
«Mi biblioteca era -todas las bibliotecas lo son- un lugar de refugio definitivo, un espacio salvaje y sagrado donde los significados son manejables precisamente porque no son vinculantes; y donde la ilusión es reconfortantemente real».
André Brink

«Mi biblioteca era -todas las bibliotecas lo son- un lugar de refugio definitivo, un espacio salvaje y sagrado donde los significados son manejables precisamente porque no son vinculantes; y donde la ilusión es reconfortantemente real».
André Brink

«Cuando entro en una biblioteca, siento que he vuelto a casa».
Barbara Wright
Barbara Wright es una escritora estadounidense.

EVA
Juan José Arreola
Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.
En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades por el estilo.
El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros hubieran estado a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.
Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel período matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.
«En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaba ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.»
La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. «El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia», dijo casi con lágrimas en los ojos.
Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.
Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

«Nunca pidas disculpas a un autor por comprar un libro en rústica o sacarlo de una biblioteca (para eso están las bibliotecas, úsalas). No pidas disculpas a este autor por comprar libros de segunda mano, o por conseguirlos en bookcrossing o por tomar prestado el ejemplar de un amigo. Lo que me importa es que la gente lea los libros y los disfrute, y que, en algún momento, el libro haya sido comprado por alguien. Y que a la gente que le gusta, se lo cuente a otra gente. Lo más importante es que la gente lea…».
Neil Gaiman

«Una buena biblioteca nunca estará demasiado ordenada, ni demasiado polvorienta, porque siempre habrá alguien en ella, cogiendo libros de las estanterías y trasnochando para leerlos».
Lemony Snicket, Rábano picante

Carta de Rosemarie Urquico, autora de «Date a Girl Who Reads» (Sal con una chica que lee)
«Deberías salir con una chica que lea.
Sal con una chica que lea. Sal con una chica que gaste su dinero en libros en vez de en ropa, que tenga problemas de espacio en el armario porque tiene demasiados libros. Sal con una chica que tenga una lista de libros que quiera leer, que tenga el carné de la biblioteca desde los doce años.
Encuentra a una chica que lea. Sabrás que lo hace porque siempre llevará un libro para leer en su bolso. Es la que mira con cariño las estanterías de la librería, la que grita en voz baja cuando ha encontrado el libro que quiere. ¿Ves a esa chica rara que olisquea las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Esa es la lectora. Nunca pueden resistirse a oler las páginas, sobre todo cuando están amarillas y gastadas.
Es la chica que lee mientras espera en la cafetería de la calle. Si echas un vistazo a su taza, la crema no láctea flota por encima porque ya está absorta. Perdida en un mundo creado por el autor. Siéntate. Puede que te fulmine con la mirada, porque a la mayoría de las chicas que leen no les gusta que las interrumpan. Pregúntale si le gusta el libro.
Invítala a otro café.
Dile lo que piensas de Murakami. Comprueba si ha terminado el primer capítulo de «Fellowship». Comprende que si dice que ha entendido el Ulises de James Joyce lo dice para parecer inteligente. Pregúntale si ama a Alicia o si le gustaría ser Alicia.
Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros por su cumpleaños, por Navidad, por aniversarios. Regálale palabras, poesía y canciones. Regálale Neruda, Pound, Sexton, Cummings. Hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella conoce la diferencia entre los libros y la realidad pero, por Dios, intentará que su vida se parezca un poco a su libro favorito. Nunca será culpa tuya si lo hace.
Ella tiene que intentarlo de alguna manera.
Miéntele. Si ella entiende la sintaxis, entenderá tu necesidad de mentir. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo. No será el fin del mundo.
Fracasa. Porque una chica que lee sabe que el fracaso siempre lleva al clímax. Porque las chicas que leen entienden que todas las cosas deben llegar a su fin, pero que siempre se puede escribir una secuela. Que puedes empezar una y otra vez y seguir siendo el héroe. Que la vida está hecha para tener un villano o dos.
¿Por qué tener miedo de todo lo que no eres? Las chicas que leen entienden que las personas, como los personajes, evolucionan. Excepto en la serie Crepúsculo.
Si encuentras a una chica que lee, mantenla cerca. Cuando la encuentres despierta a las dos de la madrugada abrazada a un libro y llorando, prepárale una taza de té y abrázala. Puede que la pierdas durante un par de horas, pero siempre volverá a ti. Hablará como si los personajes del libro fueran reales, porque durante un tiempo siempre lo son.
Se declarará en un globo aerostático. O durante un concierto de rock. O muy casualmente la próxima vez que esté enferma. Por Skype.
Sonreirás tanto que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado y se ha desangrado por todo tu pecho todavía. Escribiréis la historia de vuestras vidas, tendréis hijos con nombres extraños y gustos aún más extraños. Les presentará a sus hijos al Gato en el Sombrero y a Aslan, quizá el mismo día. Caminaréis juntos los inviernos de vuestra vejez y ella recitará a Keats en voz baja mientras os sacudís la nieve de las botas.
Sal con una chica que lea porque te lo mereces. Te mereces una chica que te dé la vida más colorida que puedas imaginar. Si sólo puedes darle monotonía, y horas rancias y propuestas a medias, entonces estás mejor solo. Si quieres conocer el mundo y los mundos que hay más allá de él, sal con una chica que lea.
O mejor aún, sal con una chica que escriba».
Rosemarie Urquico
Es una escritora filipina que vive actualmente en Baguio City.

“¡Después de todo, declaro que no hay placer como leer! ¡Antes se cansa uno de cualquier cosa que de un libro! – Cuando tenga una casa propia, me sentiré miserable si no tengo una excelente biblioteca.”
Jane Austen, Orgullo y prejuicio

Cuando me detienen por la calle, en una plaza o en el tren, para preguntarme qué libros hay que leer, les digo siempre: «Lean lo que les apasione, será lo único que los ayudará a soportar la existencia».
Ernesto Sábato

Deseo de navidad
. para dominio público
Elige una sonrisa para mí de tu catálogo,
tan vasto y rico
tan cálido y brillante
tan lleno de luz
La noche más oscura.
Cuéntame una historia de tu biblioteca,
fiel a nuestros corazones,
fiel a nuestras vidas,
fiel a nuestras almas,
Pero no demasiado cierto.
Y déjame con tus mejores recuerdos
cuando nos separamos,
cuando hacemos clic,
cuando los nervios se debilitan
a través de largos días fríos.
William Coyne

“Yo nunca he tenido en cuenta al lector, la prueba es que no los tuve. No los tuve durante mucho tiempo. De Pedro Páramo se editaron dos mil ejemplares, mil de los cuales los compré yo para regalar a los amigos. Los otros mil tardaron cuatro años en venderse. Luego sí, al cabo de los años, comenzaron las ediciones. Pero todo esto esto no tiene importancia. Yo no he podido vivir nunca de la literatura. Y me parece bien”.
Juan Rulfo