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Libros que nos hieran

«Creo que solo deberíamos leer libros que nos hieran o nos apuñalen. Si un libro no nos despierta con un golpe en la cabeza, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices, como escribes? ¡Dios mío!, seríamos felices precisamente si no tuviéramos libros, y los libros que nos hacen felices son los que podríamos escribir nosotros mismos si fuera necesario. Pero necesitamos libros que nos afecten como una catástrofe, que nos duelan profundamente, como la muerte de alguien a quien amábamos más que a nosotros mismos, como ser desterrados a bosques remotos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro. Esa es mi convicción.»

Franz Kafka

Podemos imaginar los libros que nos gustaría leer

«Podemos imaginar los libros que nos gustaría leer, aunque no hayan sido escritos todavía, y podemos imaginar bibliotecas llenas de libros que desearíamos poseer, aunque estén fuera de nuestro alcance, porque nos gusta soñar con la existencia de una biblioteca que reflejara todos nuestros intereses y nuestras pequeñas excentricidades, una biblioteca que, en su variedad y complejidad, respondiera exactamente a los lectores que somos.»

«La biblioteca de noche» Alberto Manguel

El desafío

Smillie, Andy. El desafío. Traducido por ICEMANts. En Warhammer 40000 – Adviento 2012. Edición digital en EPUB, 2012.

El desafío es un relato breve de acción bélica y horror ambientado en el universo oscuro de Warhammer 40.000, donde la guerra, la fe fanática y la corrupción sobrenatural dominan toda existencia. La narración sitúa al lector en medio de un combate feroz desde la primera línea, sin introducciones previas, mostrando a un protagonista ya inmerso en la lucha y desplegando una violencia extraordinaria. Ese protagonista es Balthiel, bibliotecario de los Desgarradores de Carne, una orden de Marines Espaciales marcada por la brutalidad y por una herencia genética maldita.

El relato adopta la voz en primera persona, lo que intensifica la sensación de urgencia y permite entrar en la mente del guerrero. Balthiel se enfrenta a numerosos enemigos humanos traidores que han provocado la caída de Spheris, un mundo consumido por la rebelión y la anarquía. Aunque se encuentra rodeado, no combate como un simple soldado: utiliza poderes psíquicos que le permiten ralentizar el tiempo y moverse entre instantes congelados. Mientras los disparos avanzan lentamente hacia él, esquiva proyectiles, mutila enemigos y se desplaza con una precisión letal. Esta manipulación temporal lo convierte en una fuerza casi sobrenatural.

La descripción de la violencia es explícita y extrema. Balthiel no solo mata con espada o fuerza física, sino también mediante su mente. Escucha los latidos de los corazones enemigos ralentizados por el tiempo detenido y concentra su furia hasta hervir la sangre en sus venas. Los cuerpos estallan, la sangre se dispersa por la estancia y el protagonista disfruta de la matanza con una mezcla de placer físico y espiritual. Esta dimensión sanguinaria no es casual: los Desgarradores de Carne arrastran una maldición genética vinculada a la sed de sangre y a una rabia ancestral heredada de su linaje.

A medida que avanza la escena, se revela que la batalla no es solo militar, sino también personal. Balthiel lleva semanas buscando venganza contra quienes traicionaron Spheris y causaron la muerte de millones. Entre los responsables se encuentra el gobernador Kadi Aren, cuya cobardía y corrupción simbolizan la decadencia del poder imperial. Cuando lo encuentra, el enfrentamiento es breve pero brutal: el bibliotecario descarga relámpagos psíquicos que atraviesan su armadura y destruyen cuerpo y alma. La ejecución del gobernador funciona como clímax narrativo y como ajuste de cuentas moral.

Sin embargo, una vez vencidos los enemigos físicos, emerge el verdadero conflicto interior del protagonista. El uso excesivo de poderes psíquicos ha debilitado sus defensas mentales y atraído entidades demoníacas del Immaterium, la dimensión caótica que alimenta la energía psíquica en este universo. Las criaturas comienzan a susurrarle promesas de descanso, alivio y poder. El combate exterior da paso entonces a una lucha espiritual mucho más peligrosa: la resistencia de la voluntad frente a la corrupción.

Balthiel recita un catecismo de sangre y fe para mantenerse firme. Las frases rituales funcionan como anclaje mental y expresión de la disciplina fanática de los Marines Espaciales. Mientras su cuerpo se rompe por el esfuerzo, sangre brota de su boca y sus huesos se resienten, pero consigue rechazar a las entidades de la disformidad. El precio de la victoria es terrible: agotado, herido y al borde del colapso, se deja caer confiando en que sus hermanos de batalla lo encuentren antes de que los demonios regresen.

El relato concluye con la misma frase con la que comienza: “Yo soy uno y ellos muchos. Pero perduraré”. Esta estructura circular refuerza la idea central de resistencia absoluta. Balthiel está solo, rodeado por enemigos externos e internos, pero encarna la persistencia fanática de un guerrero creado para sobrevivir donde otros caerían.

