras doradas. Pensé que eran tomos de una enciclopedia. Pero al acercarme leí que el primero era de un autor cuyo nombre me resultaba lejanamente familiar: Launcelot Canning. El título también me sonaba: El loco Tryst. Le pedí a Sanders que me dejara verlo (ya estaba casi encima de su cama) y él, con una mirada brillosa que debió advertirme, me dijo que adelante.

En las manos, el libro parecía nuevo, intacto, recién encuadernado. Pero al abrirlo descubrí que el primer centenar de páginas estaba escrito a mano, en una caligrafía negra, perfecta y simétrica. Avancé hasta que, hacia la mitad, la tinta se detenía. El resto de las hojas estaba en blanco, como si fuera un libro abandonado o en proceso. No entendí. Murmuré algo, pero Sanders solo sonrió, incitándome a seguir.

Dejé el libro y tomé el siguiente: El monitor de los bípedos, de Cósimo Piovasco de Rondò. Otra vez el nombre me resultaba familiar. Otra vez, todas las páginas estaban escritas a mano con la misma caligrafía negra. Al final, también a mano, un índice: «El canto del mirlo», «El picamadero que llama», «Los diálogos de los búhos», «La gaceta de las urracas».

Lo miré, buscando una explicación, pero él estaba distraído, mirando hacia el lago, tal vez siguiendo con la vista a un anciano que, a lo lejos, pescaba de pie en un cayuco de madera.

Tomé otro tomo: Caminatas matutinas de un sinólogo, de Peter Kien. Y entonces, como si alguien hubiera encendido un candil, empecé a comprender. Un cuarto libro confirmó mi sospecha: Abril marzo, de Herbert Quain, con sus trece capítulos, nuevamente escritos a mano y en la misma tinta negra.

Herbert Quain es un personaje de Borges, autor, según él, de la «novela regresiva, ramificada» Abril marzo. Peter Kien, protagonista de Auto de fe, de Canetti, escribía un libro que recogía su «colección de estupideces humanas» durante sus caminatas matutinas, y pensaba titularlo Caminatas matutinas de un sinólogo. Cósimo Piovasco de Rondò, más conocido como «el barón rampante» de Italo Calvino, escribió —siempre según Calvino— un libro compuesto en un «período de demencia» vivido entre ramas de árboles, titulado El monitor de los bípedos. Launcelot Canning es personaje de La caída de la casa Usher, de Poe, y, según ese cuento, autor de El loco Tryst.

Si la memoria no me falla, en esa misma fila había otros tomos —empezados, por empezar o tal vez ya concluidos— firmados por Ceferino Piriz, Kilgore Trout, Eusebius Chubb o Clare Quilty.

Bruno Sanders estaba escribiendo los libros inexistentes de autores ficticios. Estaba, en definitiva, construyendo él mismo su biblioteca de cabecera.

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0