La biblioteca de mi abuelo Berto

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Mora Plaza, Antonio. La biblioteca de mi abuelo Berto. Bubok

Gratis parte I

Gratis Parte II

 

Mi abuelo era alto, muy alto, barbudo y siempre con bigote. A mí se me hacía altanero, orgulloso, pretencioso; cuando crecí descubrí que simplemente era alto. Tenía una biblioteca que de niño se me hacía enorme. Siempre le conocí leyendo, manoseando libros. Solía decir: “El placer de hojear un libro, tocar sus hojas, acariciar sus solapas es el principio de la sabiduría”. Yo al principio no le entendía y un día le pregunté ante su insistencia qué era eso de la sabiduría y me contestó: “no te puedo dar una definición porque no creo en las esencias, pero lo importante es el trayecto y te diré que la sabiduría es el poso de la destilación del conocimiento y la experiencia”. Seguí sin entenderle y recuerdo que me hice la pregunta que yo creía entonces original: “¿Cómo es que entiendo cada palabra y no la frase entera?”. Él hablaba tan convencido que resultaba convincente. Yo siempre le escuché con respeto y, con el tiempo, con admiración, aunque lo normal es que hubiera sido al revés. Recuerdo que solía añadir más o menos que “en materia de artes sólo se puede crear cuando te despojas de lo aprendido como el gusano de su capucha y se convierte en cursi mariposa”. A mí se me hacía que hablaba ampuloso, altisonante, críptico. No era tal: es que no sabía hablar de otra manera. Otro día le pregunté por el secreto de la felicidad -frase que había oído y que no era capaz de desprenderme de ella- y me sorprendió su enfado: “Ya te he dicho que no creo en las esencias, maldito sea Aristóteles y toda su progenie escolástica. No sé lo que es, pero sé cómo se alcanza: convierte tus medios en fines”. Debí poner tal cara de no entender nada que se sentó –yo ya lo estaba- y me dijo ya más relajado y echando para atrás su corpachón: “Procura tener gustos y deseos que te permitan llegar a viejo habiéndoles dado satisfacción”

En la segunda parte un nuevo conjunto de relatos producto de las andanzas, invenciones y reflexiones de mi abuelo y que yo traslado a los lectores con mi parco ingenio. Decía él que el invento de la imprenta era un ejemplo de los más señalados de cómo el instrumento condiciona el objeto. Pasar, según él, del papiro egipcio, de la tablilla encerada romana o de la abnegada labor del monje copista medieval era “recorrer con una luz la caverna de Platón; aún lo que percibimos son sombras, pero de la reflexión intelectual de ellas han surgido los Platón, Arquímedes, Copérnico, Kepler, Galileo, Bruno, Maquiavelo, Descartes, Newton, Gauss, Kant, Marx, Cajal, Einstein, Bohr”. Yo a continuación le espeté que si lo que quería decir es que había una larga ristra y si esos nombres eran algunos ejemplos, y él me sorprendió diciendo:

– No hay ristra que valga, ni larga ni corta. Yo no omito ni añado nombres por casualidad. Son muchos años estudiando las aportaciones de unos y otros como para cometer semejantes deslices.

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