En conjunto, El desafío es una narración intensa que combina combate futurista, horror cósmico y tragedia personal. No solo muestra la espectacularidad violenta del universo Warhammer 40.000, sino también el precio psicológico y espiritual de quienes lo defienden. Bajo la acción desmedida subyace una reflexión sombría: en ese mundo no basta con derrotar al enemigo exterior; el verdadero peligro siempre habita dentro.

La biblioteca de mi padre

“Mi memoria me transporta a cierta tarde de hace sesenta años, a la biblioteca de mi padre en Buenos Aires. Estoy viendo a mi padre; veo la lámpara de gas; hasta podría tocar los anaqueles. Y aunque la biblioteca ya no exista, sé con exactitud dónde encontrar «Las mil y una noches» de Burton y la «Conquista del Perú» de Prescott.»

JORGE LUIS BORGES, Arte poético”

Todo lo que perdemos sin las bibliotecas

El País, 28-04-26, p. 17

RED DE REDES / NOELIA RAMÍREZ

Todo lo que perdemos sin las bibliotecas

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No sé qué habría sido de mí sin las bibliotecas públicas. Crecí en un piso ruidoso y sin libros heredados. Mis primas vivían en el piso de abajo y nos pasábamos la vida gritándonos desde la galería. El silencio, menudo exotismo, cotizaba altísimo, así que cuando descubrí un lugar en el que poder estudiar sin que nadie me sobresaltase cada tres minutos, experimenté lo más cerca que voy a estar de una revelación mística. Pasó en 1999, cuando inauguraron la biblioteca de La Bòbila de L’Hospitalet, la primera del barrio. Aquel fue mi oasis de emancipación, mi refugio político adolescente. En sus salas de estudio nocturno me preparé la Selectividad y en sus escaleras mis amigas y yo no solo declinábamos en alto el rosa, rosae, rosam, sino que compartimos el desconcierto adolescente llorando y riendo por tíos idiotas.

La Bòbila fue la primera de muchas. En las mesas de otras repartidas por Barcelona me saqué dos carreras, un posgrado y varios novios efímeros, porque en las bibliotecas se juegan intensísimas partidas de miradas, flirteo y deseo. Ansiando un silencio que no encuentro en la Redacción, en la de la Vila de Gràcia he acabado muchas de estas columnas. En la Agustí Centelles del Eixample conocí a Enrique Vila-Matas. En La Cooperativa de Malgrat de Mar escribí parte de mi primer libro. Tengo un amigo que vive en Berlín pero está sacándose las oposiciones y, cada vez que viene a Barcelona, me va dando consejos sobre las que va visitando en jornadas de concentración máxima: está totalmente rendido a la García Márquez de Sant Martí.

A las bibliotecas hay que cuidarlas porque, como escribió Jorge Luis Borges, son lo más parecido a algún paraíso. Y las públicas son nuestro gran milagro colectivo. Todas las escritoras que me interesan han defendido ese vínculo irrompible. La Nobel Annie Ernaux contando cómo le cambió la vida la de Rouen en sus primeros años de formación. Susan Orlean dedicándoles un libro y dejando escrita esa verdad de que de una biblioteca pública “siempre se sale más rica de lo que se ha llegado”. En la de Drancy, a las afueras de París, una pequeña Maryam Madjidi encontraría el material para creerse escritora y su frase talismán de Simone de Beauvoir: “Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre”. Todas esas vivencias contenidas ahí dentro, en nuestros auténticos palacios del pueblo.

El sociólogo Ray Oldenburg estipuló que esos edificios son nuestro necesario “tercer lugar”, el sitio en el que encontrarnos sin estar definido ni por la familia de la que venimos ni por el trabajo que realizamos. Porque el carné gratuito de la biblioteca no solo nos convierte en ciudadanos inmediatos sin importar nuestra clase u origen, sino que otorga un derecho equitativo a la información, a la cultura, la educación y el conocimiento. En las bibliotecas he visto a obreros echarse la siesta al mediodía.

Demasiada información

«Vivimos en una época en la que hay demasiada información, pero poco conocimiento y aún menos sabiduría. Este exceso de información nos vuelve arrogantes y luego nos adormece. Debemos cambiar esta proporción y centrarnos más en el conocimiento y la sabiduría. Para el conocimiento necesitamos libros, periodismo reposado, podcasts, análisis en profundidad y eventos culturales. Y para la sabiduría, entre otras cosas, necesitamos el arte de contar historias. Necesitamos el formato largo.» 

ELIF SHAFAK 

En «The Guardian» el 11 de mayo 2025 (The art of storytelling)

La inteligencia artificial no es peligrosa por ser artificial

“La inteligencia artificial no es peligrosa por ser artificial, sino porque piensa fuera del sujeto. El riesgo no es la máquina, sino la renuncia humana a pensar.”

Giorgio Agamben 

Giorgio Agamben (Roma, 22 de abril de 1942) es un filósofo italiano de renombre internacional, miembro de una familia veneciana de origen armenio